La consagrción de la ciudad.

Nehemías 12:27-47.

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Hermanos, al continuar nuestro recorrido por el libro de Nehemías, llegamos a uno de los acontecimientos más hermosos de toda esta historia. Después de tantos días de trabajo, después de enfrentar la oposición de los enemigos, después de superar las dificultades internas y de contemplar la extraordinaria misericordia de Dios, finalmente encontramos al pueblo de Jerusalén reunido para celebrar la dedicación de los muros de la ciudad.

Durante los capítulos anteriores hemos observado cómo Nehemías dirigió la reconstrucción de aquellas murallas que durante muchos años habían permanecido destruidas. También hemos considerado la manera en que el pueblo volvió a escuchar la ley de Dios, reconoció sus pecados, confesó la justicia de Jehová y asumió solemnemente el compromiso de caminar conforme a sus mandamientos. Posteriormente, en el capítulo once, vimos que la ciudad restaurada necesitaba habitantes comprometidos, hombres y mujeres dispuestos a establecer sus hogares dentro de Jerusalén y a participar en las responsabilidades necesarias para su conservación.

Ahora llegamos al capítulo doce, donde Nehemías registra los nombres de sacerdotes, levitas y porteros, recordándonos nuevamente que la obra de Dios requería personas fieles que asumieran responsabilidades concretas. Ya hemos considerado anteriormente la importancia de estos servidores, de manera que no será necesario detenernos extensamente en sus funciones. Sin embargo, conviene recordar que cada uno tenía una responsabilidad dentro del orden establecido por Dios, y que la fidelidad con que cumplían sus deberes contribuía al bienestar espiritual de toda la comunidad.

A partir del versículo veintisiete, nuestra atención se dirige hacia una celebración extraordinaria. Jerusalén había sido reconstruida, sus murallas estaban terminadas y una parte considerable del pueblo había regresado para habitarla. Ahora Nehemías comprende que ha llegado el momento de reconocer públicamente la bondad de Jehová, porque todo cuanto habían logrado habría sido imposible sin la providencia, la protección y la misericordia del Señor.

Y aquí encontramos una enseñanza que merece nuestra atención. Los hombres tenemos una sorprendente facilidad para recordar nuestras dificultades mientras las estamos experimentando, pero también podemos olvidar rápidamente la ayuda recibida cuando esas dificultades han terminado. Durante la aflicción clamamos a Dios, suplicamos su intervención y reconocemos cuánto necesitamos de Él; sin embargo, cuando finalmente llega la solución, existe el peligro de atribuir el resultado exclusivamente a nuestra perseverancia, a nuestra inteligencia o a nuestros propios recursos.

Nehemías no permitió que esto sucediera. Había trabajado intensamente, había demostrado extraordinaria capacidad de organización y había enfrentado con firmeza a sus adversarios, pero comprendía perfectamente que la reconstrucción de Jerusalén debía atribuirse finalmente a la bondad de Dios.

Por eso organizó una celebración en la cual el pueblo pudiera expresar públicamente su gratitud, recordar las misericordias recibidas y renovar su reconocimiento de que Jehová era digno de toda alabanza.

Esta actitud recuerda las palabras del salmista.

“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmos 103:2, RV1960).

Hermanos, olvidar los beneficios de Dios constituye uno de los peligros más frecuentes de la vida espiritual. Podemos acostumbrarnos tanto a sus bendiciones que dejamos de reconocerlas como manifestaciones de su bondad. La salud, el alimento, la familia, la congregación, la oportunidad de estudiar las Escrituras y, sobre todo, la salvación que tenemos en Jesucristo puede llegar a parecernos cosas ordinarias, cuando en realidad constituyen motivos extraordinarios para vivir agradecidos delante del Señor.

Por eso, al considerar Nehemías 12:27–47, quiero que reflexionemos sobre la manera en que la consagración de Jerusalén manifestó la gratitud y la fidelidad del pueblo, observando cuatro acontecimientos que nos ayudarán a comprender el significado de aquella celebración y sus aplicaciones para nuestra vida cristiana.

LA CONSAGRACIÓN DE JERUSALÉN MANIFESTÓ LA GRATITUD Y LA FIDELIDAD DEL PUEBLO MEDIANTE LA DEDICACIÓN DE SUS MUROS.

El versículo veintisiete dice: “Para la dedicación del muro de Jerusalén, buscaron a los levitas de todos sus lugares para traerlos a Jerusalén, para hacer la dedicación y la fiesta con alabanzas y con cánticos, con címbalos, salterios y cítaras” (Nehemías 12:27, RV1960).

