Nehemías 7:1-4.
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Hermanos, en nuestro recorrido por el libro de Nehemías llegamos hoy a un punto crucial, uno que suele pasar desapercibido porque no tiene el dramatismo de la oposición abierta ni la emoción inmediata de la victoria visible. El muro ya está terminado. Las piedras están en su lugar. Las puertas han sido colocadas. El peligro externo parece, al menos en apariencia, haber sido contenido.
Y precisamente ahí surge una tentación peligrosa. La tentación de pensar que el trabajo ya terminó. La tentación de relajarse. La tentación de asumir que, una vez alcanzado el objetivo principal, ya no queda nada más por hacer.
Nehemías no cayó en ese error.
El texto nos muestra a un líder que entiende algo fundamental. La obra de Dios no termina cuando se concluye una fase visible. De hecho, muchas veces el verdadero trabajo comienza después. Reconstruir muros es importante, pero establecer orden es indispensable. Levantar defensas es necesario, pero organizar la vida del pueblo es vital si esa ciudad ha de sobrevivir.
Jerusalén había pasado de la ruina al orden estructural. Pero ahora debía pasar del orden físico al orden espiritual, administrativo y comunitario. El caos no desaparece solo porque las paredes estén en pie. El caos se controla cuando hay autoridad, vigilancia, servicio y responsabilidad compartida.
Con ese trasfondo, quiero que consideremos este pasaje bajo el tema Estableciendo orden en medio del caos.
PARA EVITAR QUE LOS LOGROS NO DETENGAN LA OBRA.
Nehemías comienza diciendo que el muro fue edificado y que las puertas fueron colocadas. Esa frase parece sencilla, pero encierra una verdad profunda. No fue solo un anuncio técnico. Fue una afirmación cargada de consuelo, confianza y cierre, tal como lo declara el texto bíblico cuando dice, “Luego que el muro fue edificado, y colocadas las puertas…” (v. 1)
Esto es una palabra de consuelo.
Nehemías dice que finalmente todo se ha terminado. Todo el sufrimiento, toda la presión, toda la amenaza constante, no duraron para siempre. Pasaron. El caos no tuvo la última palabra. Esto es importante porque, cuando estamos en medio del conflicto, solemos pensar que no terminará nunca. Pero el pueblo de Dios necesita recordar que las dificultades tienen fecha de caducidad. No porque seamos fuertes, sino porque Dios es fiel, como ya se había visto a lo largo de la obra cuando el pueblo perseveró a pesar de la oposición constante descrita anteriormente en el libro. El muro fue edificado y las puertas colocadas…
Eso es una palabra de confianza.
El muro fue edificado. Hubo burlas que decían que nunca lo lograrían. Hubo enemigos que aseguraban que, aun si lo lograban, se derrumbaría. Pero Dios honró la obediencia perseverante. El muro quedó en pie. La fe, aunque ridiculizada, fue vindicada, cumpliéndose lo que el propio texto reconoce más adelante cuando los enemigos tuvieron que admitir que la obra había sido hecha por Dios, como se declara en Nehemías 6:16. El muro fue edificado…
Eso es una palabra de culminación.
Las puertas fueron colocadas. Eso significa que Nehemías no se conformó con el progreso parcial. No declaró victoria antes de tiempo. No permitió que el cansancio dictara el final. Las puertas eran esenciales. Sin ellas, el muro quedaba incompleto. Así también ocurre en la obra del Señor. Es peligroso acostumbrarse a medias victorias. Es peligroso llamar suficiente a lo que Dios aún no ha terminado, tal como el mismo texto subraya al mencionar expresamente que no solo se edificó el muro, sino que también se colocaron las puertas, según Nehemías 7:1
Hermanos, el hecho de haber avanzado no nos autoriza a detenernos. Mientras haya almas sin salvación, mientras haya desorden espiritual, mientras haya generaciones sin instrucción, la obra no ha terminado.
A TRAVÉS DE UNA SABIA ORGANIZACIÓN.
Una vez terminado el muro, Nehemías hace algo que revela su sabiduría. Comienza a nombrar responsables. El orden no surge por accidente. El orden es establecido deliberadamente, como lo afirma el texto cuando dice, “y fueron señalados porteros y cantores y levitas” (v. 1)
Primero, se nombran porteros.
Guardianes de las puertas. Personas encargadas de vigilar quién entra y quién sale. Esto no era falta de amor, era sentido de responsabilidad. La ciudad estaba rodeada de enemigos. No todo el que se acercaba tenía buenas intenciones. El texto mismo muestra que la vigilancia era parte del diseño divino para preservar la ciudad.
