Nehemías 11:1–36
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Hermanos, después de todo lo que hemos estudiado en el libro de Nehemías, llegamos al capítulo once y descubrimos que todavía quedaba una tarea indispensable. Los muros de Jerusalén habían sido reconstruidos, las puertas habían sido colocadas, el pueblo había escuchado nuevamente la ley de Dios, había confesado sus pecados y había asumido solemnemente el compromiso de caminar conforme a la voluntad de Jehová. Habían transcurrido semanas de intensa renovación espiritual y, después de todo aquello, Nehemías debía volver su atención hacia una necesidad que ya había mencionado anteriormente.
Recordemos lo que decía Nehemías 7:4: «Porque la ciudad era espaciosa y grande, pero poco pueblo dentro de ella, y no había casas reedificadas» (Nehemías 7:4, RV1960).
Jerusalén tenía muros, pero necesitaba habitantes. Tenía puertas, pero necesitaba personas que entraran y salieran por ellas. Había sido defendida exteriormente, pero todavía necesitaba una comunidad que le diera vida interiormente. La reconstrucción material había avanzado extraordinariamente, aunque una ciudad difícilmente puede cumplir su propósito cuando sus calles permanecen vacías y son pocos quienes están dispuestos a habitarla, protegerla y trabajar dentro de ella.
Por eso Nehemías dirige ahora su atención hacia la repoblación de Jerusalén.
A primera vista, este capítulo podría parecernos menos emocionante que aquellos donde vimos a los constructores trabajando con una mano mientras sostenían el arma con la otra, o donde contemplamos a Nehemías enfrentándose a Sanbalat, Tobías y Gesem. Tampoco encontramos aquí aquella intensidad espiritual de Nehemías 8 y 9, cuando el pueblo escuchó la ley y confesó sus pecados. Encontramos muchos nombres, familias, números y poblaciones, y precisamente por eso podríamos sentir la tentación de avanzar rápidamente sobre el capítulo.
Sin embargo, detrás de esos nombres encontramos una enseñanza extraordinariamente importante. Dios había restaurado una ciudad para que allí viviera un pueblo dispuesto a servirle.
La obra requería personas. Jerusalén necesitaba gobernantes que asumieran su responsabilidad, familias dispuestas a trasladarse, hombres valientes capaces de defenderla, sacerdotes que atendieran el servicio del templo, levitas que cumplieran sus diferentes funciones, cantores que dirigieran la alabanza y porteros que custodiaran las puertas. Además, fuera de Jerusalén continuaban existiendo ciudades y aldeas donde otros israelitas debían permanecer fieles en el lugar que les correspondía.
Por eso quiero que estudiemos Nehemías 11 bajo esta afirmación. La ciudad restaurada necesitaba un pueblo comprometido.
Así, aunque los lugares fueran diferentes y las responsabilidades también lo fueran, todos formaban parte de una misma obra.
LA CIUDAD RESTAURADA NECESITABA UN PUEBLO COMPROMETIDO QUE HABITARA Y SIRVIERA EN LA CIUDAD SANTA.
El capítulo comienza diciendo: «Habitaron los jefes del pueblo en Jerusalén; mas el resto del pueblo echó suertes para traer uno de cada diez para que morase en Jerusalén, ciudad santa, quedando nueve partes en las otras ciudades» (Nehemías 11:1, RV1960).
Jerusalén recibe aquí una designación particularmente significativa. Es llamada «ciudad santa». Su importancia trascendía las dimensiones políticas y administrativas de una capital. Allí estaba el templo. Allí se encontraba el centro de la vida religiosa de Judá. Jerusalén estaba vinculada de manera especial con la historia del pueblo y con el propósito que Dios había desarrollado a través de Israel.
Sin embargo, aquella ciudad santa necesitaba habitantes.
Los muros por sí mismos no podían defender Jerusalén. Las piedras no podían adorar a Jehová. Las puertas no podían ejercer vigilancia. El templo no podía desarrollar por sí mismo el servicio que Dios había ordenado. Detrás de toda estructura debía existir un pueblo dispuesto a cumplir su responsabilidad. Y eso es precisamente lo que comienza a mostrarnos el capítulo.
Los gobernantes eran necesarios en Jerusalén.
El texto comienza diciendo que «habitaron los jefes del pueblo en Jerusalén». Los dirigentes estaban allí. Esto tenía sentido desde el punto de vista administrativo, porque Jerusalén era la capital. Pero también poseía importancia para la estabilidad de la ciudad. Los hombres que ejercían responsabilidad sobre el pueblo se encontraban precisamente en el lugar donde debían desempeñar esa responsabilidad.