La reconstrucción había terminado, pero Nehemías consideró apropiado convocar al pueblo para reconocer solemnemente la bondad de Dios. Aquellos muros habían sido levantados mediante un esfuerzo extraordinario, en medio de amenazas, conspiraciones y dificultades que en diversas ocasiones parecieron capaces de detener definitivamente la obra.

Recordemos que Sanbalat y Tobías habían despreciado desde el principio los esfuerzos de los judíos. En Nehemías 4:3, Tobías llegó a burlarse diciendo que, si una zorra subiera sobre el muro, lo derribaría. Aquella expresión pretendía ridiculizar la calidad del trabajo y desanimar a quienes participaban en la reconstrucción.

Sin embargo, las burlas no pudieron impedir que el pueblo continuara trabajando, y finalmente Nehemías 6:15 registra que el muro fue terminado en cincuenta y dos días.

Ahora, aquellos mismos muros que habían sido objeto de desprecio se convertían en el escenario de una celebración de gratitud.

A. LA INVITACIÓN A PARTICIPAR EN LA DEDICACIÓN

El texto señala que buscaron a los levitas de todos sus lugares para traerlos a Jerusalén. Aquellos hombres estaban distribuidos en distintas poblaciones y desempeñaban responsabilidades relacionadas con el servicio establecido por la ley de Moisés, de manera que su presencia era apropiada para una celebración religiosa de esta naturaleza.

Nehemías deseaba que participaran en aquel acontecimiento, porque la dedicación de los muros debía realizarse con alabanza y acción de gracias.

Esta invitación nos permite reflexionar acerca del privilegio que tenemos los cristianos de reunirnos para adorar a Dios. Nosotros no estamos sujetos a las ceremonias del templo de Jerusalén, porque vivimos bajo el nuevo pacto establecido mediante Jesucristo; sin embargo, las Escrituras nos enseñan que los discípulos del Señor se reunían para participar de la cena, escuchar la enseñanza apostólica y realizar las actividades propias de la adoración congregacional.

Hechos 20:7 dice:

“El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche”.

Aquellos discípulos comprendían que reunirse constituía una parte importante de su vida espiritual. De manera semejante, Hebreos 10:24–25 nos exhorta a considerarnos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras, evitando la costumbre de abandonar nuestras reuniones.

Debemos comprender, hermanos, que congregarnos constituye una oportunidad extraordinaria para honrar a Dios y fortalecernos mutuamente. Cada reunión nos permite recordar las bendiciones que tenemos en Cristo, recibir instrucción de las Escrituras, expresar nuestra gratitud mediante los cánticos y participar de aquellas actividades que el Señor ha establecido para su iglesia.

La invitación que Nehemías extendió a los levitas también puede llevarnos a pensar en una reunión todavía más gloriosa, cuando los redimidos participen de la comunión eterna con Dios.

Apocalipsis 21:2 presenta la visión de la nueva Jerusalén, que desciende del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Debemos recordar que esta imagen pertenece al lenguaje simbólico de la visión apocalíptica, mediante el cual se representa la gloriosa condición final del pueblo redimido.

Aquella esperanza pertenece a quienes han sido reconciliados con Dios mediante Jesucristo y perseveran en su fidelidad. Por eso la celebración de Jerusalén puede recordarnos, por analogía, el gozo incomparable que aguarda al pueblo de Dios cuando finalmente participe de la victoria definitiva del Señor.

B. LA CELEBRACIÓN CON GRATITUD Y ALABANZA.

El versículo veintisiete también describe la manera en que debía realizarse aquella dedicación. El pueblo celebraría con alegría, acciones de gracias y cánticos, acompañados por los instrumentos musicales que formaban parte de las disposiciones religiosas de Israel bajo la ley mosaica.

El propósito de aquella celebración era reconocer la bondad de Jehová.

Resulta importante observar que el pueblo deseaba ofrecer lo mejor de sí mismo en aquella ocasión. Después de haber experimentado tantas dificultades y de haber contemplado la ayuda divina, querían expresar su gratitud de manera solemne y gozosa.

Este principio conserva una aplicación importante para nosotros, aunque debemos distinguir cuidadosamente las prácticas del culto levítico de las instrucciones dadas a la iglesia bajo el nuevo pacto. Los instrumentos mencionados en Nehemías pertenecían al contexto de la adoración de Israel, mientras que el Nuevo Testamento instruye a los cristianos a cantar y alabar al Señor con el corazón.

