Nehemías 10:32-39.
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Hermanos, en nuestra exposición anterior comenzamos a considerar el compromiso que el pueblo de Jerusalén asumió delante de Jehová después de aquel profundo proceso de renovación espiritual registrado en Nehemías capítulos ocho, nueve y diez. Habían escuchado la Palabra de Dios, habían confesado sus pecados, habían reconocido la justicia y la misericordia del Señor, y finalmente habían decidido que aquella experiencia espiritual debía traducirse en obediencia concreta.
Vimos que ese compromiso alcanzó asuntos profundamente personales. El pueblo entendió que su fidelidad a Dios debía influir en sus relaciones, en sus decisiones familiares y en la manera en que respondían a las obligaciones establecidas por la ley. Habían llegado a comprender que una renovación espiritual verdadera termina tocando la vida cotidiana, porque la obediencia a Dios nunca queda confinada a una reunión, a una oración o a un momento de emoción religiosa.
Hoy continuaremos desde Nehemías 10:32, y veremos cómo aquel compromiso comenzó a manifestarse en otra área indispensable. El pueblo asumió responsabilidad por el servicio de Dios. Ya no estamos considerando solamente lo que cada individuo debía abandonar o corregir en su vida personal. Ahora observaremos lo que todos debían aportar para que la obra establecida por Dios pudiera continuar.
Esto resulta particularmente importante porque, con frecuencia, es posible pensar en la vida cristiana únicamente en términos individuales. Pensamos en nuestra oración, en nuestra lectura bíblica, en nuestra obediencia personal y en nuestra propia relación con Dios. Todo eso es indispensable, pero la Escritura también presenta una dimensión congregacional de nuestra responsabilidad. Formamos parte de un pueblo, de un cuerpo, de una obra en la que cada miembro tiene obligaciones y oportunidades.
El pueblo de Jerusalén comprendió esta verdad. Si el servicio del templo había de continuar, alguien debía proveer lo necesario. Si había que mantener el fuego, alguien debía traer la leña. Si las disposiciones de la ley requerían primicias, ofrendas y diezmos, cada familia debía asumir su parte. Aquella obra no podía sostenerse solamente con buenos deseos.
Y aquí encontramos una enseñanza que sigue siendo profundamente necesaria para nosotros. La obra del Señor requiere participación. Requiere tiempo, servicio, recursos, generosidad y una conciencia clara de que aquello que Dios nos ha confiado, lo cual puede y debe ser utilizado para su gloria.
Al avanzar por estos versículos observaremos el propósito de las contribuciones, la participación del pueblo, la prioridad expresada mediante las primicias, la generosidad conforme al pacto y, finalmente, aquella declaración que resume todo el compromiso de esta sección, cuando el pueblo dijo: “Y no abandonaremos la casa de nuestro Dios” (Nehemías 10:39).
Con esa expresión delante de nosotros, consideremos ahora…
EL SERVICIO DEL TEMPLO QUE REQUERÍA RESPONSABILIDAD.
Desde el versículo treinta y dos hasta el final del capítulo, la atención se dirige hacia el templo. El pueblo se compromete a proveer aquello que era necesario para que el servicio establecido por Dios pudiera continuar.
El capítulo termina ese texto que hemos citado anteriormente, todo lo cual resume esta sección: “Y no abandonaremos la casa de nuestro Dios” (Nehemías 10:39).
Estas palabras adquieren especial fuerza cuando recordamos la historia reciente de Jerusalén. Durante décadas el templo había estado destruido. Pero que ahora que Dios había permitido su reconstrucción y había restaurado la vida religiosa de la comunidad, el pueblo comprendía que debía asumir responsabilidad por aquello que el Señor había establecido. El servicio del templo, entonces, requería responsabilidad.
Responsabilidad con respecto a sus contribuciones.