El liderazgo verdadero exige presencia. Un hombre difícilmente puede dirigir adecuadamente una obra con la cual permanece distante. Quien tiene responsabilidad debe conocer las necesidades, enfrentar los problemas y participar de aquello que espera que otros realicen.
Nehemías había demostrado este principio durante toda la reconstrucción. Nunca fue un gobernador que simplemente enviara órdenes desde un lugar seguro. Estuvo con el pueblo cuando comenzaron a construir, permaneció con ellos cuando aparecieron las amenazas y continuó allí cuando hubo que corregir problemas internos.
Este principio conserva una aplicación importante en la iglesia. Los hombres que sirven en responsabilidades de liderazgo espiritual necesitan estar involucrados verdaderamente en la vida de la congregación. Pablo describió a los ancianos como hombres que deben «apacentar la iglesia del Señor» (Hechos 20:28). Pedro igualmente exhortó a los ancianos a apacentar «la grey de Dios que está entre vosotros» (1 Pedro 5:2). El liderazgo espiritual bíblico implica cercanía, conocimiento y servicio. Quien guía al pueblo de Dios debe estar dispuesto a caminar con ese pueblo.
Algunos habitantes tuvieron que ser seleccionados.
La segunda parte del versículo primero presenta una situación interesante. «Mas el resto del pueblo echó suertes para traer uno de cada diez para que morase en Jerusalén, ciudad santa, quedando nueve partes en las otras ciudades» (Nehemías 11:1, RV1960). No todos estaban dispuestos espontáneamente a trasladarse a Jerusalén. Por esa razón se recurrió a un procedimiento mediante el cual una décima parte del pueblo sería seleccionada para vivir allí.
Podemos comprender algunas razones prácticas. Muchas familias ya tenían propiedades en otras ciudades. Habían establecido hogares, tierras y actividades económicas fuera de Jerusalén. Trasladarse significaba abandonar parte de aquella estabilidad y comenzar nuevamente dentro de una ciudad cuya reconstrucción todavía estaba en proceso.
Pero precisamente allí aparece el costo del compromiso. Servir a Dios puede exigir cambios que interfieren con nuestra comodidad. A veces será necesario reorganizar nuestro tiempo. En otras ocasiones tendremos que modificar prioridades. Habrá momentos cuando el servicio implique sacrificios económicos, desplazamientos, cansancio o responsabilidades que jamás habríamos elegido simplemente por conveniencia personal.
El problema comienza cuando nuestra comodidad se convierte en el criterio supremo para decidir cuánto estamos dispuestos a hacer en la obra del Señor. Jesús dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9:23, RV1960). Seguir a Cristo siempre contiene una dimensión de renuncia personal.
Aquellos israelitas seleccionados para Jerusalén tuvieron que reorganizar su vida porque existía una necesidad mayor que sus preferencias particulares. La ciudad necesitaba habitantes.
Algnos habitantes se ofrecieron voluntariamente.
El versículo dos introduce un contraste hermoso: «Y bendijo el pueblo a todos los varones que voluntariamente se ofrecieron para morar en Jerusalén» (Nehemías 11:2, RV1960).
Hubo personas que no necesitaron ser seleccionadas mediante suertes. Se ofrecieron voluntariamente. Vieron la necesidad y estuvieron dispuestas a responder. Por eso el pueblo las bendijo. Existe algo profundamente valioso en la persona que aprende a reconocer una necesidad y pregunta qué puede hacer para ayudar.
Muchas obras quedan sin realizar porque todos esperan que alguien más dé el primer paso. Todos reconocen que hace falta enseñar, visitar, evangelizar, ayudar o atender determinada responsabilidad, pero fácilmente suponemos que otra persona terminará haciéndolo.
Los hombres de Nehemías 11:2 actuaron de manera diferente. La ciudad necesitaba habitantes y ellos dijeron, en efecto, que estaban dispuestos. No sabemos todos sus nombres. No conocemos las conversaciones familiares que precedieron a aquella decisión. Tampoco sabemos qué comodidades tuvieron que abandonar. El texto simplemente conserva algo que Dios consideró digno de memoria.
«Voluntariamente se ofrecieron». El servicio voluntario ocupa un lugar hermoso en las Escrituras. Pablo describió a las iglesias de Macedonia diciendo: «Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar» (2 Corintios 8:3–4, RV1960).
