El compromiso del pacto.

Nehemías 10:1-29.

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Hermanos, llegamos ahora al capítulo diez de Nehemías, pero para comprender adecuadamente lo que sucede aquí necesitamos recordar las últimas palabras del capítulo anterior. La división entre capítulos resulta útil para localizar los textos, aunque en este caso puede hacernos perder de vista que Nehemías 10 continúa directamente lo ocurrido en Nehemías 9.

Después de aquella extensa oración, después de recordar la fidelidad de Dios y la infidelidad de Israel, después de confesar públicamente sus pecados y reconocer que Jehová había sido justo en todo cuanto había venido sobre ellos, el pueblo llegó a una decisión concreta. Nehemías 9:38 dice: «A causa, pues, de todo esto, nosotros hacemos fiel promesa, y la escribimos, firmada por nuestros príncipes, por nuestros levitas y por nuestros sacerdotes» (Nehemías 9:38).

La expresión «a causa, pues, de todo esto» es fundamental. El compromiso que encontraremos en el capítulo diez no apareció repentinamente. Había detrás de él todo un proceso espiritual. El pueblo había escuchado la Palabra de Dios, había comprendido su historia a la luz de esa Palabra, había reconocido sus pecados, había confesado la justicia del Señor y había experimentado un profundo quebrantamiento.

Ahora había llegado el momento de actuar.

Y aquí encontramos una característica indispensable del verdadero arrepentimiento. Cuando la Palabra de Dios penetra seriamente en el corazón, termina produciendo decisiones. Una persona puede emocionarse durante una exposición bíblica, puede conmoverse durante una oración y hasta puede reconocer intelectualmente que necesita cambiar, pero llegará inevitablemente el momento en que deberá decidir qué hará con aquello que ha comprendido.

Santiago escribió: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1:22).

El pueblo de Jerusalén había oído. Había llorado. Había confesado. Ahora estaba dispuesto a obedecer.

El capítulo diez registra precisamente esa determinación. Encontraremos nombres que, a primera vista, quizá parezcan poco interesantes. Sin embargo, esos nombres poseen una importancia extraordinaria, porque representan personas reales que estuvieron dispuestas a asociarse públicamente con el compromiso asumido delante de Jehová. No quisieron que aquella renovación espiritual quedara reducida al recuerdo de una reunión emocionante. Estaban dispuestos a comprometer su nombre, su conducta, sus familias y su futuro con la voluntad de Dios.

Consideremos, entonces, esta primera parte de Nehemías capítulo diez bajo el tema El compromiso del pacto.

EL COMPROMISO DEL PACTO FUE APROBADO.

Los primeros veintisiete versículos contienen una extensa lista de nombres. Cuando encontramos genealogías o listas semejantes en la Escritura podemos sentir la tentación de avanzar rápidamente hasta llegar a una sección que parezca más sustancial. Sin embargo, aquí la lista misma forma parte del mensaje.

Estas personas pusieron sus nombres en el compromiso, y así, estaban aprobando dicho pacto. En otras palabras, la renovación espiritual dejó de ser anónima. Había llegado el momento de identificarse. Había que decir públicamente que estaban dispuestos a caminar conforme a la voluntad de Dios.

El texto comienza: «Los que firmaron fueron: Nehemías el gobernador, hijo de Hacalías, y Sedequías» (Nehemías 10:1).

A partir de allí se mencionan sacerdotes, levitas y dirigentes del pueblo. El compromiso alcanza así diferentes niveles de responsabilidad dentro de la comunidad. El mensaje resulta evidente. La restauración de Jerusalén requería la participación de todos.

A. LOS DIRIGENTES CIVILES ASUMIERON SU RESPONSABILIDAD.

El primer nombre mencionado es Nehemías.

Esto resulta perfectamente coherente con todo lo que hemos aprendido acerca de él. Nehemías no era un hombre que exigiera a otros aquello que él mismo no estaba dispuesto a practicar. Desde el principio lo hemos visto orando, sacrificándose, trabajando, enfrentando oposición y permaneciendo firme en medio de amenazas. Ahora, cuando llega el momento de asumir públicamente el compromiso, su nombre aparece primero.

