Libres en Cristo.

Iglesia de Cristo en Constituyentes.

Libres en Cristo.

Romanos 6:6-14.

Imagínese un hombre que nació en esclavitud. Es criado como esclavo, entrenado como esclavo. Todo lo que conoce en la vida es la esclavitud. Ahora, imagine que un día, este esclavo se vende en una subasta de esclavos. Es comprado por un hombre amable que inmediatamente entrega al esclavo los documentos que lo declaran libre. Imagínese a ese esclavo regocijándose por su libertad. Corre entre la multitud agitando esos papeles en el aire y grita: “¡Libre por fin! ¡Libre por fin! ¡Gracias a Dios, por fin soy libre!”. Sin embargo, cuando todo mundo sigue con sus propias actividades, el que había sido esclavo se tranquiliza, y mira que el hombre que lo vendió, comienza a recoger sus cosas para irse a casa. De pronto, el hombre que fue vendido, y que ahora es libre, va inmediatamente tras el antiguo amo, se pone de tras de él, y le dice, “¿Puedo ir con usted?” El esclavista le dice, “No. Ya eres un hombre libre, ya no tienes que trabajar para mí”. El que había sido esclavo le responde, “Sé que este documento dice que soy libre; pero no sé hacer otra cosa que ser un esclavo. Lo único que sé, es trabajar y vivir como un esclavo. Te seguiré, y continuaré viviendo bajo tu potestad como tu esclavo”. El antiguo dueño aceptó con gusto, y nosotros sabemos que ese esclavo liberado, ha hecho una gran tontería.

Sí, hermanos, yo sé que cuando escuchamos una historia como esa, inmediatamente pensamos, “Eso no puede ser posible que suceda. Que un hombre sea librado de su esclavitud, para luego regresar a ella, no es posible”. Sin embargo, les puedo decir con toda certeza, que exactamente eso ocurre muy seguido. Miren, el Señor Jesucristo prometió liberar de la esclavitud del pecado a todos lo que sigan (cf. Juan 8:32, 36); pero, aunque hay muchos que han recibido esa libertad, y a pesar del gran costo que tuvo esa libertad, aun así siguen en la esclavitud de sus pecados. Como el esclavo de esa historia, ellos tienen en sus manos los documentos de su libertad; pero en sus vidas siguen viviendo como esclavos.

Para aquellos que todavía se sienten atrapados en sus pecados, este pasaje ofrece ayuda. Cada cristiano debe entender que ha sido librado del poder del pecado. Necesitan comprender esa verdad. Noten que las dos primeras palabras con las que inicia el versículo 6, “sabiendo esto”. Estas palabras describen, no solamente, un conocimiento intelectual, sino el conocimiento propio de la experiencia personal. Por tanto, hay verdades aquí que debemos conocer, entender y aceptar a cabalidad, para poder gozar de la libertad que Cristo nos ha dado con su preciosa sangre.

Quienes no han aprendido, ni entendido, ni aceptado estas verdades, no podrán evitar vivir como cristianos derrotados y miserables. Pero, ¡eso no tiene por qué ser así! Usted ha sido liberado por el Señor Jesucristo. Ha sido eternamente liberado del poder del pecado, y estos versículos nos dicen cómo vivir esa libertad. Así que, veamos lo que nos dice Pablo acerca de quienes son libres en Cristo.

SON LIBRES DE SU PASADO (v. 6-7).

Su pasado es representado por un “viejo hombre” (v. 6a). Este viejo hombre nos representa como pecadores. Este viejo hombre es el tipo de persona en quien reina el pecado. Las Escrituras nos dicen que este viejo hombre tenía que ver con toda clase de prácticas pecaminosas y engañosas. En Colosenses 3:9, por ejemplo, Pablo dijo, No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos. Como vemos, este viejo hombre es mentiroso, y activamente perverso. Los “hechos” de este viejo hombre están descritos en el contexto, en el versículo 5, los cuales tienen que ver con fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; y además de esas cosas, el versículo 8 agrega la ira, el enojo, la malicia, la blasfemia, y toda clase de palabras deshonestas. En Efesios 4:22, Pablo dice que este viejo hombre, está viciado conforme a los deseos engañosos. En los versículos 17 y 18, Pablo también dice que este viejo hombre vive de acuerdo a “la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido. En semejante condición, dice Pablo que este hombre es ajeno a la vida de Dios. Y dado que su corazón está endurecido, vive en total ignorancia de la voluntad del Señor. Y, ¿sabe qué? Ese era nuestro pasado. Nuestro pasado está marcado y manchado por toda clase de palabras mentirosas, hurtos, palabras corrompidas, amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. Nuestro corazón era albergue de toda clase de sentimientos enfermizos, tales como el odio, el rencor y la venganza. Nuestro pasado es de una persona que vive en total y absoluta oscuridad.

