Nehemías 7:5-35.
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En nuestro mensaje anterior comenzamos a examinar la genealogía de Jerusalén que Nehemías estaba considerando. Para el lector casual, este podría parecer un pasaje poco interesante, uno de esos textos que muchos se sienten tentados a saltar rápidamente para llegar a secciones más narrativas de la Escritura. Debo admitir que, humanamente hablando, estos pasajes no suelen ser los favoritos de muchos lectores de la Biblia. Sin embargo, cuando nos detenemos a examinarlos con atención, descubrimos que contienen verdades profundas y aplicaciones muy prácticas para nuestra vida espiritual.
Hasta ahora ya hemos considerado dos aspectos importantes de esta genealogía.
Primero vimos la mención de la genealogía, donde observamos cómo Dios puso en el corazón de Nehemías reunir al pueblo y registrar su linaje. Allí aprendimos acerca de la dirección del Señor y la importancia de obedecer incluso en tareas que parecen sencillas o poco llamativas.
Luego vimos el asombro de la genealogía, donde descubrimos varias realidades acerca del pueblo de Judá. Observamos su dedicación, su dispersión y la dirección que habían recibido de líderes que Dios había levantado para guiarlos.
Esta mañana continuaremos considerando las lecciones prácticas que se revelan en este registro bíblico al observar un tercer aspecto.
LOS MIEMBROS DE LA GENEALOGÍA.
Probablemente esta sección sea la parte más práctica de todo el capítulo. Si recordamos nuestro sermón de Nehemías capítulo tres, descubrimos muchas aplicaciones espirituales al considerar a aquellos que trabajaron directamente en la reconstrucción del muro. De manera similar, aquí vemos que las personas que habitaban Jerusalén en los días de Nehemías reflejan muchas de las mismas características que encontramos hoy dentro de la iglesia.
En realidad, el pueblo de Dios siempre ha estado compuesto por personas con diferentes responsabilidades, dones y lugares de servicio. Lo mismo ocurría en Jerusalén, y lo mismo ocurre en la iglesia hoy.
Al examinar esta genealogía encontramos varios grupos importantes.
LAS FAMILIAS (versículos 8–25)
En estos versículos Nehemías menciona las familias que habitaban Jerusalén. A simple vista podría parecer un detalle sin importancia, pero es notable que la genealogía comience precisamente con las familias.
Quien registró esta lista comprendía algo que nuestra generación parece haber olvidado con frecuencia. La familia es el elemento fundamental de la sociedad. Si Jerusalén iba a prosperar nuevamente, necesitaba ser habitada por familias.
Este principio sigue siendo tan verdadero hoy como lo fue entonces. Muchas personas saben que el bienestar de una nación depende de la fortaleza de sus hogares. Se ha dicho muchas veces que, “como va la familia, así va la nación”. Y esa afirmación es absolutamente correcta.
Sin embargo, vivimos en una época en la que el concepto mismo de familia está siendo atacado. Muchos buscan redefinir o debilitar el modelo que Dios estableció desde la creación. Esta ofensiva contra el hogar no es simplemente cultural o política. En última instancia es un ataque espiritual.
Por esa razón, hoy más que nunca, es importante defender el diseño divino de la familia. Si el pueblo de Dios no se levanta para afirmar el valor del hogar conforme a la voluntad de Dios, corremos el riesgo de ver desaparecer ese fundamento esencial de la sociedad.
LAS CIUDADES (versículos 26–38).
Mientras Nehemías continúa leyendo el registro, encuentra también una lista de ciudades y pueblos de donde procedían muchos de los habitantes de Jerusalén.
Algunos de estos lugares nos resultan familiares. Entre ellos están Belén, Bet-el y Jericó. Anathot, mencionado en el versículo 27, fue el lugar de origen del profeta Jeremías. Otros pueblos, en cambio, son prácticamente desconocidos para nosotros hoy.
Por ejemplo, el pequeño pueblo de Senaa, mencionado en el versículo 38, contribuyó con 3,930 habitantes. Aunque hoy su nombre es casi olvidado, en aquel tiempo fue una parte significativa de la restauración del pueblo.
Esto nos enseña dos verdades importantes.
Primero, vemos la unidad del pueblo de Dios. Muchos de los habitantes de Jerusalén no eran originarios de la ciudad. Sin embargo, se unieron al esfuerzo común para restaurarla. Comprendieron que la obra del Señor requería cooperación.
Esa misma actitud debería caracterizar a la iglesia hoy. El avance de la obra de Dios no depende de esfuerzos aislados, sino de la unidad del pueblo que trabaja con un mismo propósito.
Segundo, vemos que Dios nunca olvida la fidelidad de su pueblo. Aunque algunos de estos pueblos hoy sean desconocidos para nosotros, Dios registró sus nombres en su Palabra eterna. Su fidelidad no pasó desapercibida ante Él.
LOS SACERDOTES (versículos 39–42)
Estos versículos mencionan las familias sacerdotales. Los sacerdotes eran responsables de ofrecer los sacrificios en el templo y de desempeñar un papel central en la vida espiritual del pueblo.
Para servir como sacerdote era necesario demostrar descendencia del linaje levítico. Por eso este registro genealógico era especialmente importante para ellos.
Este detalle nos recuerda que, aunque todos los creyentes somos parte del pueblo de Dios, no todos tenemos el mismo llamado o responsabilidad. Cada uno debe servir conforme al lugar que Dios le ha asignado.