Pablo escribió: “Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Efesios 5:19, RV1960).

También escribió: “Cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Colosenses 3:16, RV1960).

La enseñanza que podemos trasladar de Nehemías a nuestra vida cristiana consiste en reconocer que Dios merece nuestra gratitud y que debemos expresar esa gratitud conforme a las instrucciones que Él ha dado.

Y esa disposición no debería limitarse al momento de una reunión congregacional. Cada día recibimos beneficios de la mano del Señor, y cada día tenemos razones para reconocer su bondad.

El salmista declaró: “Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, sea alabado el nombre de Jehová” (Salmos 113:3, RV1960).

La gratitud debe acompañar nuestra vida cotidiana, porque continuamente dependemos de la misericordia divina.

C. LA PARTICIPACIÓN DE LOS HABITANTES DE LAS REGIONES CERCANAS

Los versículos veintiocho y veintinueve dicen: “Y fueron reunidos los hijos de los cantores, de la región alrededor de Jerusalén, y de las aldeas de los netofatitas; y de la casa de Gilgal, y de los campos de Geba y de Azmavet; porque los cantores se habían edificado aldeas alrededor de Jerusalén” (Nehemías 12:28–29, RV1960).

La celebración alcanzó a personas que vivían fuera de Jerusalén. Aquellos cantores habían establecido sus hogares en diferentes poblaciones, pero fueron convocados para participar de la dedicación.

Esto nos recuerda que la reconstrucción había sido una obra colectiva. Aunque Jerusalén era el centro de aquella celebración, muchos israelitas que habitaban fuera de sus muros también tenían motivos para alegrarse por lo que Dios había permitido realizar.

El pueblo compartía una historia, una esperanza y una responsabilidad común.

Podemos encontrar aquí una analogía con la unidad espiritual de quienes pertenecen a Cristo. El evangelio ha sido anunciado entre diferentes pueblos y naciones, y todos aquellos que obedecen al Señor son incorporados a su cuerpo.

Pablo escribió: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres” (1 Corintios 12:13, RV1960).

La unidad del cuerpo de Cristo trasciende las distinciones nacionales y sociales. Los redimidos proceden de diferentes pueblos, hablan distintas lenguas y viven en diversas regiones, pero participan de una misma salvación mediante Jesucristo.

Y llegará el día cuando todos los que pertenecen al Señor participarán de la gloria eterna prometida a sus santos.

¡Qué extraordinaria esperanza tenemos, hermanos! Aquella celebración de Jerusalén reunió a personas de diferentes poblaciones de Judá, pero la esperanza cristiana contempla una reunión incomparablemente mayor, cuando todos los redimidos disfruten eternamente de la presencia de Dios.

LA CONSAGRACIÓN DE JERUSALÉN MANIFESTÓ LA GRATITUD Y LA FIDELIDAD DEL PUEBLO MEDIANTE LA PURIFICACIÓN CEREMONIAL.

Después de describir la convocatoria para la dedicación, Nehemías registra un acontecimiento especialmente significativo.

El versículo treinta dice: “Y se purificaron los sacerdotes y los levitas; y purificaron al pueblo, y las puertas, y el muro” (Nehemías 12:30, RV1960).

La dedicación de los muros debía realizarse conforme a las disposiciones religiosas de Israel, y por esa razón los sacerdotes y levitas efectuaron actos de purificación ceremonial.

El texto menciona tres objetos de aquella purificación, comenzando con los propios servidores religiosos, continuando con el pueblo y terminando con las puertas y los muros de Jerusalén.

Debemos comprender que estas purificaciones pertenecían al sistema ceremonial del antiguo pacto. Su realización no significa que las piedras de Jerusalén fueran moralmente culpables ni que los muros necesitaran arrepentirse. La purificación ceremonial expresaba la consagración de personas y elementos relacionados con aquella celebración religiosa.

Sin embargo, podemos extraer enseñanzas acerca de la santidad que Dios demanda de quienes le sirven.

A. LA PURIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES Y LEVITAS.

El texto comienza señalando que los sacerdotes y levitas se purificaron.

Estos hombres estaban continuamente relacionados con el servicio religioso. Conocían la ley, participaban en las actividades del templo y desempeñaban responsabilidades que otros israelitas no podían realizar.

A pesar de ello, también necesitaban someterse a las disposiciones de purificación.

Aquí encontramos una advertencia importante acerca del peligro de confundir la actividad religiosa con la fidelidad espiritual.