Hay una enorme diferencia entre servir porque alguien nos persigue constantemente para que hagamos algo y servir porque hemos comprendido que pertenecemos al Señor y deseamos participar en su obra.
Tal disposición merece cultivarse. Quizá pocos reconozcan nuestros esfuerzos. Tal vez nunca aparezca nuestro nombre en una posición destacada. Sin embargo, Dios conoce cada servicio realizado para Él.
Hebreos declara: «Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre» (Hebreos 6:10, RV1960).
Los hombres que voluntariamente se ofrecieron para habitar Jerusalén fueron reconocidos por su pueblo y quedaron registrados en la historia sagrada como ejemplo de disposición.
La ciudad necesitaba personas con diferentes responsabilidades.
Desde el versículo cuatro hasta el diecinueve, Nehemías registra a quienes vivían en Jerusalén. El texto menciona diferentes grupos, y esa diversidad nos permite comprender algo importante. Repoblar Jerusalén exigía mucho más que aumentar una cifra demográfica. La ciudad necesitaba personas capaces de cumplir distintas funciones. El original destaca a descendientes de Judá y Benjamín, sacerdotes, levitas y porteros dentro de esa nueva población.
- Los descendientes de Judá.
Los versículos cuatro al seis mencionan a los hijos de Judá, y particularmente a descendientes de Fares. El versículo seis dice: «Todos los hijos de Fares que moraron en Jerusalén fueron cuatrocientos sesenta y ocho hombres fuertes» (Nehemías 11:6, RV1960). La expresión «hombres fuertes» comunica la idea de hombres capaces, valerosos, aptos para enfrentar responsabilidades difíciles.
Jerusalén necesitaba esta clase de personas. Una ciudad recién reconstruida, rodeada todavía por pueblos potencialmente hostiles, necesitaba habitantes capaces de mantenerse firmes.
La iglesia también necesita cristianos espiritualmente fuertes. Pablo exhortó: «Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos» (1 Corintios 16:13, RV1960). La fortaleza espiritual se manifiesta cuando permanecemos fieles bajo presión, cuando defendemos la verdad aunque resulte impopular y cuando nuestras convicciones permanecen firmes frente a la oposición.
Hay otro detalle interesante relacionado con los descendientes de Judá. Nehemías 11:24 menciona a Petaías, descendiente de Zera, hijo de Judá, quien estaba «a la mano del rey para todo negocio del pueblo». Había, pues, un representante que atendía asuntos del pueblo ante el monarca. Sin forzar el paralelo, esta circunstancia puede recordarnos una realidad infinitamente mayor que disfrutamos los cristianos. Tenemos delante del Padre a Jesucristo. Juan escribe: «Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1, RV1960). Nuestra confianza delante de Dios descansa en Cristo.
- Los descendientes de Benjamín.
Los versículos siete al nueve mencionan a los hijos de Benjamín. Entre ellos encontramos a Joel, quien era supervisor, y a Judá, quien ocupaba una posición secundaria de autoridad dentro de la ciudad.
Nuevamente aparece el tema de la responsabilidad. Jerusalén necesitaba personas que administraran adecuadamente los asuntos de la ciudad. La autoridad siempre debe entenderse como responsabilidad.
Jesús enseñó a sus discípulos que el modelo de liderazgo entre ellos debía estar gobernado por el servicio: «El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:26, RV1960). La iglesia necesita hombres que comprendan esta clase de liderazgo. El deseo de servir debe preceder al deseo de dirigir.
- Los sacerdotes.
Los versículos diez al catorce registran a los sacerdotes. Nehemías menciona a quienes «hacían la obra de la casa» y señala a Seraías como «principal de la casa de Dios» (Nehemías 11:11–12).
La presencia de los sacerdotes era indispensable porque Jerusalén no debía convertirse solamente en una ciudad segura y poblada. Allí estaba el templo y debía continuar el servicio establecido por Dios.
Una vez más encontramos hombres descritos como «fuertes y valientes» en el versículo catorce. Estos nos dice que la responsabilidad espiritual requería carácter.
Este principio resulta particularmente importante. Quien sirve enseñando la Palabra de Dios necesita fidelidad doctrinal y carácter consecuente con aquello que enseña. Pablo dijo a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello» (1 Timoteo 4:16, RV1960). La enseñanza correcta acompañada por una vida desordenada termina dañando la credibilidad del mensaje, mientras que una conducta aparentemente ejemplar tampoco puede compensar una doctrina falsa. El servidor de Dios necesita cuidar ambas cosas.