Es importante aceptar con humildad el llamado que Dios nos ha dado, sin intentar ocupar posiciones que Él no nos ha confiado. Todos los israelitas formaban parte del pueblo, pero no todos eran sacerdotes.
LOS LEVITAS (versículo 43)
Aquí se hace una distinción importante. Aunque los sacerdotes provenían de la tribu de Leví, no todos los levitas eran sacerdotes. Muchos servían en otras funciones relacionadas con el templo.
Esto demuestra que el servicio a Dios requiere una gran diversidad de tareas. No todos son predicadores o pastores, pero todos tienen un papel importante en la obra del Señor.
La obra de Dios nunca se lleva a cabo por medio de unos pocos. Requiere el compromiso y la participación de todo el pueblo.
LOS CANTORES (versículo 44)
Los cantores también ocupaban un lugar importante. Eran descendientes de Asaf, un hombre que había compuesto varios salmos y había establecido una tradición de alabanza en Israel.
La presencia de los cantores nos recuerda que la adoración era una parte esencial de la vida espiritual del pueblo.
De hecho, el libro de Nehemías contiene numerosas referencias al canto y la alabanza. Esto muestra que la adoración no era un elemento ocasional, sino una parte constante de la vida del pueblo.
Tal vez no todos tengamos habilidades musicales extraordinarias, pero cada creyente debería tener un corazón lleno de gratitud y alabanza hacia Dios.
LOS PORTEROS (versículo 45)
Los porteros eran los guardianes de las puertas del templo. En términos modernos podríamos decir que eran los encargados de la seguridad y el orden.
Esta tarea quizás no era tan visible o prestigiosa como la de los sacerdotes o cantores, pero era igualmente necesaria. Su responsabilidad consistía en vigilar y proteger.
Esto nos enseña que en la obra de Dios no existen tareas insignificantes. Algunas responsabilidades pueden parecer humildes o poco reconocidas, pero todas son importantes cuando se realizan para el Señor.
LOS NETINEOS (versículos 46–56)
Los netineos eran siervos del templo. Muchos creen que eran descendientes de los gabaonitas que habían sido asignados a tareas relacionadas con el servicio en el santuario.
Su labor consistía en ayudar a los levitas en diferentes responsabilidades prácticas dentro del templo.
Es interesante notar que estos hombres prefirieron servir en el templo antes que permanecer en Babilonia. Eligieron una vida de servicio en la casa de Dios.
Esto nos recuerda nuestra propia condición espiritual. Antes de conocer a Cristo éramos esclavos del pecado. Pero al ser redimidos hemos pasado a ser siervos del Señor.
Y servir a Cristo no es una carga, sino un privilegio.
LOS SIERVOS DE SALOMÓN (versículos 57–60)
También se mencionan los descendientes de los siervos de Salomón. Durante el reinado de este rey, el más glorioso de la historia de Israel, muchas personas servían directamente al monarca.
Para sus descendientes, ese servicio se había convertido en una herencia de honor.
Esto nos recuerda que lo más valioso que podemos dejar a nuestras familias no es riqueza ni prestigio, sino una herencia espiritual de servicio a Dios.
LOS NO REGISTRADOS (versículos 61–65)
Aquí encontramos una situación triste. Algunas personas afirmaban pertenecer al pueblo de Israel, pero no podían demostrar su genealogía.
Deseaban participar plenamente en la vida religiosa del pueblo, incluso aspiraban a servir en el sacerdocio, pero no podían probar su linaje.
Por esta razón se les prohibió participar en ciertas funciones sagradas hasta que un sacerdote pudiera consultar la voluntad de Dios.
Esta escena tiene una aplicación espiritual muy seria. Hoy también hay personas que afirman pertenecer al pueblo de Dios, pero no hay evidencia de una relación genuina con Él.
Un día Cristo mismo separará a los verdaderos creyentes de aquellos que solo tenían una profesión externa de fe.
EL RESUMEN (versículos 66–69)
Nehemías registra finalmente el número total del pueblo. Había 42,360 personas entre la congregación, además de siervos, cantores y animales.
Aunque ese número puede parecer grande, en realidad representaba solo una fracción de lo que Israel había sido en el pasado.
El pecado y la desobediencia habían reducido dramáticamente la nación.
Esta realidad sirve como advertencia. Cuando un pueblo se aparta de Dios, las consecuencias siempre llegan.
LAS OFRENDAS (versículos 70–72)
Finalmente se menciona la generosidad del pueblo al contribuir para la obra del templo.
A pesar de las dificultades que habían enfrentado, el pueblo dio con sacrificio para honrar a Dios.
Esto nos recuerda que todo lo que poseemos proviene del Señor. Por lo tanto, debemos estar dispuestos a honrarlo con nuestros recursos.
CONCLUSIÓN.
Este pasaje nos presenta muchas lecciones sobre el servicio al Señor.
- Cada uno de estos grupos tenía una función distinta, pero todos eran necesarios. Así ocurre también en la iglesia hoy.
- Servir al Señor es un privilegio incomparable.
Sin embargo, también debemos recordar la advertencia final del pasaje. No basta con afirmar que pertenecemos al pueblo de Dios. Nuestro nombre debe estar registrado en el libro de la vida.
- El cielo es un lugar preparado para personas preparadas.
Por eso la pregunta final es inevitable.
¿Está su nombre registrado en el libro de la vida del Cordero? Si no es así, hoy es el día para buscar al Señor y asegurar que su nombre esté entre los redimidos.