Una persona puede participar constantemente en actividades relacionadas con la enseñanza de la Biblia y, sin embargo, descuidar su propia conducta. Puede conocer numerosos pasajes, defender correctamente determinadas doctrinas y ejercer influencia sobre otros, mientras permite que su vida personal se aparte progresivamente de la voluntad de Dios.

Por eso Pablo exhortó a Timoteo diciendo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16, RV1960).

Observe que el apóstol menciona tanto la conducta personal como la doctrina. Ambas requieren atención.

Quienes enseñamos las Escrituras debemos recordar constantemente que la verdad que predicamos también nos obliga a nosotros. Cada exhortación dirigida a otros debe encontrar primero un corazón dispuesto a someterse a la voluntad del Señor.

La responsabilidad espiritual jamás concede inmunidad frente al pecado.

Santiago escribió: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3:1, RV1960).

La enseñanza de la Palabra implica una responsabilidad seria, precisamente porque quien instruye a otros debe procurar que su vida sea consecuente con aquello que proclama.

Por eso resulta apropiado que, antes de dirigir aquella celebración, los sacerdotes y levitas se sometieran ellos mismos a la purificación correspondiente.

B. LA PURIFICACIÓN DEL PUEBLO

El versículo treinta continúa diciendo que los sacerdotes y levitas purificaron también al pueblo.

La participación en aquella celebración religiosa exigía que la comunidad observara las disposiciones de santidad ceremonial establecidas bajo la ley.

Esto nos recuerda que la responsabilidad espiritual nunca estuvo limitada a quienes ejercían funciones públicas. Todo el pueblo debía responder a las exigencias del pacto.

De manera semejante, bajo el nuevo pacto, la santidad constituye una responsabilidad de todos los cristianos.

Pedro escribió: “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:15, RV1960).

La expresión “en toda vuestra manera de vivir” muestra la amplitud de esta responsabilidad.

Nuestra conducta en el hogar, nuestras relaciones familiares, nuestras conversaciones, nuestras actividades laborales y nuestras decisiones personales deben estar gobernadas por la voluntad de Cristo.

La santidad cristiana exige una vida apartada del pecado y dedicada al servicio del Señor.

Pablo escribió: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1, RV1960).

Ningún cristiano puede delegar esta responsabilidad.

Los ancianos pueden exhortar. Los evangelistas pueden enseñar. Los hermanos pueden animarnos y corregirnos. Sin embargo, cada uno debe responder personalmente delante de Dios por su propia conducta.

Por eso debemos examinarnos con sinceridad y procurar que nuestra vida corresponda a la profesión de fe que hacemos públicamente.

C. LA PURIFICACIÓN DE LAS PUERTAS Y DEL MURO

Finalmente, el texto dice que fueron purificados “las puertas, y el muro”.

Esta expresión pertenece al contexto ceremonial de la dedicación. Los elementos físicos de Jerusalén fueron incluidos en los actos mediante los cuales aquella ciudad era presentada solemnemente delante de Jehová.

Aunque nosotros no practicamos semejantes ceremonias bajo el nuevo pacto, podemos reflexionar sobre la importancia de procurar que toda nuestra vida constituya un testimonio digno del evangelio.

El cristiano vive constantemente delante de otras personas. Sus palabras, decisiones y acciones pueden contribuir a que otros tengan una comprensión favorable de la enseñanza de Cristo o, por el contrario, pueden convertirse en ocasión de tropiezo.

Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16, RV1960).

El Señor desea que nuestra conducta manifieste la transformación producida por su Palabra.

Esto requiere discernimiento acerca de nuestras conversaciones, nuestros hábitos y las influencias que permitimos en nuestra vida.

Pablo exhortó: “Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:22, RV1960).

Debemos evitar aquello que verdaderamente pertenece al mal, procurando que nuestras decisiones estén gobernadas por las Escrituras y por una conciencia instruida conforme a la voluntad divina.

Nuestra influencia espiritual merece ser cuidada, porque las personas observan mucho más de lo que a veces imaginamos. Los hijos observan a sus padres. Los vecinos conocen parte de nuestra conducta. Los compañeros de trabajo escuchan nuestras conversaciones. Los hermanos de la congregación contemplan la manera en que reaccionamos frente a las dificultades.

Por eso conviene preguntarnos si nuestra vida está contribuyendo a glorificar a Dios.

La purificación ceremonial de Jerusalén nos permite recordar, por analogía, que quienes pertenecemos a Cristo debemos procurar una conducta digna de nuestro llamamiento.