- Los levitas.
Los versículos quince al dieciocho hablan de los levitas. Sus responsabilidades eran diversas. Algunos atendían «la obra exterior de la casa de Dios» (Nehemías 11:16), mientras otros participaban en la alabanza y la acción de gracias. Esto nos muestra nuevamente que la obra necesitaba diferentes clases de servicio. No todos realizaban la misma tarea.
Y aquí encontramos una aplicación especialmente apropiada para la iglesia. Pablo escribe: «Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo» (Romanos 12:4–5, RV1960).
Una congregación saludable no necesita que todos hagan exactamente lo mismo. Necesita que cada miembro utilice correctamente las capacidades y oportunidades que posee.
Hay hermanos capaces de enseñar. Otros pueden evangelizar personalmente. Algunos poseen facilidad para animar a quienes están pasando por dificultades. Otros sirven atendiendo necesidades prácticas. Hay quienes trabajan discretamente y pocas personas conocen todo cuanto hacen.
La diversidad de funciones no disminuye la importancia de ninguna. La pregunta pertinente es si estamos utilizando aquello que Dios nos ha permitido tener para contribuir al bienestar del cuerpo.
- Los porteros.
El versículo diecinueve menciona finalmente a los porteros: «Los porteros, Acub, Talmón y sus hermanos, guardas en las puertas, ciento setenta y dos» (Nehemías 11:19, RV1960).
Ya hemos encontrado a estos hombres anteriormente en nuestro estudio de Nehemías. Su trabajo podía parecer modesto. Custodiar puertas quizá carecía del reconocimiento asociado con otras responsabilidades, pero la seguridad de Jerusalén dependía en parte de que alguien cumpliera fielmente esa función.
Aquí encontramos una lección necesaria acerca de la humildad. El valor de un servicio no depende de cuánto reconocimiento público recibe. Hay tareas indispensables que jamás colocarán nuestro nombre delante de una audiencia. Nadie aplaudirá. Quizá nadie llegue siquiera a saber quién las realizó. Pero Dios lo sabe.
Pablo escribió: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3:23, RV1960). Cuando comprendemos que servimos al Señor, la necesidad de reconocimiento humano pierde fuerza. Los porteros custodiaban las puertas. Los sacerdotes atendían el templo. Los levitas cumplían sus responsabilidades. Los gobernantes administraban. Los habitantes defendían la ciudad. Cada uno tenía su lugar. Y Jerusalén necesitaba a todos.
LA CIUDAD RESTAURADA NECESITABA UN PUEBLO COMPROMETIDO QUE SIRVIERA FIELMENTE EN LAS CIUDADES DE JUDÁ.
A partir del versículo veinte, la atención se desplaza fuera de Jerusalén. Esto también resulta importante. La obra de Dios en Judá no estaba limitada a quienes habitaban dentro de los muros de la ciudad santa. Había familias distribuidas por ciudades, aldeas y territorios de toda la región, y ellas también formaban parte del pueblo restaurado.
Nehemías 11:20 dice: «Y el resto de Israel, de los sacerdotes y de los levitas, en todas las ciudades de Judá, cada uno en su heredad» (Nehemías 11:20, RV1960). Es decir, no todos podían vivir en Jerusalén. Y tampoco todos necesitaban hacerlo.
Había responsabilidades que debían cumplirse fuera de la capital. Este detalle nos ayuda a evitar una idea equivocada acerca del servicio. Podemos llegar a pensar que solamente las obras visibles o realizadas en lugares prominentes poseen verdadero valor. Nehemías 11 muestra algo diferente. Dios tenía personas en Jerusalén y también tenía personas distribuidas por las ciudades de Judá. Todas formaban parte de la restauración.
Cada uno habitó en su heredad.
El versículo veinte dice que estaban «cada uno en su heredad». Después del cautiverio, muchas familias habían regresado a las regiones relacionadas con su patrimonio ancestral. Aquella distribución restauraba, al menos parcialmente, el vínculo histórico del pueblo con la tierra que Dios había entregado a sus padres.
Es importante reflexionar sobre la herencia espiritual que una generación deja a la siguiente. Esa aplicación puede ser útil siempre que distingamos la heredad territorial de Israel de nuestra responsabilidad espiritual actual.