Los versículos treinta y dos y treinta y tres describen diversas necesidades relacionadas con el servicio del templo:
“Nos impusimos además por ley, el cargo de contribuir cada año con la tercera parte de un siclo para la obra de la casa de nuestro Dios; para el pan de la proposición y para la ofrenda continua, para el holocausto continuo, los días de reposo, las nuevas lunas, las festividades, y para las cosas santificadas y los sacrificios de expiación por el pecado de Israel, y para todo el servicio de la casa de nuestro Dios” (Nehemías 10:32–33).
Las contribuciones tenían un propósito definido. El pueblo sabía para qué entregaba sus recursos. El culto establecido por la ley requería elementos materiales y quienes participaban de aquella comunidad asumían la responsabilidad de proveerlos.
Bajo el nuevo pacto también encontramos a las congregaciones reuniendo recursos para realizar las obras que Dios les ha encargado.
Pablo instruyó a los corintios, diciendo, “Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (1 Corintios 16:2).
El Nuevo Testamento presenta una contribución voluntaria, consciente y proporcionada conforme a la prosperidad. Pablo añade, “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7).
Aquí encontramos una diferencia importante. El Nuevo Testamento no impone el diezmo mosaico a la iglesia local. La contribución del cristiano se rige por principios propios del nuevo pacto, entre ellos propósito, prosperidad, generosidad y voluntariedad.
El cristiano da porque reconoce que todo cuanto posee procede de Dios y porque desea participar en la obra que el Señor ha encargado a su pueblo.
Responsabilidad con la participación de todos.
El versículo treinta y cuatro menciona algo aparentemente tan ordinario como la provisión de leña: “Echamos también suertes los sacerdotes, los levitas y el pueblo, acerca de la ofrenda de la leña, para traerla a la casa de nuestro Dios” (Nehemías 10:34).
La leña era necesaria para mantener el servicio sacrificial. Alguien tenía que traerla. Y aquí aparece una hermosa lección.
Incluso las tareas menos llamativas eran necesarias. No todos podían ocupar posiciones visibles. No todos eran sacerdotes. No todos enseñaban. Sin embargo, había trabajo para todos.
La iglesia funciona de manera semejante. Pablo describe una diversidad de miembros dentro de un mismo cuerpo y afirma: “Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Corintios 12:18).
La obra de una congregación nunca debería descansar sobre dos o tres personas mientras los demás observan. Cada cristiano puede servir de alguna manera conforme a sus capacidades y oportunidades.
Hay quienes enseñan. Otros visitan. Otros animan. Algunos poseen recursos que pueden compartir. Otros tienen tiempo disponible. Algunos trabajan silenciosamente en tareas que pocos llegan a notar.
Dios las ve todas. La leña de Nehemías 10 quizá parecía pequeña comparada con el altar, el sacerdocio o los sacrificios. Pero sin leña el fuego no podía mantenerse. En la obra del Señor hay servicios discretos que resultan indispensables.
Responsabilidad con respecto a sus prioridades.
Los versículos treinta y cinco al treinta y siete repiten varias veces la idea de traer “las primicias”.
El pueblo se comprometió a entregar las primicias de la tierra, de los árboles, de la masa, del vino, del aceite y de los rebaños. Aquello tenía una profunda significación espiritual.
Las primicias representaban prioridad. Dios recibía aquello que correspondía primero conforme a la ley. El pueblo reconocía de esta manera que toda la cosecha provenía de Él.
Proverbios expresa este principio: “Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos” (Proverbios 3:9).
Aunque el cristiano no está obligado a ofrecer las primicias agrícolas prescritas por la ley mosaica, permanece una pregunta importante acerca de nuestras prioridades. ¿Qué lugar ocupa Dios realmente en nuestra vida?
Podemos afirmar que Él ocupa el primero, pero nuestras decisiones revelan con mayor precisión la respuesta.
- Nuestro tiempo habla.
- Nuestros recursos hablan.
- Nuestra agenda habla.
- Nuestras prioridades familiares hablan.
- Nuestro servicio habla.