LA CONSAGRACIÓN DE JERUSALÉN MANIFESTÓ LA GRATITUD Y LA FIDELIDAD DEL PUEBLO MEDIANTE UNA PROCESIÓN PÚBLICA DE ACCIÓN DE GRACIAS.

Desde el versículo treinta y uno hasta el treinta y nueve encontramos la descripción de una extraordinaria procesión organizada por Nehemías.

El versículo treinta y uno comienza diciendo: “Hice luego subir a los príncipes de Judá sobre el muro, y puse dos coros grandes que fueron en procesión” (Nehemías 12:31, RV1960).

Nehemías organizó dos grandes grupos de acción de gracias que avanzarían en diferentes direcciones sobre los muros de Jerusalén. Durante el recorrido se mencionan distintas puertas, torres y lugares importantes de la ciudad.

Detengámonos un momento para imaginar aquella escena.

Los habitantes de Jerusalén habían trabajado intensamente durante la reconstrucción. Muchos recordaban las amenazas de sus enemigos. Otros habían experimentado el cansancio de las largas jornadas. Todos sabían que aquella obra había sido realizada en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Sin embargo, ahora contemplaban los muros terminados.

Aquellas piedras que habían levantado con tanto esfuerzo se habían convertido en un testimonio visible de la ayuda divina.

Los mismos muros que sus enemigos habían despreciado sostenían ahora una procesión de alabanza.

¡Qué extraordinario contraste!

Sanbalat y Tobías habían intentado impedir la reconstrucción. Habían utilizado burlas, amenazas, conspiraciones y acusaciones para desanimar al pueblo. Sin embargo, sus esfuerzos no habían logrado detener definitivamente la obra.

Y ahora los habitantes de Jerusalén podían recorrer solemnemente aquellos muros, recordando que Jehová había estado con ellos.

La procesión tenía, por tanto, un profundo significado de gratitud y memoria.

Cada puerta podía recordar una etapa de la reconstrucción. Cada sección del muro podía evocar los esfuerzos realizados por diferentes familias. Cada torre podía recordar la necesidad de vigilancia que habían experimentado durante aquellos días.

El pueblo estaba contemplando públicamente los resultados de una obra realizada mediante la providencia de Dios.

Hermanos, nosotros también necesitamos aprender a recordar las misericordias del Señor.

No estoy sugiriendo que organicemos procesiones semejantes a las de Jerusalén, porque aquella celebración pertenecía a un contexto histórico y religioso particular. Sin embargo, todos podemos recorrer mentalmente los acontecimientos de nuestra vida y reconocer las ocasiones en que Dios nos ha sostenido.

Pensemos en aquellas dificultades que parecían imposibles de superar. Recordemos los momentos de enfermedad, incertidumbre, oposición o necesidad en los cuales clamamos al Señor. Consideremos también las oportunidades que hemos recibido para escuchar el evangelio, obedecerlo y perseverar en la fe.

Cuántas veces hemos experimentado circunstancias que parecían superar nuestras fuerzas y, sin embargo, hemos encontrado consuelo en las promesas de Dios.

Pablo escribió: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones” (2 Corintios 1:3–4, RV1960).

La memoria de las misericordias divinas fortalece nuestra confianza.

También debemos recordar que las experiencias difíciles pueden enseñarnos lecciones que posteriormente resultan valiosas para nuestro crecimiento espiritual.

Santiago escribió: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1:2–3, RV1960).

La historia de Jerusalén incluía momentos de victoria y también experiencias dolorosas. Sin embargo, al llegar a esta celebración, el pueblo podía reconocer que Dios había estado obrando en medio de todas aquellas circunstancias.

Por eso necesitamos cultivar una memoria agradecida.

Cuando recordamos las bendiciones recibidas, encontramos nuevas razones para confiar en Dios frente a las dificultades presentes. Cuando contemplamos su fidelidad pasada, somos fortalecidos para continuar obedeciéndole en el futuro.

El salmista expresó esta disposición diciendo: “Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas” (Salmos 77:11, RV1960).

Quizá convenga que nosotros también dediquemos tiempo a recordar las obras del Señor en nuestra vida, porque muchas veces el desánimo crece cuando dejamos de contemplar sus misericordias.

La procesión de Jerusalén fue una celebración pública de gratitud, pero también constituye para nosotros un recordatorio de que la fidelidad de Dios merece ser reconocida y proclamada.