Aquí existe una importante lección acerca del liderazgo. Quien dirige debe estar dispuesto a caminar delante de aquellos a quienes exhorta.

Resulta muy fácil pedir sacrificios desde una posición cómoda. También resulta fácil hablar de compromiso cuando otros tendrán que cargar con sus consecuencias. Nehemías había demostrado otra clase de liderazgo. Cuando el muro necesitó ser reconstruido, trabajó junto con el pueblo. Cuando surgió oposición, permaneció en Jerusalén. Cuando hubo necesidad económica, renunció a privilegios que legítimamente habría podido reclamar como gobernador.

Ahora, cuando el pueblo declara su determinación de obedecer a Dios, Nehemías pone su propio nombre en el documento.

Este principio tiene aplicación en cualquier esfera donde exista responsabilidad. Los padres necesitan enseñar a sus hijos mediante una vida coherente con aquello que exigen. Los hombres que sirven y dirigen en la congregación deben mostrar con su conducta la seriedad de la doctrina que enseñan. Quien exhorta a otros a buscar primero el reino de Dios necesita mostrar que ese reino ocupa realmente el primer lugar en su propia vida.

Pablo podía decir: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo» (1 Corintios 11:1). Esa declaración solamente tiene sentido cuando existe correspondencia entre enseñanza y conducta.

El liderazgo espiritual pierde fuerza cuando pide obediencia que él mismo no practica. Las palabras pueden señalar el camino, pero el ejemplo demuestra que ese camino realmente puede transitarse. Nehemías firma primero porque el compromiso comienza también con él. Luego…

B. LOS RESPONSABLES DEL SERVICIO ESPIRITUAL ASUMIERON SU RESPONSABILIDAD

Los versículos siguientes registran los nombres de sacerdotes y levitas. Entre ellos aparecen Seraías, Azarías, Jeremías, Pasur, Amarías, Malquías y otros hombres relacionados con el servicio religioso de Israel.

Podríamos pensar que su participación estaba garantizada. Después de todo, eran sacerdotes y levitas. Su vida estaba vinculada de manera particular al culto y al servicio de Jehová. Sin embargo, la historia de Israel había demostrado que poseer una función religiosa jamás garantizaba fidelidad espiritual.

Precisamente en la oración del capítulo anterior el pueblo había confesado, diciendo, «Nuestros reyes, nuestros príncipes, nuestros sacerdotes y nuestros padres no pusieron por obra tu ley, ni atendieron a tus mandamientos y a tus testimonios con que les amonestabas» (Nehemías 9:34). Como vemos, los sacerdotes también habían fallado.

Por eso resulta significativo encontrarlos ahora entre quienes asumen el compromiso.

La restauración del pueblo requería también la restauración de quienes ejercían responsabilidades espirituales.

Este principio conserva toda su fuerza para nosotros. Una congregación necesita hombres que tomen seriamente la Palabra de Dios, que enseñen con fidelidad, que vivan de manera consecuente y que comprendan el peso de su influencia sobre los demás.

Pablo dijo a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello» (1 Timoteo 4:16).

Observe el orden y la amplitud de la exhortación. Timoteo debía vigilar su propia vida y también aquello que enseñaba. El carácter y la doctrina debían caminar juntos.

Una congregación puede soportar muchas limitaciones materiales. Puede reunirse en un edificio sencillo, contar con pocos recursos y carecer de reconocimiento social. Pero difícilmente permanecerá espiritualmente saludable, si aquellos que enseñan y dirigen, dejan de tomar con seriedad la Palabra de Dios.

