Nehemías 9:4-15.
En nuestro mensaje anterior contemplamos uno de los cultos de adoración a Jehová más solemnes registrados en la Escritura. El pueblo de Jerusalén había permanecido buscando al Señor con una intensidad poco común. No se trataba de una emoción pasajera ni de una reunión aislada. Durante veinticuatro días consecutivos habían estado oyendo la Palabra, confesando sus pecados, humillándose delante de Dios y respondiendo a su presencia.
Ahora, en Nehemías 9:4-15, el pueblo continúa en esa atmósfera de renovación espiritual. El pasaje forma parte de una oración extensa, una oración nacida de la memoria, de la gratitud y de la adoración. Los levitas levantan la voz y llaman al pueblo a bendecir el nombre de Jehová, reconociendo quién es Dios y lo que ha hecho por ellos.
Al leer este pasaje, debemos recordar que servimos al mismo Dios. Nosotros vivimos en otra época, bajo otras circunstancias y en otra cultura, pero el carácter de Dios no ha cambiado. Él sigue siendo glorioso, único, poderoso, creador, sustentador y lleno de gracia. Si aquel pueblo tenía motivos para adorarlo, nosotros también los tenemos. Y quizá más, porque hemos visto con mayor claridad la plenitud de su gracia en Jesucristo. Por eso, consideremos esta primera parte de la oración bajo el tema ¿Por qué adoramos a Jehová?
POR SU GLORIA.
El texto dice: “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad; y bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza” (v. 5)
El pueblo es llamado a ponerse de pie y bendecir a Jehová. No se trata de un simple acto litúrgico. Es una convocatoria solemne a reconocer la gloria del Dios eterno. Su nombre es presentado como glorioso y elevado por encima de toda bendición y alabanza.
El nombre Jehová, traducido muchas veces como “SEÑOR” en diversas versiones bíblicas, corresponde al nombre personal y redentor de Dios. Es el nombre asociado con su ser eterno, su fidelidad al pacto y su intervención salvadora. Dios así se reveló a Moisés, diciendo: “YO SOY EL QUE SOY” (Éxodo 3:14)
Eso significa que Dios no depende de nadie para existir. No recibe vida de otro. No fue formado, ni producido, ni condicionado. Él es. Antes del tiempo, Él es. Sobre toda criatura, Él es. Después de todo lo visible, Él sigue siendo.
Por eso su gloria no puede compararse con nada creado. Los hombres pueden recibir honra limitada, pero Dios posee gloria esencial. Su nombre está por encima de toda bendición, porque aún nuestras mejores palabras quedan pequeñas ante su grandeza. La lengua humana apenas roza el borde de su majestad. Intentar agotar su gloria con palabras sería como querer encerrar el océano en una copa. Bonito intento, pero ridículamente insuficiente.
Y, sin embargo, este Dios glorioso ha querido darse a conocer. Nos ha permitido acercarnos a Él. Más aún, en Cristo nos ha abierto entrada a su presencia. El Jehová del Antiguo Testamento no es distinto del Señor revelado en el Nuevo. La gloria divina resplandece en Cristo, a quien el Padre exaltó soberanamente. Pablo dijo, “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9)
Si esto no despierta adoración, entonces algo grave ocurre en el corazón. El Dios eterno, glorioso y santo ha querido tener comunión con criaturas débiles como nosotros. Eso no debe producir indiferencia. Debe producir reverencia, gratitud y alabanza.
POR SU PREEMINENCIA.
La oración continúa diciendo: “Tú solo eres Jehová” (Nehemías 9:6).
Esta declaración es breve, pero inmensa. El pueblo había vivido entre naciones idólatras. Había visto templos, imágenes, ritos y nombres de dioses falsos. Babilonia estaba llena de religiosidad, pero vacía del Dios vivo. Los ídolos podían tener devotos, pero no tenían vida. Podían tener altares, pero no poder. Podían tener nombre, pero no autoridad real.
Frente a todo eso, Israel confiesa: “Tú solo eres Jehová”.
La preeminencia de Dios significa que Él no comparte su trono. No compite con otros dioses. No pertenece a una categoría superior dentro de muchas divinidades. Él es el único Dios vivo y verdadero.
Esta verdad sigue siendo necesaria. El mundo moderno presume ser sofisticado, pero sigue fabricando ídolos. Algunos son religiosos. Otros son intelectuales, económicos, políticos o emocionales. Hay quienes adoran dioses de piedra, y otros adoran su propio criterio, su placer, su éxito, su imagen o su libertad mal entendida. Cambió el material del ídolo, pero no la enfermedad del corazón.
La Escritura es clara: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí” (Isaías 45:5)
Saber que Jehová es el único Dios verdadero debe producir seguridad. No necesitamos buscar otro refugio. No necesitamos otro mediador fuera del que Dios ha dado. No necesitamos someter el alma a poderes imaginarios. Jehová basta. Él es suficiente para sostener, guiar, salvar y guardar a su pueblo.
Por eso la adoración bíblica no es una preferencia religiosa entre muchas. Es la respuesta debida al único Dios que existe por sí mismo y reina sobre todas las cosas.
POR SU PODER
El versículo seis desarrolla la grandeza del poder divino en dos direcciones. Primero, Dios es creador. Luego, Dios es sustentador.