LA CONSAGRACIÓN DE JERUSALÉN MANIFESTÓ LA GRATITUD Y LA FIDELIDAD DEL PUEBLO MEDIANTE LA ADORACIÓN Y EL SOSTENIMIENTO DEL SERVICIO DE DIOS.

Los versículos cuarenta al cuarenta y siete presentan la culminación de aquella celebración. Los dos grupos que habían recorrido los muros llegaron a la casa de Dios, donde continuaron expresando su gratitud mediante las actividades religiosas establecidas bajo la ley.

Nehemías 12:40 dice: “Llegaron luego los dos coros a la casa de Dios; y yo, y la mitad de los oficiales conmigo”.

La procesión culminó en el templo.

Aquella celebración había comenzado reconociendo la restauración material de Jerusalén, pero su propósito principal era glorificar al Dios que había permitido realizar la obra.

Los versículos finales muestran diferentes expresiones de adoración y responsabilidad, y cada una de ellas contiene enseñanzas que podemos considerar cuidadosamente.

A. LA ACCIÓN DE GRACIAS

El versículo cuarenta menciona la llegada de los dos coros a la casa de Dios.

Aquellos grupos habían sido organizados para expresar públicamente su gratitud, y ahora se encontraban reunidos en el lugar donde se desarrollaba el servicio religioso de Israel.

La acción de gracias constituye una expresión indispensable de nuestra relación con Dios.

Pablo escribió: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18, RV1960).

La gratitud cristiana nace del reconocimiento de que nuestra vida depende de la misericordia divina.

Tenemos razones para agradecer por la provisión material, por la familia, por la congregación y por las oportunidades que recibimos cada día. Pero, por encima de todas esas bendiciones, debemos agradecer por la salvación que Dios ha hecho posible mediante Jesucristo.

Pablo declaró: “Gracias a Dios por su don inefable” (2 Corintios 9:15, RV1960).

El sacrificio de Cristo constituye la manifestación suprema del amor divino y la razón fundamental de nuestra gratitud.

B. LOS CÁNTICOS DE ALABANZA.

El versículo cuarenta y dos dice: “Y los cantores cantaban en alta voz, e Izrahías era el director” (Nehemías 12:42, RV1960).

La alabanza ocupaba un lugar importante dentro de aquella celebración.

Los cantores expresaban públicamente su reconocimiento de la bondad de Jehová.

Bajo el nuevo pacto, los cristianos también hemos recibido instrucciones acerca de la alabanza mediante el canto.

Pablo escribió: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Colosenses 3:16, RV1960).

Observe que el canto congregacional posee una dimensión dirigida a Dios y otra relacionada con la edificación mutua.

Cantamos para alabar al Señor, pero también enseñamos y exhortamos a nuestros hermanos mediante las palabras que pronunciamos.

Por eso nuestros cánticos deben expresar verdades conformes a las Escrituras y ser entonados con entendimiento y gratitud.

La calidad espiritual de nuestra alabanza depende fundamentalmente de que nuestros corazones estén comprometidos con aquello que cantamos.

C. LOS SACRIFICIOS PRESENTADOS A DIOS

El versículo cuarenta y tres declara: “Y sacrificaron aquel día numerosas víctimas, y se regocijaron, porque Dios los había recreado con grande contentamiento” (Nehemías 12:43, RV1960).

Aquellos sacrificios pertenecían al sistema establecido mediante la ley de Moisés.

Bajo el nuevo pacto, Jesucristo ha ofrecido el sacrificio perfecto mediante el cual hizo posible nuestra redención.

Hebreos 10:12 declara:

“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios”.

Por eso la iglesia no ofrece sacrificios animales para obtener perdón de pecados.

Sin embargo, el Nuevo Testamento habla de sacrificios espirituales que los cristianos debemos ofrecer al Señor.

Hebreos 13:15 dice: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”.

Nuestra alabanza constituye una ofrenda espiritual presentada a Dios mediante Jesucristo.

También nuestra conducta debe reflejar una vida dedicada al Señor, conforme a Romanos 12:1, donde Pablo exhorta a los cristianos a presentar sus cuerpos en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.

D. EL GOZO MANIFESTADO EN LA ADORACIÓN.

El versículo cuarenta y tres también dice que el pueblo se regocijó porque Dios le había concedido grande alegría.

La celebración de Jerusalén estuvo caracterizada por un gozo extraordinario.

Y ese gozo tenía una causa claramente identificada.

Dios había bendecido a su pueblo.