Los sacerdotes y levitas de Nehemías diez estaban diciendo mediante su firma que ellos también habían escuchado la confesión del capítulo anterior y estaban dispuestos a asumir las consecuencias de aquella renovación. En tercer lugar, tenemos a…

C. LOS DIRIGENTES DEL PUEBLO ASUMIERON SU RESPONSABILIDAD.

Desde el versículo 14 hasta el 27 aparecen los jefes del pueblo. Estos hombres representaban familias y grupos dentro de la comunidad. Su posición les concedía influencia sobre otros, y ahora esa influencia quedaba asociada con el compromiso de obedecer a Jehová.

Esto nos permite ampliar la aplicación.

La influencia espiritual no pertenece exclusivamente a quienes enseñan públicamente. Todos influimos sobre alguien. Los padres influyen sobre sus hijos. Los esposos influyen mutuamente. Los hermanos de una congregación influyen unos sobre otros. Incluso aquellos que nunca ocupan una posición pública pueden fortalecer o debilitar espiritualmente a quienes los rodean mediante su conducta.

Jesús dijo: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

La luz influye simplemente porque está presente. De manera semejante, nuestra vida comunica continuamente algo acerca de nuestras convicciones.

Por eso debemos preguntarnos qué clase de influencia estamos ejerciendo.

¿Nuestra conducta hace más fácil que otros permanezcan fieles a Dios? ¿Nuestros hijos ven en nosotros una fe digna de ser imitada? ¿Los hermanos encuentran ánimo espiritual cuando conviven con nosotros? ¿Nuestra conversación fortalece el compromiso con la verdad o alimenta el desaliento, la crítica y la indiferencia?

Estas preguntas son necesarias porque el compromiso del pacto involucró a personas que poseían influencia dentro de la comunidad.

Una renovación verdadera nunca permanece encerrada en la intimidad del individuo. Cuando una persona comienza a caminar seriamente con Dios, esa transformación inevitablemente toca a quienes están cerca de ella.

FUE ACEPTADO POR EL PUEBLO.

Después de registrar los nombres de quienes sellaron el documento, el texto amplía la mirada y muestra que el compromiso alcanzó al resto de la comunidad.

Nehemías 10:28–29 dice: «Y el resto del pueblo, los sacerdotes, levitas, porteros y cantores, los sirvientes del templo, y todos los que se habían apartado de los pueblos de las tierras a la ley de Dios, con sus mujeres, sus hijos e hijas, todo el que tenía comprensión y discernimiento, se reunieron con sus hermanos y sus principales, para protestar y jurar que andarían en la ley de Dios, que fue dada por Moisés siervo de Dios, y que guardarían y cumplirían todos los mandamientos, decretos y estatutos de Jehová nuestro Señor» (Nehemías 10:28–29).

Aquí encontramos el corazón del pasaje.

Los dirigentes habían firmado, pero el compromiso debía ser asumido por el pueblo.

La obediencia nunca puede delegarse. Nadie puede obedecer a Dios en nuestro lugar.

Los sacerdotes podían enseñar la ley, Nehemías podía dirigir al pueblo y los principales podían poner su sello en el documento, pero cada israelita debía decidir personalmente si caminaría conforme a la voluntad de Jehová.

A. EL PUEBLO RESPALDÓ EL COMPROMISO.

El versículo 28 presenta una comunidad ampliamente involucrada. Se mencionan sacerdotes, levitas, porteros, cantores, sirvientes del templo, hombres, mujeres, hijos e hijas que tenían capacidad de comprender.

La renovación había alcanzado al pueblo.

Esto resulta esencial, porque una obra espiritual difícilmente prosperará cuando solamente unos cuantos están comprometidos mientras los demás permanecen como espectadores.

La iglesia tampoco fue diseñada para funcionar como una comunidad donde unos pocos trabajan y los demás observan.

Pablo describe el cuerpo de Cristo diciendo: «Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (1 Corintios 12:27).

Cada miembro tiene responsabilidad.

Cada cristiano posee oportunidades.

Cada discípulo tiene una esfera de servicio.

En una congregación saludable, la pregunta principal deja de ser qué están haciendo los demás y comienza a formularse de manera personal. ¿Qué estoy haciendo yo con las capacidades, oportunidades y responsabilidades que Dios me ha concedido?

