La conquista y la corrupción en Canaán.

Nehemías 9:22-31.

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Hermanos, al continuar nuestro recorrido por la gran oración de Nehemías capítulo nueve, llegamos a una parte del texto que es tan gloriosa como solemne. Hasta este momento hemos visto al pueblo recordar la elección de Abraham, la liberación de Egipto, la travesía por el desierto y la extraordinaria paciencia de Dios frente a la constante rebeldía de Israel.

Ahora el pueblo dirige la mirada hacia Canaán. Y al hacerlo, contempla dos realidades que corren paralelas a lo largo de toda su historia. Por un lado, la inmensa bondad de Dios. Por otro lado, la constante tendencia del hombre a apartarse de Él. Porque, hermanos, la historia de Canaán es la historia de una tierra de abundancia que terminó convertida en un escenario de corrupción espiritual. Es la historia de un pueblo que recibió bendiciones extraordinarias, pero que gradualmente olvidó al Dios que las había dado.

Y si somos sinceros, esta historia no es tan antigua ni tan ajena como pudiera parecer. Porque el corazón humano no ha cambiado. Todavía somos capaces de disfrutar las bendiciones de Dios y olvidar al Dador. Todavía somos capaces de recibir misericordia y responder con indiferencia. Todavía somos capaces de experimentar abundancia espiritual y, al mismo tiempo, permitir que la apatía se instale en el alma.

Por eso este pasaje es tan importante. Porque nos obliga a preguntarnos si estamos usando las bendiciones de Dios para acercarnos más a Él o si, por el contrario, las estamos convirtiendo en una excusa para depender menos de Él. Consideremos entonces este pasaje bajo el título, la conquista y la corrupción en Canaán.

TUVO QUE VER CON UNA TIERRA DE ABUNDANTES BENDICIONES DIVINAS.

Dice el versículo 22, “Y les diste reinos y pueblos, y los repartiste por distritos; y poseyeron la tierra de Sehón, la tierra del rey de Hesbón, y la tierra de Og rey de Basán”.

Observe cómo comienza la oración. No comienza hablando de los logros militares de Israel. No habla de la capacidad estratégica de Josué. No exalta el valor de los soldados. Toda la gloria es atribuida a Dios, el texto dice, “Y les diste…”.

Porque la conquista de Canaán fue, desde el principio hasta el final, una obra de Jehová. Esa tierra había sido prometida siglos antes. Dios había dicho a Abraham: “A tu descendencia daré esta tierra” (Génesis 12:7).

Y ahora, después de siglos de espera, la promesa estaba delante de ellos convertida en realidad. ¡Qué extraordinario es el Señor!

Para nosotros, una promesa de cinco años puede parecer eterna. Diez años parecen una eternidad. Veinte años nos parecen insoportables. Pero Dios había prometido esta tierra siglos antes.

Los hombres habían muerto. Las generaciones habían pasado. Los imperios habían cambiado. Sin embargo, la promesa seguía viva. Porque Dios jamás olvida lo que promete. Puede parecer que tarda. Puede parecer que guarda silencio. Puede parecer que el cumplimiento está distante. Pero Dios siempre cumple. La Escritura dice: “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:24).

Y hermanos, esto debe llenarnos de esperanza. Porque nosotros también vivimos de promesas. No esperamos una Canaán terrenal. Esperamos algo mucho mayor. El apóstol Pedro dijo, “Para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pedro 1:4). Nuestra esperanza está reservada en los cielos.

Y el mismo Dios que cumplió su palabra a Abraham cumplirá cada promesa hecha a los que están en Cristo.

El versículo veintitrés continúa: “Multiplicaste sus hijos como las estrellas del cielo…” (Nehemías 9:23). ¿Recuerdan la promesa hecha a Abraham? “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas… Así será tu descendencia” (Génesis 15:5).

Ahora el pueblo mira hacia atrás y dice, “Dios lo hizo.” La promesa se cumplió. La descendencia creció. La nación fue preservada. Los hijos heredaron las bendiciones de sus padres.

Y esto también es una fuente de esperanza para nosotros. Vivimos en tiempos oscuros. La inmoralidad se multiplica. La incredulidad avanza. La verdad bíblica es ridiculizada. Y, aun así, el evangelio sigue siendo poder de Dios para salvación. Todos pueden obedecer el evangelio. Todos pueden llegar al conocimiento de la verdad. La gracia de Dios no ha perdido poder. Cristo sigue salvando. El evangelio sigue transformando. La sangre de Cristo sigue limpiando al pecador. Y eso debe llenarnos de gratitud.

El versículo 24 añade, “Y humillaste delante de ellos a los moradores del país…” (Nehemías 9:24).

Aquí encontramos una gran lección. Israel era militarmente inferior.Los cananeos eran más fuertes. Sus ciudades estaban fortificadas. Sus ejércitos eran poderosos. Humanamente, la conquista parecía imposible. Pero Dios intervino. Y cuando Dios interviene, las imposibilidades humanas se convierten en oportunidades para manifestar su gloria.

¿No ha sido así en nuestras vidas? ¿Cuántas veces hemos enfrentado situaciones que parecían imposibles? ¿Cuántas veces hemos pensado que no había salida? ¿Cuántas veces hemos dicho: “No sé qué hacer”? Y después miramos hacia atrás y descubrimos que el Señor abrió el camino. Porque la batalla nunca ha dependido de nuestras fuerzas.

Pablo dice, “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades…” (Efesios 6:12). Somos débiles. Tenemos limitaciones. Nos cansamos. Nos confundimos. Pero el Señor jamás ha perdido una batalla. Y por eso nuestra confianza descansa en Él.