Nosotros también recibimos mucho de quienes nos precedieron. Algunos tuvieron padres que les enseñaron las Escrituras desde pequeños. Otros conocieron hermanos maduros que los ayudaron a comprender el evangelio. Algunos pueden recordar a un predicador, maestro o anciano que influyó profundamente en su vida.
Pablo habló a Timoteo acerca de esa clase de influencia: «Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice» (2 Timoteo 1:5, RV1960). Timoteo recibió una influencia espiritual valiosa. Pero después tuvo que asumir personalmente su responsabilidad. Lo mismo sucede con nosotros. Podemos agradecer profundamente la fidelidad de quienes nos enseñaron, aunque llegará el momento de preguntarnos qué estamos dejando nosotros a quienes vienen detrás.
- ¿Qué recordarán nuestros hijos de nuestra fe?
- ¿Qué aprenderán los jóvenes de nuestra congregación al observar nuestra vida?
- ¿Qué clase de iglesia estamos ayudando a dejar para la siguiente generación?
La mejor herencia espiritual se construye mediante una vida fiel.
El servicio continuó fuera de Jerusalén.
El capítulo menciona sacerdotes, levitas, sirvientes del templo y otras personas que habitaban fuera de Jerusalén. Y aunque estas personas servían lejos del centro más visible de la nación, la obra seguía siendo necesaria allí.
Esta observación posee una aplicación muy valiosa. El tamaño y la visibilidad nunca han sido las medidas definitivas de fidelidad. Una congregación pequeña puede realizar una obra profundamente valiosa delante de Dios. Quizá nunca tenga grandes recursos. Tal vez sus actividades jamás reciban atención más allá de su comunidad. Sin embargo, si enseña fielmente la Palabra, evangeliza, edifica a sus miembros y cumple la obra que Dios le ha dado, esa congregación está haciendo algo digno delante del Señor.
El mismo principio se aplica individualmente. Quizá nuestra esfera de influencia parezca pequeña. Podemos pensar que otros hacen cosas más importantes porque enseñan a grandes audiencias o poseen responsabilidades más visibles. Sin embargo, Dios nos pide fidelidad con aquello que tenemos y en el lugar donde estamos.
Jesús dijo: «El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel» (Lucas 16:10, RV1960). La fidelidad no necesita escenario. Necesita oportunidad y disposición. Hay cristianos que sirven a Dios durante décadas en lugares donde muy pocas personas conocen su nombre. Enseñan a sus hijos, ayudan a hermanos, hablan del evangelio con vecinos, sostienen la obra local y perseveran en medio de dificultades. Quizá el mundo nunca los conozca. Dios sí.
Las ciudades conservaron la memoria de la obra de Dios.
Desde el versículo veinticinco hasta el treinta y seis aparece una serie de ciudades y poblaciones. Una lectura apresurada podría convertir estos nombres en una simple lista geográfica. Sin embargo, muchos de aquellos lugares estaban cargados de historia.
- Aparece Quiriat-arba, conocida también como Hebrón. Abraham había vivido allí, y siglos después Caleb recibiría aquella región.
- Aparece Beerseba, vinculada igualmente con Abraham y con otros acontecimientos importantes de la historia patriarcal.
- Aparece Siclag, conocida especialmente por su relación con David.
- Aparece Adulam, cuyo nombre inevitablemente recuerda la cueva donde David se refugió mientras huía de Saúl.
- Aparece Micmas, relacionada con aquella extraordinaria victoria de Jonatán sobre los filisteos.
- Aparece Bet-el, lugar asociado con Abraham, Jacob y posteriormente con diferentes acontecimientos de la historia profética de Israel.
- Aparece Anatot, pueblo del cual procedía Jeremías.
- También aparece Nob, cuyo nombre recuerda uno de los episodios más oscuros del reinado de Saúl, cuando los sacerdotes fueron asesinados por orden del rey.
- Aquella geografía estaba llena de memoria.
Los habitantes de Judá caminaban por lugares donde generaciones anteriores habían experimentado victorias, fracasos, promesas, juicios y manifestaciones de la providencia divina.
Cada ciudad podía contar una historia, y todas juntas recordaban una verdad. Dios había estado obrando durante generaciones. La generación de Nehemías formaba parte de una historia que había comenzado mucho antes que ellos y que continuaría después de ellos.
Nosotros también debemos aprender a pensar así. La obra del Señor no comenzó con nosotros.
- Otros predicaron antes.
- Otros enseñaron.
- Otros enfrentaron oposición.