Nehemías diez presenta precisamente una comunidad que comprende esta dimensión colectiva de la fidelidad.

Hay además un detalle particularmente hermoso. El texto menciona «todos los que se habían apartado de los pueblos de las tierras a la ley de Dios». Se trataba de personas que habían abandonado las prácticas paganas de su entorno para someterse a la revelación de Jehová.

Su compromiso muestra que la fidelidad a Dios exigía separación de aquello que resultaba incompatible con su voluntad.

Este principio atraviesa toda la Escritura.

Pablo exhorta: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos 12:2).

La vida del pueblo de Dios siempre tendrá un elemento de separación moral. Vivimos en el mundo, trabajamos entre personas del mundo y procuramos llevarles el evangelio, pero nuestra conducta está gobernada por una autoridad diferente. La cultura puede cambiar sus criterios; pero la Palabra de Dios continúa determinando nuestra fe y nuestra conducta.

B. EL PUEBLO PERMANECIÓ UNIDO EN SU DETERMINACIÓN.

El versículo 29 afirma que estas personas «se reunieron con sus hermanos y sus principales».

La idea utilizada por el texto original emplea una expresión que transmite la idea de adherirse firmemente a sus hermanos. El cuadro general es el de un pueblo unido alrededor de una misma determinación.

Después de tantos años de desobediencia, habían comprendido que necesitaban fortalecerse mutuamente para caminar en fidelidad.

Hay una lección importante aquí para la iglesia.

La perseverancia del cristiano posee una dimensión comunitaria. Necesitamos hermanos que nos animen, nos exhorten y nos ayuden a permanecer firmes.

El escritor de Hebreos dice: «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras» (Hebreos 10:24).

Observe que el escritor dice «considerémonos unos a otros». La vida en Cristo incluye responsabilidad mutua.

Cuando un hermano se debilita, los demás deben procurar fortalecerlo. Cuando alguno comienza a desviarse, necesita hermanos que lo exhorten con mansedumbre. Cuando alguien atraviesa una prueba, la congregación debe acompañarlo. Y desde luego, aquellos que están sufriendo tales cosas, deben ser mansos a la amonestación y la exhortación de sus hermanos.

Esto exige compromiso.

Resulta fácil permanecer mientras todo marcha favorablemente. La verdadera firmeza se manifiesta cuando aparecen dificultades, oposición, cansancio o decepción; y sin embargo, permanecemos.

Pablo escribió: «Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre» (1 Corintios 15:58).

La obra del Señor no tiene una temporada después de la cual podamos considerarla terminada. Mientras tengamos vida, existirán almas que necesitan escuchar el evangelio, hermanos que necesitan ánimo, jóvenes que necesitan enseñanza, familias que necesitan fortalecimiento y oportunidades para hacer el bien.

Por eso necesitamos aquella misma firmeza que encontramos en Jerusalén.

C. EL PUEBLO ASUMIÓ CON SERIEDAD SU OBEDIENCIA.

La última característica que aparece en estos versículos es quizá la más solemne. El pueblo entró «en protesta y juramento» para caminar en la ley de Dios y guardar sus mandamientos.

Estas expresiones pertenecen al contexto del pacto mosaico y deben entenderse dentro de aquella relación particular entre Jehová e Israel. El pueblo reconocía las bendiciones asociadas con la obediencia y las consecuencias que la ley había establecido para la rebelión. No estaban haciendo una promesa ligera. Comprendían la gravedad del compromiso que asumían.

Aquí debemos aplicar el texto cuidadosamente al cristiano.

Nosotros vivimos bajo el nuevo pacto establecido mediante Jesucristo. No reproducimos las estipulaciones nacionales del pacto mosaico ni hacemos juramentos sujetos a las maldiciones de aquel pacto. Sin embargo, el principio de seriedad permanece completamente vigente.

Seguir a Cristo es una decisión que compromete la vida entera.