Su pasado está representado por “el cuerpo del pecado” (v. 6). Esta expresión retórica, nada más, ilustra el instrumento con el cual servimos al pecado. Todo esclavo usa cada uno de sus miembros corporales para servir a su amo. Todos y cada uno de sus músculos, y todas y cada una de sus funciones mentales están al servicio de su dueño. Esto nos enseña que, sea que sirvamos al pecado, o sea que sirvamos a Dios, nuestro cuerpo, nuestra mente o todo nuestro ser, todo está involucrado en el servicio. No se puede servir al pecado con el cuerpo y a Dios con el alma. No podemos ser instrumentos de maldad, y al mismo tiempo pretender servir a Dios solamente con nuestro espíritu. Por el contrario, cuando servimos al pecado con nuestro cuerpo físico, al mismo tiempo lo estamos sirviendo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma. Entonces, nuestro pasado está íntimamente involucrado en el pecado. Nuestra carne y nuestro espíritu estaban rendidos a la iniquidad. Lo aceptemos o no, ese era exactamente nuestro pasado. Sin embargo, Pablo dice que hemos sido librados tales cadenas.

Hay dos cosas importantes a tener en cuenta aquí:

  1. El objetivo de la crucifixión nunca fue producir sufrimiento extremo, sino la muerte.
  2. La persona crucificada no puede crucificarse a sí misma. La crucifixión siempre debe ser infligida por otro. Yo no puedo crucificarme a mí mismo; pero para ser salvo, debo ser crucificado.

Entonces, si el viejo hombre ya fue crucificado, y el cuerpo del pecado ha sido destruido, no hay razón, ni justificación alguna para seguir viviendo en el pecado. Ante esta verdad, cada cristiano debe considerarse muerto al pecado (v. 11). Al ser crucificados, el cuerpo del pecado es destruido; pero, si yo no estoy convencido de eso, entonces me voy a “considerar” vivo al pecado, haciendo vana la cruz o la muerte del Señor. Y aquí está el gran problema por el que muchas veces atravesamos, y en el que fracasamos. El pecado nos dominará, y haremos todos aquellos hechos del viejo hombre.

Hermanos, necesitamos aceptar la verdad de nuestra liberación. Necesitamos aceptar los efectos de la muerte de Cristo en nuestras vidas, necesitamos aceptar el poder del evangelio en nosotros. Y aceptando esas cosas, debemos “considerarnos muertos al pecado”. Esa debe ser nuestra forma de pensar. ¿Se considera usted muerto al pecado? Debe hacerlo, pues si no lo hace, entonces no podrá ser libre jamás. Consideremos el pensamiento completo de Efesios 4:20-24, para que vean que lo que estoy diciendo, es la pura verdad.

  • Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.
  • Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos (Gálatas 5:24).

La idea central en estos versículos, es que necesitamos vivir lo que Dios ha hecho. Necesitamos aceptar y vivir todo esto que Dios ha hecho en nosotros. Si lo aceptamos, entonces gozaremos de verdadera libertad. Los libres en Cristo…

SON POSEEDORES DE GRANDES BENDICIONES (v. 8-10).

Están colocados en un lugar especial (v. 8). Necesitamos entender que, así como hemos muerto con Cristo, también hemos sido resucitados juntamente con él. Eso significa que estamos en él. Lo que él logró con su muerte y resurrección, es algo que a nosotros también nos ha beneficiado.

Es lógico que, si el cristiano ha participado de la muerte del Señor, también participe de los beneficios de su resurrección. Pero, eso no para allí, pues si el Señor fue transformado después de su resurrección, nosotros también somos nuevas criaturas en él. Esta nueva vida no es la que gozaremos en el futuro, allá en la gloria, sino una que tenemos ahora mismo. Jesús dijo, yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). Entonces, así como Jesús salió de la tumba para vivir una vida nueva, así también nosotros somos resucitados juntamente con él para vida nueva. Pablo lo dijo exactamente así en 2 Corintios 5:17, De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Cuando somos libres en Cristo, entonces estamos en él.

En Cristo poseemos un modelo (v. 9-10). Así como Jesús disfruta de la victoria permanente sobre la tumba (Hebreos 7:25), así el cristiano disfruta de una victoria permanente sobre el pecado. En otras palabras, se nos concede el privilegio de vivir una vida victoriosa por el poder de su resurrección.

Soy consciente de que nuestra experiencia diaria es a menudo diferente de lo que le estoy diciendo. Puede que usted sea una persona que ha intentado repetidamente vivir para Dios y ha fracasado miserablemente una y otra vez. Si eso es cierto, entonces no puedo hacer otra cosa que exhortarle a que continúe. Puede que no parezca que el viajo hombre esté muerto, pero sí que lo está. Dios es quien dice que está muerto. Así que, puesto que está muerto, solo necesitamos “considerarnos” muertos al pecado. Cuando aceptemos y entendamos que hemos muerto en Cristo, entonces estaremos en el camino de la victoria permanente sobre el pecado.