Había permitido la reconstrucción de los muros, había preservado a los trabajadores y había hecho posible que Jerusalén volviera a convertirse en una ciudad habitada y organizada.

Por eso la alegría del pueblo estaba vinculada con el reconocimiento de la bondad divina.

El gozo también debe caracterizar nuestra vida cristiana.

Pablo escribió: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4, RV1960).

Este gozo posee un fundamento mucho más profundo que las circunstancias favorables de la vida.

Los cristianos podemos experimentar dificultades, enfermedades y pérdidas, pero continuamos teniendo razones para regocijarnos en el Señor porque nuestra esperanza descansa en Cristo.

La adoración congregacional debe realizarse con reverencia y sinceridad, acompañada por la gratitud que produce el conocimiento de las bendiciones espirituales recibidas.

E. EL TESTIMONIO QUE ALCANZÓ MÁS ALLÁ DE JERUSALÉN.

El versículo cuarenta y tres concluye diciendo: “Y el alborozo de Jerusalén fue oído desde lejos”.

La alegría de aquella celebración fue tan grande que podía escucharse más allá de los límites inmediatos de la ciudad.

Este detalle resulta especialmente hermoso cuando recordamos cómo había comenzado la historia de Nehemías.

Al principio encontramos una Jerusalén destruida, con sus muros derribados y sus puertas consumidas por el fuego. Ahora encontramos una ciudad restaurada cuya alegría podía escucharse desde lejos.

¡Qué extraordinaria transformación!

Aquella ciudad que había sido motivo de vergüenza y aflicción se había convertido en escenario de gratitud y celebración.

Podemos encontrar aquí una aplicación acerca del testimonio cristiano.

Nuestra adoración y nuestra conducta deben contribuir a que otras personas reconozcan la realidad de nuestra fe.

Esto no significa que debamos procurar que nuestros cánticos sean escuchados a grandes distancias, porque el volumen del sonido jamás constituye por sí mismo una medida de espiritualidad.

La enseñanza pertinente se relaciona con la influencia de una vida transformada por el evangelio.

Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16, RV1960).

Cuando vivimos conforme a la voluntad de Cristo, nuestra conducta puede convertirse en una ocasión para que otros conozcan la verdad y glorifiquen a Dios.

F. LA RESPONSABILIDAD DE SOSTENER EL SERVICIO ESTABLECIDO.

Finalmente, los versículos cuarenta y cuatro al cuarenta y siete muestran que aquella celebración produjo también decisiones relacionadas con el sostenimiento del servicio del templo.

El pueblo organizó la administración de las contribuciones, las primicias y los diezmos que correspondían a los sacerdotes y levitas conforme a la ley mosaica.

Nehemías 12:44 dice: “En aquel día fueron puestos varones sobre las cámaras de los tesoros, de las ofrendas, de las primicias y de los diezmos, para recoger en ellas, de los ejidos de las ciudades, las porciones legales para los sacerdotes y levitas”.

Aquella celebración no terminó únicamente con expresiones de alegría. El pueblo también asumió responsabilidades concretas para que el servicio establecido por Dios pudiera continuar.

Aquí encontramos una enseñanza importante acerca de la relación entre adoración y obediencia.

La gratitud verdadera debe manifestarse mediante una disposición responsable para cumplir la voluntad divina.

En el contexto de Israel, aquello incluía las contribuciones prescritas por la ley de Moisés. Bajo el nuevo pacto, la iglesia tiene instrucciones diferentes acerca de la contribución y de la administración de sus recursos.

Pablo escribió:

“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (1 Corintios 16:2, RV1960).

También enseñó: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7, RV1960).

La contribución cristiana debe realizarse conforme a la prosperidad, con propósito y generosidad, sin imponer a la iglesia las disposiciones del diezmo mosaico.

Asimismo, los recursos congregacionales deben utilizarse para cumplir las obras que el Señor ha autorizado a su iglesia.

La gratitud hacia Dios debe producir responsabilidad.

El pueblo de Jerusalén había aprendido que la restauración espiritual exigía perseverancia. La dedicación de los muros fue una celebración extraordinaria, pero el servicio de Jehová debía continuar después de aquel día.

Lo mismo sucede con nosotros. Una reunión especialmente edificante puede producir gran alegría, pero la fidelidad cristiana debe continuar cuando termina la reunión y regresamos a nuestras responsabilidades cotidianas.

El compromiso con Cristo se manifiesta mediante una vida perseverante.

CONCLUSIÓN.