Jesús dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Mateo 16:24).

El discipulado posee peso.

Cuando una persona confiesa a Cristo, se arrepiente de sus pecados y es bautizada para perdón de sus pecados, comienza una vida dedicada al Señor. Esa obediencia inicial abre el camino de una existencia entera bajo el señorío de Cristo.

Por eso Pablo exhortó: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Romanos 12:1).

Observe la amplitud de la expresión. «Vuestros cuerpos». La vida entera pertenece al Señor.

El cristianismo pierde su sentido cuando queda reducido a unas cuantas horas semanales. Cristo reclama nuestro pensamiento, nuestras palabras, nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestros recursos, nuestro trabajo, nuestro tiempo y nuestras decisiones.

El pueblo de Jerusalén había comprendido precisamente esa seriedad. Habían visto lo que ocurrió cuando generaciones anteriores trataron con ligereza la Palabra de Dios. Habían contemplado las ruinas de Jerusalén. Habían vivido bajo dominio extranjero. Habían escuchado la historia de sus padres y reconocido que el pecado siempre termina cobrando un precio terriblemente alto.

Ahora estaban diciendo delante de Jehová que querían caminar de otra manera.

CONCLUSIÓN.

Hermanos, Nehemías 10:1–29 nos permite contemplar el fruto visible de todo lo ocurrido en los capítulos anteriores. El muro había sido reconstruido, pero Dios estaba realizando una obra todavía más importante en el corazón del pueblo. La Palabra había sido leída, el pecado había sido confesado, la fidelidad divina había sido reconocida y ahora la renovación comenzaba a producir compromiso.

Los dirigentes asumieron su responsabilidad. Los sacerdotes y levitas hicieron lo mismo. Los jefes del pueblo utilizaron su influencia para respaldar aquella determinación. Finalmente, hombres, mujeres y familias enteras se unieron en el propósito de caminar conforme a la voluntad de Dios.

Y ahora el texto coloca una pregunta delante de nosotros.

¿Qué ha producido la Palabra de Dios en nuestra vida?

Podemos escuchar sermones durante años. Podemos conocer capítulos completos de la Biblia. Podemos emocionarnos durante una exposición y reconocer que determinada enseñanza es verdadera. Sin embargo, llegará siempre el momento de la decisión.

Santiago dice: «El que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella… éste será bienaventurado en lo que hace» (Santiago 1:25).

La bendición se encuentra en perseverar.

Tal vez alguno reconoce que durante algún tiempo su relación con Dios ha perdido intensidad. Quizá el servicio se ha vuelto rutinario, la oración ha disminuido o la Palabra ya no ocupa el lugar que anteriormente tenía. Nehemías diez nos recuerda que siempre llega el momento de renovar nuestro compromiso con el Señor.

Y esa renovación comienza con una decisión personal.

Podemos estar rodeados de hermanos fieles y aun así vivir indiferentes. Podemos pertenecer a una congregación activa y permanecer espiritualmente inmóviles. Podemos tener padres piadosos, escuchar buenos sermones y conocer correctamente la doctrina, pero nadie puede entregar nuestra vida a Dios por nosotros.

Cada uno debe decidir.

Josué expresó esa responsabilidad con palabras que siguen resonando a través de los siglos: «Escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15).

El pueblo de Jerusalén había llegado precisamente a ese momento. Después de contemplar todo cuanto Dios había hecho, después de reconocer todo cuanto ellos habían hecho mal y después de experimentar nuevamente su misericordia, pusieron sus nombres junto a una determinación concreta.

Querían caminar con Dios.

Que nuestra respuesta sea igualmente seria. Que la Palabra que escuchamos produzca obediencia, que nuestra confesión produzca transformación y que nuestra gratitud por la misericordia de Dios se manifieste en una vida completamente dedicada a su voluntad.

Porque el compromiso verdadero con Dios jamás termina cuando pronunciamos una promesa. Allí comienza una vida que habrá de demostrar, día tras día, que aquella promesa fue sincera.

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