Aquí hay una aplicación clara para nosotros. La iglesia debe ser un lugar donde todos puedan oír el evangelio, pero no un lugar donde cualquier influencia tenga acceso irrestricto. La falta de discernimiento no es amor cristiano. Proteger no es rechazar. Cuidar no es excluir arbitrariamente. Es ejercer mayordomía espiritual.
Nehemías nombra cantores.
Esto es profundamente significativo. En medio de la reorganización, Nehemías no olvida la adoración. No dice que ahora, por razones de seguridad, la alabanza puede esperar. Al contrario, asegura que la alabanza tenga su lugar, como lo indica explícitamente Nehemías 7:1. Porque un pueblo que trabaja sin adorar termina agotado. Y un pueblo que se protege sin glorificar a Dios termina confiando en sí mismo.
Después, se nombran levitas.
Siervos. Personas dedicadas al servicio constante en las cosas de Dios. La obra del Señor nunca ha sido sostenida solo por predicadores. Siempre ha requerido servidores fieles. Gente que no busca protagonismo, pero sin la cual todo colapsaría. El texto los menciona como parte esencial del orden restaurado en la ciudad, según Nehemías 7:1.
Finalmente, Nehemías establece supervisión.
Da autoridad a hombres fieles y temerosos de Dios. No los elige por popularidad, ni por parentesco, sino por carácter. El texto resalta que eran fieles y temerosos de Dios más que muchos, como se declara claramente, “Puse por gobernador de Jerusalén a mi hermano Hanani, y a Hananías… porque éste era varón de verdad y temeroso de Dios más que muchos” (v. 2)
Aquí aprendemos algo que nuestra generación resiste. Donde no hay autoridad, hay caos. Donde no hay liderazgo piadoso, el desorden se normaliza. Dios no ha cambiado su diseño. La autoridad bien ejercida no oprime, protege.
CON INSTRUCCIONES QUE PRESERVARON LA CIUDAD.
Nehemías no solo nombra personas. Da instrucciones claras, como lo registra el texto bíblico. Habla sobre cuándo abrir las puertas. No al amanecer temprano, sino cuando el sol ya estuviera alto, tal como se nos dice el versículo 3, “No se abran las puertas de Jerusalén hasta que caliente el sol”.
Esto no es por capricho, sino por prudencia. El enemigo suele moverse en la penumbra. La vigilancia requiere claridad, no descuido.
Habla también de cerrar y asegurar las puertas incluso cuando los encargados estuvieran presentes, como añade el texto el versículo 3, “y aunque haya gente allí, cerrad las puertas y atrancadlas”.
Esto revela una mentalidad preventiva. Nehemías no confía en la improvisación. No deja espacio a la negligencia. El orden se mantiene con constancia, no con buenas intenciones.
Además, establece turnos de vigilancia. Cada uno frente a su propia casa, según se nos dice, “y señalé guardas de los moradores de Jerusalén, cada cual en su turno, y cada uno delante de su casa” (v. 3)
Esto es profundamente sabio. Nadie cuida mejor lo que siente como propio. Cuando la responsabilidad es personal, el compromiso aumenta. El pueblo no delega toda la vigilancia en unos pocos. Cada uno participa.
Y finalmente, Nehemías reconoce una realidad. El versículo 4, dice, “Porque la ciudad era espaciosa y grande, pero el pueblo poco, y no había casas reedificadas”.
Esto exigía dependencia mutua. Nadie podía sobrevivir solo. La seguridad colectiva dependía de la fidelidad individual.
Esto no ha cambiado. La iglesia necesita a cada uno en su lugar. No espectadores, sino participantes. No aislados, sino comprometidos. El enemigo es real. La obra es grande. Y el pueblo es limitado. Solo unidos podemos permanecer firmes.
CONCLUSIÓN.
Hermanos, este pasaje nos enseña que terminar un muro no equivale a terminar la obra. El caos no se vence solo con estructuras. Se vence con orden, vigilancia, servicio, adoración y liderazgo piadoso.
Vivimos tiempos caóticos. La presión es constante. La confusión es normalizada. Pero el pueblo de Dios no está llamado a vivir a la deriva. Estamos llamados a establecer orden en medio del caos.
La pregunta no es si el enemigo sigue activo. La pregunta es si nosotros seguiremos siendo fieles. Si seguiremos en nuestro puesto. Si seguiremos vigilando, sirviendo y adorando.
La obra continúa. No bajemos la guardia. No abandonemos el llamado. Sigamos adelante, para la gloria de Dios.