Hermanos, al terminar nuestro estudio de Nehemías 12:27–47, encontramos a un pueblo que había experimentado una extraordinaria transformación. Jerusalén había pasado de la ruina a la restauración, de la vergüenza a la celebración y de la aflicción a la gratitud.

Sin embargo, la enseñanza principal de este pasaje se encuentra en la manera en que el pueblo reconoció la intervención de Dios y respondió a sus misericordias.

La consagración de Jerusalén manifestó su gratitud mediante la dedicación de los muros, cuando los levitas y cantores fueron convocados para participar de aquella celebración. También manifestó su reconocimiento de la santidad divina mediante las purificaciones ceremoniales correspondientes al antiguo pacto. Posteriormente, los dos grandes grupos que recorrieron los muros proclamaron públicamente su agradecimiento por la obra realizada, y finalmente toda aquella celebración culminó en el templo, donde el pueblo expresó su alegría, presentó sacrificios y asumió responsabilidades para sostener el servicio establecido por Jehová.

Todo esto nos recuerda que la gratitud hacia Dios debe ocupar un lugar permanente en nuestra vida.

Cuántas veces hemos recibido bendiciones que después dejamos de recordar. Cuántas dificultades hemos superado con la ayuda del Señor y, sin embargo, al pasar el tiempo, permitimos que nuevas preocupaciones ocupen completamente nuestra atención. Cuántas oportunidades tenemos para agradecer y, aun así, dejamos que nuestras oraciones estén dominadas casi exclusivamente por aquello que todavía deseamos recibir.

El salmista nos exhorta: “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmos 103:2, RV1960).

Hermanos, necesitamos recordar.

Recordemos la misericordia que Dios nos mostró cuando escuchamos el evangelio. Recordemos el día en que comprendimos nuestra condición de pecadores y obedecimos a Jesucristo. Recordemos las ocasiones en que su Palabra nos fortaleció durante las dificultades, las veces que encontramos consuelo en las promesas divinas y las oportunidades que hemos recibido para servir en su iglesia.

Pero nuestra gratitud también debe manifestarse en fidelidad.

El pueblo de Jerusalén comprendió que la dedicación de los muros debía ir acompañada por una vida comprometida con la voluntad de Jehová. Nosotros también debemos reconocer que nuestras expresiones de alabanza adquieren su verdadero sentido cuando están acompañadas por una conducta consecuente con la enseñanza de Cristo.

Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15, RV1960).

El amor hacia Dios encuentra expresión en la obediencia.

Y mientras contemplamos aquella celebración de Jerusalén, también podemos dirigir nuestra esperanza hacia la gloria eterna que el Señor ha prometido a sus redimidos.

La ciudad terrenal fue reconstruida mediante el trabajo de hombres que dependieron de la ayuda divina, pero la esperanza cristiana se dirige hacia una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos, como enseña 1 Pedro 1:4.

Apocalipsis 21 presenta la gloria de la nueva Jerusalén y declara que nada inmundo entrará en ella, sino solamente aquellos que están inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 21:27).

Esta promesa nos recuerda la importancia de nuestra condición espiritual delante de Dios.

¿Estamos preparados para encontrarnos con el Señor? ¿Hemos obedecido el evangelio de Jesucristo? ¿Estamos perseverando fielmente en su doctrina? ¿Vivimos agradecidos por la misericordia que hemos recibido?

Si todavía no hemos obedecido el evangelio, debemos escuchar la palabra de Cristo, creer en Él, arrepentirnos de nuestros pecados y ser bautizados para perdón de los pecados, conforme a Hechos 2:38. Y quienes ya hemos obedecido debemos perseverar en la fidelidad, procurando que nuestra vida sea digna del llamamiento que hemos recibido.

La celebración de Jerusalén terminó, pero la fidelidad de Dios permaneció. Los cánticos dejaron de escucharse, las procesiones concluyeron y los habitantes regresaron a sus responsabilidades, aunque el Señor que había sostenido aquella obra continuaba siendo digno de toda alabanza.

Ese mismo Dios merece hoy nuestra gratitud.

Por eso, mientras tengamos vida y oportunidad, procuremos servirle con reverencia, reconocer sus misericordias y permanecer firmes en la esperanza que tenemos mediante Jesucristo.

Que nuestra vida entera constituya una expresión de gratitud hacia el Señor, y que, cuando finalmente termine nuestra peregrinación terrenal, podamos participar de la gloria eterna prometida a todos aquellos que le pertenecen.

Como escribió Pablo: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58, RV1960).

Que así sea nuestra vida delante de Dios.

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