Jesús dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33). Cuando el reino ocupa verdaderamente el primer lugar, esa prioridad termina haciéndose visible.
Responsabilidad con respecto a su generosidad.
Los versículos treinta y siete y treinta y ocho mencionan también los diezmos que Israel debía entregar a los levitas.
“Y el diezmo de nuestra tierra para los levitas; y que los levitas recibirían las décimas de nuestras labores en todas las ciudades” (Nehemías 10:37).
El diezmo formaba parte del sistema económico y religioso establecido por la ley mosaica para Israel. Los levitas no habían recibido una heredad territorial semejante a las demás tribus, por lo que Dios había establecido esta provisión para su sostenimiento.
La aplicación cristiana debe respetar la diferencia entre los pactos. El Nuevo Testamento nunca manda a las iglesias entregar obligatoriamente el diez por ciento de sus ingresos.
En cambio, encontramos instrucciones como esta: “Cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (1 Corintios 16:2). Y también: “Cada uno dé como propuso en su corazón” (2 Corintios 9:7).
La pregunta de todo santo, por tanto, no queda reducida a calcular un porcentaje legal. Debemos preguntarnos cuánto podemos dar conforme a nuestra prosperidad, cuánto hemos propuesto responsablemente en nuestro corazón y cuánto expresa verdaderamente nuestra gratitud hacia Dios.
La gracia no debería producir mezquindad. Pablo presenta a Cristo mismo como el gran modelo de generosidad: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico” (2 Corintios 8:9).
Cuando contemplamos cuánto hemos recibido en Cristo, la generosidad deja de sentirse como una carga religiosa y comienza a surgir de la gratitud.
Responsabilidad de no descuidar lo que pertenecía a Dios.
Finalmente, el versículo treinta y nueve concluye: “Y no abandonaremos la casa de nuestro Dios” (Nehemías 10:39).
Esta frase resume todo el compromiso relacionado con el templo. El pueblo había aprendido lo que ocurría cuando las cosas de Dios eran descuidadas. Habían vivido las consecuencias de generaciones que permitieron que otros intereses desplazaran la obediencia.
Ahora dicen con determinación que eso debía cambiar. Para nosotros la expresión “casa de Dios” requiere nuevamente una aplicación cuidadosa. El edificio donde se reúne una congregación no corresponde al templo de Jerusalén. Bajo el nuevo pacto, Pablo identifica como casa de Dios a la iglesia del Dios viviente: “Para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente” (1 Timoteo 3:15).
Por eso la aplicación va mucho más allá del mantenimiento de un inmueble.
- No debemos descuidar la iglesia.
- No debemos descuidar su adoración.
- No debemos descuidar la enseñanza.
- No debemos descuidar la evangelización.
- No debemos descuidar a nuestros hermanos.
- No debemos descuidar las responsabilidades que Cristo ha entregado a su pueblo.
Cada generación de cristianos recibe una obra que deberá realizar durante el tiempo que Dios le conceda.
CONCLUSIÓN
Hermanos, al llegar al final de Nehemías capítulo diez, podemos apreciar con mayor claridad la profundidad del compromiso que aquel pueblo había asumido delante del Señor. Su renovación espiritual había comenzado con la Palabra, había producido convicción, confesión y arrepentimiento, y ahora se manifestaba en responsabilidad concreta.
El pueblo comprendió que el servicio de Dios requería recursos. Por eso contribuyeron conforme a lo establecido en la ley. Comprendieron que la obra necesitaba participación. Por eso sacerdotes, levitas y pueblo compartieron incluso responsabilidades tan sencillas como traer la leña necesaria para el altar. Comprendieron que Dios debía ocupar el primer lugar. Por eso ofrecieron las primicias de aquello que recibían. Y entendieron que la obra divina no podía ser tratada como un asunto secundario, por lo que terminaron declarando con firmeza que no abandonarían la casa de su Dios.