El texto dice: “Tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran” (Nehemías 9:6)
El pueblo adora a Dios porque reconoce que todo lo creado procede de Él. Los cielos, la tierra, los mares, los astros, los seres vivientes y todo lo visible existen porque Dios los hizo.
Juan afirma lo mismo acerca del Verbo: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3)
La creación no es accidente. No somos resultado de una casualidad ciega ni de fuerzas impersonales sin propósito. La Escritura presenta un universo hablado por Dios, ordenado por Dios y sostenido por Dios. Cada estrella, cada montaña, cada gota del mar y cada latido del cuerpo humano declara que detrás de la realidad hay sabiduría, poder y propósito.
El salmista lo expresa de manera personal: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien” (Salmos 139:14)
Pero Nehemías 9:6 no se detiene en la creación. También afirma que Dios vivifica todas las cosas. El Dios que creó sigue sosteniendo. No formó el universo para abandonarlo a su suerte. No dio cuerda al reloj de la creación para luego retirarse. Él preserva, ordena, sostiene y gobierna.
Pablo declara: “Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17)
Nuestra vida depende de esa preservación divina. Respiramos porque Dios sostiene la vida. El mundo continúa porque Dios lo preserva. Las leyes de la creación no funcionan de manera independiente de Él, sino bajo su poder constante.
Esto debe producir adoración humilde. Cada día vivido es misericordia sostenida. Cada comida, cada amanecer, cada fuerza recibida, cada oportunidad de servir, todo proviene del Dios que creó y preserva.
POR SU GRACIA.
Después de reconocer la gloria, la preeminencia y el poder de Dios, la oración recuerda su gracia en la historia de Abraham.
El texto dice: “Tú eres, oh Jehová, el Dios que escogiste a Abram, y lo sacaste de Ur de los caldeos, y le pusiste el nombre Abraham” (Nehemías 9:7)
Aquí aparece una verdad preciosa. Abraham no aparece como un hombre que, por su propio mérito, alcanzó a Dios. La iniciativa fue divina. Dios lo escogió. Dios lo sacó. Dios le dio un nuevo nombre. Dios comenzó una historia de pacto con un hombre que venía de un contexto idolátrico.
Josué recuerda ese trasfondo: “Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños” (Josué 24:2)
Abraham fue objeto de gracia. No porque mereciera ser elegido, sino porque Dios quiso mostrar misericordia. El pueblo de Jerusalén entendía esto. Su historia no comenzaba con la excelencia de Abraham, sino con la gracia de Jehová.
Y esa misma gracia nos alcanza a nosotros en Cristo. Ninguno de nosotros buscó a Dios con pureza perfecta. Ninguno tenía mérito suficiente. Ninguno podía salvarse a sí mismo. La salvación nace de la gracia divina.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8–9)
La gracia no solo escoge. También transforma. Dios cambió el nombre de Abram a Abraham. Ese cambio indicaba una nueva identidad y un nuevo propósito. Así también, en Cristo recibimos nueva vida, nueva posición y nueva dirección.
El pasaje continúa: “Y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del jebuseo y del gergeseo, para darla a su descendencia; y cumpliste tu palabra, porque eres justo” (Nehemías 9:8)
Dios no solo llamó a Abraham. Hizo pacto con él. Prometió tierra, descendencia y bendición. Y la oración reconoce que Dios cumplió su palabra porque es justo.
La fidelidad de Dios al pacto es motivo de adoración. Israel podía mirar su historia y decir: “Dios cumplió”. La tierra, la preservación del pueblo, el retorno después del cautiverio, todo hablaba de un Dios que no olvida sus promesas.
Nosotros no reclamamos el pacto nacional hecho con Abraham en los mismos términos territoriales dados a Israel, pero sí participamos de las bendiciones del nuevo pacto en Cristo. El autor de Hebreos dice: “Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:22)
Y añade: “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones… los llamados reciban la promesa de la herencia eterna” (Hebreos 9:15)
Aquí la adoración alcanza su punto más alto. Dios ha sido fiel no solo en la historia de Israel, sino en la obra redentora de Cristo. Él ha provisto perdón, reconciliación y esperanza eterna. Nos ha dado una herencia que no se marchita. Ha escrito nombres en el libro de la vida del Cordero.
¿Cómo no adorarlo?
CONCLUSIÓN.
Nehemías 9:4–15 nos introduce en una oración que nace de la memoria agradecida. El pueblo mira hacia atrás y reconoce quién ha sido Dios. Lo adora por su gloria, por su preeminencia, por su poder y por su gracia.
Ese mismo ejercicio debe marcar nuestra vida. La adoración no nace del vacío. Nace de contemplar a Dios correctamente. Cuando vemos su gloria, desaparece la frialdad. Cuando reconocemos su preeminencia, caen los ídolos. Cuando recordamos su poder, se fortalece la confianza. Cuando meditamos en su gracia, el corazón se inclina en gratitud.
Tenemos más razones para adorar de las que podemos contar. Dios nos creó, nos sostiene, nos llamó por el evangelio, nos reconcilió en Cristo y nos dio esperanza eterna. La adoración, entonces, no debe ser una reacción ocasional, sino la respiración normal del alma redimida.
Que el Señor nos conceda corazones más despiertos, labios más agradecidos y vidas más rendidas, para bendecir su nombre glorioso, alto sobre toda bendición y alabanza.