- Otros hicieron sacrificios para que el evangelio llegara hasta nuestra generación.
- Y si el Señor permite que el tiempo continúe, otros vendrán después.
Nuestra responsabilidad consiste en ser fieles durante el tramo de historia que nos corresponde. Pablo expresó esta conciencia generacional cuando dijo a Timoteo: «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2, RV1960).
- Pablo.
- Timoteo.
- Hombres fieles.
- Otros.
- Cuatro eslabones aparecen en un solo versículo.
La verdad debía continuar avanzando de generación en generación.
CONCLUSIÓN.
Hermanos, Nehemías 11 puede parecernos inicialmente un capítulo dominado por nombres, números y lugares, pero cuando observamos cuidadosamente descubrimos una verdad profundamente práctica. La ciudad restaurada necesitaba un pueblo comprometido.
Los muros habían sido reconstruidos, aunque la obra todavía requería hombres y mujeres dispuestos a habitar, servir, vigilar, dirigir, adorar y asumir responsabilidades.
- Algunos sirvieron dentro de Jerusalén.
- Otros sirvieron en las ciudades de Judá.
- Algunos desempeñaron responsabilidades visibles.
- Otros realizaron tareas sencillas.
- Algunos fueron gobernantes.
- Otros sacerdotes.
- Otros levitas.
- Otros porteros.
- Otros simplemente fueron familias que habitaron fielmente en el lugar que les correspondía.
- Pero todos eran necesarios.
- Y esta verdad debe acompañarnos cuando pensamos en la iglesia.
Una congregación tampoco se construye únicamente con edificios, programas o recursos. Su fortaleza depende de cristianos comprometidos con Cristo y dispuestos a asumir personalmente la obra que les corresponde.
Pablo escribió: «De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efesios 4:16, RV1960).
Observe cuidadosamente la expresión «según la actividad propia de cada miembro». Cada miembro. Allí encontramos una idea muy cercana a la enseñanza práctica que surge de Nehemías 11.
La obra necesita a cada uno en su lugar. Quizá usted piense que posee pocas capacidades. Úselas para el Señor. Quizá crea que su servicio pasa inadvertido. Recuerde que Dios lo ve. Quizá otros tengan responsabilidades más visibles. Cumpla fielmente la suya. Quizá durante años haya esperado que alguien le diga exactamente qué hacer. Comience observando las necesidades que existen alrededor suyo y considere qué puede hacer conforme a sus capacidades y a la voluntad de Dios.
- Los voluntarios de Jerusalén vieron una ciudad que necesitaba habitantes y estuvieron dispuestos a trasladarse.
- Los porteros vieron puertas que necesitaban vigilancia y ocuparon su lugar.
- Los levitas atendieron las responsabilidades que les correspondían.
- Los sacerdotes realizaron el servicio de la casa de Dios.
- Y quienes vivían fuera de Jerusalén permanecieron en sus ciudades, cumpliendo allí su responsabilidad.
- Ninguno podía hacerlo todo.
- Pero todos podían hacer algo.
- Tal vez esa sea una de las enseñanzas más necesarias de este capítulo.
La pregunta no consiste solamente en qué está haciendo la congregación. También debemos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros como miembros de ella.
- ¿Dónde puedo servir?
- ¿A quién puedo enseñar?
- ¿A quién puedo animar?
- ¿Qué necesidad puedo atender?
- ¿Qué capacidad puedo desarrollar?
- ¿Qué responsabilidad he estado dejando para otros?
Nehemías había reconstruido una muralla en cincuenta y dos días, pero levantar una comunidad comprometida requería mucho más que colocar piedras. Requería personas. Y la obra del Señor continúa requiriéndolas.
- Hombres y mujeres fieles.
- Cristianos dispuestos.
- Servidores humildes.
- Personas que entiendan que quizá nunca recibirán reconocimiento público y que, aun así, puedan decir con convicción que servirán al Señor donde exista una oportunidad legítima para hacerlo.
Por eso, cuando terminemos este capítulo, no permitamos que nuestra memoria conserve solamente una larga lista de nombres difíciles de pronunciar. Recordemos lo que esos nombres representan. Representan personas que ocuparon su lugar.
Y pidamos al Señor que, cuando contemple nuestra generación, también encuentre entre nosotros un pueblo comprometido, dispuesto a habitar espiritualmente donde haga falta, a trabajar donde exista necesidad y a permanecer fiel hasta que nuestra parte en la obra haya terminado.