Esta última frase merece permanecer en nuestra memoria. “No abandonaremos la casa de nuestro Dios”. Para ellos, estas palabras estaban vinculadas al templo y al sistema establecido bajo la ley de Moisés. Para nosotros, bajo el nuevo pacto, la casa de Dios es identificada por Pablo como “la iglesia del Dios viviente” (1 Timoteo 3:15, RV1960). Por eso, cuando trasladamos correctamente el principio a nuestra realidad, la pregunta resulta inevitable. ¿Estamos asumiendo nuestra responsabilidad dentro de la iglesia que Cristo compró con su sangre?
Una congregación no puede realizar su obra solamente con la fidelidad de unos cuantos. La enseñanza necesita hombres y mujeres dispuestos a aprender y servir. La evangelización requiere cristianos que hablen de Cristo. Los hermanos necesitados requieren atención. Los jóvenes necesitan formación. Los enfermos necesitan visitas y ánimo. Las congregaciones necesitan recursos para cumplir aquellas obras que el Señor les ha autorizado realizar. Todo esto exige que cada miembro comprenda que forma parte del cuerpo y que su participación importa.
Pablo escribió:
“Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Corintios 12:18, RV1960).
Esto significa que nuestra presencia en la iglesia no es accidental ni irrelevante. Cada uno tiene oportunidades de contribuir al bienestar y al crecimiento del cuerpo. Algunos podrán hacer cosas visibles y otros servirán de maneras que quizá pocos reconozcan, pero Dios conoce cada servicio realizado con fidelidad.
También hemos visto que nuestros recursos forman parte de esa responsabilidad. El Nuevo Testamento no impone a la iglesia el sistema de diezmos y primicias de la ley mosaica. Sin embargo, sí enseña una contribución consciente, voluntaria y proporcionada conforme a la prosperidad que Dios concede.
“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (1 Corintios 16:2, RV1960).
Y también:
“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7, RV1960).
Por eso nuestra generosidad debe nacer de la gratitud. Cuando recordamos cuánto hemos recibido de Dios, resulta natural preguntarnos cómo podemos utilizar lo que Él nos ha confiado para su gloria y para el beneficio de su obra.
Pero quizá la aplicación más amplia de este pasaje tiene que ver con las prioridades. Las primicias recordaban a Israel que Dios ocupaba el primer lugar. Y aunque nosotros no estamos sujetos a aquella legislación, seguimos viviendo bajo el principio expresado por nuestro Señor:
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33, RV1960).
Esta prioridad se hace visible en nuestras decisiones. Se ve en el tiempo que dedicamos al Señor, en el lugar que ocupa la congregación en nuestra vida, en nuestra disposición para servir, en el uso de nuestros recursos y en las oportunidades que aprovechamos para hacer el bien.
Por eso, al terminar este estudio, conviene preguntarnos con sinceridad qué significa para nosotros decir que Dios ocupa el primer lugar. No basta afirmarlo verbalmente. Nuestra agenda, nuestras decisiones y nuestra manera de servir terminan mostrando dónde están realmente nuestras prioridades.
El pueblo de Jerusalén había aprendido mediante una historia dolorosa lo que ocurre cuando las cosas de Dios son descuidadas. Ahora estaban decididos a actuar de otra manera.
Que esa misma determinación exista en nosotros. Que podamos decir, con el debido entendimiento del nuevo pacto, que no descuidaremos la iglesia del Señor, que no abandonaremos nuestras responsabilidades, que no dejaremos la obra en manos de unos cuantos y que utilizaremos nuestras capacidades, nuestro tiempo y nuestros recursos para servir a Cristo mientras tengamos oportunidad.
Pablo exhortó a los corintios con palabras que resumen muy bien el espíritu que necesitamos:
“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58, RV1960).
La obra continúa. Cada uno tiene una parte en ella. Y mientras el Señor nos conceda vida, fuerzas y oportunidad, procuremos servirle con gratitud, responsabilidad y fidelidad.