Finalmente, el versículo veinticinco describe la abundancia de la tierra. El texto dice, “Y tomaron ciudades fortificadas y tierra fértil… y se deleitaron en tu gran bondad” (Nehemías 9:25).

Observe la expresión, “Tu gran bondad”. Israel no llegó a una tierra vacía. Encontraron casas construidas. Viñedos plantados. Olivares. Pozos. Árboles frutales. Comieron y se saciaron. Y todo ello provenía de la bondad de Dios.

¡Qué fácil es acostumbrarnos a la bondad de Dios! Nos acostumbramos al alimento. Nos acostumbramos a la salud. Nos acostumbramos a la familia. Nos acostumbramos a las bendiciones espirituales. Nos acostumbramos a la iglesia. Nos acostumbramos a la Biblia. Nos acostumbramos a la gracia. Y cuando algo se vuelve habitual, corremos el peligro de dejar de maravillarnos.

Por eso el pueblo dice, “Nos deleitamos en tu gran bondad.” Ellos estaban recordando. Y el creyente necesita recordar constantemente.

Porque el recuerdo de la bondad divina produce gratitud.

RESULTÓ EN CORRUPCIÓN POR LA APATÍA DEL PUEBLO.

Y entonces llegamos al versículo más triste de la sección. “Pero te provocaron a ira, y se rebelaron contra ti…” (Nehemías 9:26).

¡Qué contraste! Abundancia. Bendiciones. Protección. Cumplimiento de promesas. Y después… Rebelión.

¿Cómo puede ocurrir algo así?

Porque el corazón humano es capaz de disfrutar las bendiciones de Dios Mientras se aleja del Dios de las bendiciones. Moisés había advertido, diciendo, “No suceda que comas y te sacies… y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios” (Deuteronomio 8:12-14).

Y exactamente eso sucedió. La abundancia alimentó la autosuficiencia. La comodidad produjo olvido. El bienestar generó apatía.

Y debemos examinarnos cuidadosamente. Porque las épocas de abundancia espiritual también pueden ser peligrosas.

Cuando todo parece estar bien, la vigilancia disminuye. La oración se hace menos intensa. La dependencia de Dios se debilita. La gratitud se vuelve rutinaria. Y poco a poco el corazón se enfría.

El texto continúa, “Y echaron tu ley tras sus espaldas” (Nehemías 9:26). Qué imagen tan fuerte. Arrojaron la Palabra detrás de ellos. La dejaron fuera de su vista. Vivieron como si no existiera.

Eso sigue ocurriendo. La sociedad moderna rechaza la autoridad de las Escrituras. Pero el peligro también existe dentro de la iglesia. Cada vez que sabemos lo que Dios dice y decidimos hacer otra cosa, estamos haciendo exactamente lo mismo. Estamos arrojando la Palabra detrás de nosotros. Y tarde o temprano la apatía produce consecuencias.

RESULTÓ EN LA AFLICCIÓN DEL PUEBLO.

Dice el versículo 27, “Por lo cual los entregaste en mano de sus enemigos…” (Nehemías 9:27).

El pecado produjo aflicción. La rebelión produjo disciplina. La desobediencia produjo esclavitud. Porque el pecado siempre promete libertad, pero termina produciendo cadenas. Jesús dijo, “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).

El pecado nunca permanece aislado. Siempre exige más. Siempre lleva más lejos. Siempre cuesta más de lo que inicialmente parecía. Y finalmente Israel fue quebrantado.

“En el tiempo de su tribulación clamaron a ti…” (Nehemías 9:27). La aflicción los hizo volver los ojos al Señor. El sufrimiento les recordó cuánto necesitaban a Dios. Y aunque la disciplina nunca es agradable, puede convertirse en una herramienta de misericordia.

Hebreos dice, “Porque el Señor al que ama, disciplina” (Hebreos 12:6). Dios no disciplina porque haya dejado de amar. Disciplina precisamente porque ama.

SON UN RECORDATORIO DE LA MISERICORDIA DEL SEÑOR.

Y aquí aparece nuevamente la misericordia divina. El pueblo clamó. Y Dios escuchó. El pueblo volvió. Y Dios respondió. La historia de Israel es una repetición constante de este patrón. Pecado, aflicción, arrepentimiento, misericordia. Porque Jehová es “Dios clemente y misericordioso” (Nehemías 9:31).

¡Qué esperanza hay en esas palabras! Porque si Dios hubiera tratado a Israel únicamente conforme a sus pecados, la nación habría desaparecido hacía siglos.  Pero Dios es abundante en misericordia.

Y ese mismo Dios nos ha mostrado gracia en Cristo. Pablo escribió, “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). La paga se merece. La gracia se recibe. La condenación es justa. La misericordia es un regalo. Y todos nosotros vivimos cada día sostenidos por esa misericordia.

CONCLUSIÓN.

Hermanos, Nehemías 9:22–31 es la historia de la humanidad condensada en unos pocos versículos. Dios bendice. El hombre olvida. El pecado esclaviza. La aflicción quebranta. El pecador clama. Y Dios, en su inmensa misericordia, vuelve a extender su mano. Esta fue la historia de Israel.

Y, si somos honestos, también es la nuestra. Por eso, al terminar este pasaje, no debemos admirar la grandeza de Israel. Debemos maravillarnos de la paciencia de Dios. Porque seguimos siendo sostenidos por el mismo Señor que preservó a su pueblo en Canaán. El Dios que cumplió sus promesas. El Dios que disciplinó con justicia. El Dios que escuchó el clamor de los arrepentidos. El Dios que fue abundante en misericordia. Y mientras ese Dios siga siendo nuestro Dios, siempre habrá esperanza para el pecador arrepentido y seguridad para el creyente que descansa en su gracia.

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