Mis hermanos, recuerdo que cuando era niño, le tenía mucho miedo a la oscuridad. Y no era el único niño con miedo a la oscuridad. En ese tiempo, a la mayoría de los niños, se nos cantaba una canción que decía, “Duérmete niño, duérmete ya, porque ahí viene el coco y te comerá”. Así que, no era raro que, siendo niños pequeños, tuviésemos miedo del coco, sobre todo en lugares oscuros.

Una noche tuve ganas de ir al sanitario. Pero, estaba muy oscuro. No se venía nada. Cuando le quise decir a mi mamá, mi padrastro no me dejó, y me dijo no fuera miedoso, que fuera yo solo. Y saben qué, para esa edad, yo ya sabia que el “coco” no existía. Nadie podía decir que era real, y de hecho, si usted lo buscaba en alguna enciclopedia, simple y sencillamente no existía alguna descripción física de su apariencia. Entonces, me armé con ese pensamiento. El “coco” no existe, y aunque la oscuridad se ve bastante terrorífica, simple y sencillamente no hay nada allí. Fui, y cuando entré a ese cuarto oscuro, podía sentir mucho miedo en mi estómago, mi respiración se comenzó a agitar mucho, al punto de sentir que el corazón se me salía del pecho. Sin embargo, llegué a lo más profundo de la oscuridad, y antes de prender el foco, hice una pausa, y me di cuenta de que mi conocimiento sobre el coro era real. ¡No existe! Jamás volví a tener miedo del “coco”. Y aunque algunas veces todavía puedo sentir miedo en la oscuridad, ese miedo ya no me controla más.

Bueno, vean esto. Como cristianos, debemos estar dispuestos a aceptar la palabra de Dios como nuestra realidad, independientemente de lo que pensemos o sintamos. Dios dice que “sabemos” (v. 6) que el viejo hombre ha sido crucificado. Dios dice que “sabemos” (v. 9), que estamos viviendo una vida nueva en Cristo. Por tanto, debemos esforzarnos en caminar en esa realidad, y así, ser más que vencedores.

GOZAN DE NUEVAS CAPACIDADES (v. 11-14).

Podemos vivir para Dios (v. 11). Pablo dice que debemos “considerarnos” muertos al pecado, pero vivos para Dios. Esto implica un cambio de vida. Cuando estábamos vivos para el pecado, entonces era normal estar haciendo todas las obras del pecado, viviendo conforme a todos los deseos de mi carne, agradando al diablo y al mundo perverso. Pero, ahora que estoy en Cristo, debo considerarme muerto al pecado, pero vivo para Dios. Es decir, ahora tengo la capacidad de vivir para Dios. Vivir para Dios significa participar de su palabra, de su obra, de su adoración, de su voluntad, de sus caminos y de todas y cada una de sus promesas. La idea completa es que, nosotros, que estamos en Jesús, debemos seguir las cosas que hablan de nuestra posición en Jesús. Nuestra motivación de todo lo que hacemos en este mundo debe ser Jesús. No la carne, no nuestros deseos, sino Jesús.

Podemos usar nuestro cuerpo para gloria de Dios (v. 12-13). Estos versículos nos dicen que debemos participar activamente en la determinación de lo que estos cuerpos harán y no harán. En lugar de permitir que la carne se salga con la suya todo el tiempo, debemos ceder el control de nuestras vidas al Señor Jesús. Debemos permitirle reinar en estos cuerpos para que podamos ser instrumentos de gloria en Sus manos. Esta es la misma idea detrás de Romanos 12:1-2. Debemos presentar estos cuerpos al Señor como sus instrumentos para su uso. ¡Debemos ceder el control total de nuestra vida al Señor Jesucristo!

Podemos gozar de una verdadera libertad (v. 14). En virtud del hecho de que estamos muertos y resucitados con Jesús, hemos sido liberados para siempre del dominio del pecado. ¡Ya no somos sus esclavos! La carne, el mundo y el diablo no tienen control sobre el hijo de Dios. Somos libres en Cristo. ¡Libres para vivir para Cristo! ¡Somos libres! ¡Libres de la Ley y sus penas! ¡Libre por el poder de la poderosa gracia de Dios! ¡Libres para vivir para Dios, libres para decir no al pecado!

Conclusión: ¿Por qué parece que tantos cristianos luchan con el pecado? Creo que la respuesta está en el hecho de que no han sabido verse a sí mismos como realmente son. Nunca han comprendido la verdad de que están muertos al pecado, pero vivos para Dios. Nunca se han enfrentado al hecho de que cuando el pecado y las tentaciones aparecen, no tienen que ceder y seguir adelante. ¡Son libres de decir no y de vivir para Jesús!

Si no aprendemos nada más del libro de Romanos, ¡aprendamos el hecho de que estamos muertos al pecado, porque fuimos crucificados con Jesús! Aprendamos que lo que le pasó a Él nos ha sucedido a nosotros. ¡Cuando Él murió al pecado, nosotros morimos al pecado! Cuando él se levantó en victoria, nosotros nos levantamos en victoria también. ¡Ya no somos esclavos, pero somos libres!

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