Nehemías 9:8-15.
.
En nuestro mensaje anterior comenzamos a considerar la gran oración de adoración levantada por el pueblo de Jerusalén delante de Jehová. Después de escuchar la Palabra, de confesar sus pecados y de humillarse delante del Señor, el pueblo comenzó a mirar hacia atrás y a contemplar la fidelidad de Dios a lo largo de su historia.
Aquellos hombres y mujeres habían pasado por cautiverio, vergüenza, ruina y disciplina. Habían experimentado el peso de sus propios pecados y las consecuencias de apartarse de Dios. Sin embargo, al repasar su historia, descubrieron algo extraordinario. Dios había permanecido fiel a pesar de la inconstancia de ellos. Ese reconocimiento llenó sus labios de adoración.
Y aunque nuestras circunstancias son diferentes a las de Jerusalén en los días de Nehemías, la realidad fundamental permanece exactamente igual. Nosotros también hemos sido sostenidos por la fidelidad de Dios. Cada creyente puede mirar hacia atrás y reconocer momentos donde el Señor preservó, sostuvo, corrigió, rescató y proveyó mucho más de lo que merecía.
Por eso, esta oración sigue siendo profundamente relevante. Nos recuerda que la adoración no nace solamente de emociones momentáneas, sino de una memoria espiritual que aprende a reconocer la mano de Dios obrando constantemente.
Continuaremos entonces considerando las perfecciones de Dios que aparecen en esta oración, bajo el mismo tema que abordamos en el sermón anterior. ¿Por qué adoramos a Jehová?
LO ADORAMOS POR SU FIDELIDAD (v. 8)
El versículo ocho declara: “Y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él… y cumpliste tu palabra, porque eres justo” (v. 8).
El pueblo recuerda aquí el pacto hecho con Abraham y reconoce algo esencial. Dios cumplió lo que prometió.
Israel había sido llevado cautivo por su pecado. Habían salido de la tierra prometida bajo disciplina divina. Jerusalén había sido destruida. El templo había sido arruinado. Humanamente hablando, parecía que todo había terminado. Sin embargo, Dios permaneció fiel a su palabra.
Aquello que prometió a Abraham no quedó cancelado por las circunstancias. Dios preservó a su pueblo, abrió camino para su regreso y permitió nuevamente que habitaran la tierra.
La fidelidad divina atraviesa toda la Escritura. Deuteronomio 7:9, dice, “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia”. Y Pablo también afirma que “Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Corintios 1:9)
La vida humana está llena de inestabilidad. Cambian las personas, cambian las circunstancias, cambian los gobiernos, cambian las emociones. Hay promesas humanas que se rompen con facilidad y seguridades terrenales que desaparecen de un día para otro. Pero Dios permanece fiel.
Eso no significa que siempre entendamos sus caminos. Israel no entendió muchas veces por qué atravesó disciplina y cautiverio. Sin embargo, aun en medio del juicio, Dios seguía obrando conforme a su fidelidad.
Lo mismo ocurre con nosotros. Hay temporadas donde no entendemos completamente lo que Dios está haciendo, pero su fidelidad no depende de nuestra comprensión. Él sigue siendo fiel aun cuando nosotros vemos solo fragmentos del camino.
Y esa verdad debe producir adoración. Servimos a un Dios que jamás abandona sus promesas. Ninguna palabra pronunciada por Él caerá al suelo sin cumplirse.
LO ADORAMOS POR SU JUSTICIA (v. 8)
El versículo ocho termina diciendo, “porque eres justo”.
El pueblo reconoce que Dios había actuado con justicia en todos sus tratos con Israel. Incluso las experiencias dolorosas que atravesaron estaban marcadas por la rectitud divina.
Esta es una verdad que muchas veces resulta difícil de aceptar. Nos agrada pensar en el amor de Dios, en su misericordia y en su paciencia, pero con frecuencia olvidamos que Dios también es perfectamente justo.
Su santidad no admite corrupción. Su carácter no tolera maldad. Su juicio nunca se equivoca. La justicia no es simplemente una de las cosas que Dios hace. Es parte de lo que Él es.
Por eso la Escritura declara, “Justo es Jehová en todos sus caminos” (Salmos 145:17)
Israel comprendió algo importante. El cautiverio no había sido injusticia divina. Había sido disciplina justa. Dios no los trató arbitrariamente. Ellos habían pecado persistentemente y el Señor había actuado conforme a su santidad.
Sin embargo, esta verdad también revela algo glorioso acerca del evangelio.
La justicia de Dios exigía condenación sobre el pecado. El hombre pecador jamás habría podido producir la justicia necesaria para reconciliarse con Dios. Y precisamente allí aparece la gracia divina en toda su magnificencia. Dios proveyó en Cristo la justicia que el hombre necesitaba.
Pablo escribe: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo… [sacrificio por el pecado], para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21)
Gracias al sacrificio de Cristo, hemos lavado nuestros pecados en su sangre (cfr. Apocalipsis 1:5). Nuestra condición era de ser pecadores, pero ahora, por su sacrificio, somos justos ante Dios. Dios nos ha justificado (cfr. Romanos 8:32-34), Dios nos ha hecho justos.
Eso debe transformar completamente nuestra adoración que como cristianos ofrecemos a Dios. No adoramos simplemente porque Dios es poderoso. Lo adoramos porque siendo justo, abrió un camino para salvar pecadores sin comprometer su santidad.
LO ADORAMOS POR SU COMPASIÓN (v. 9)
El versículo nueve dice, “Y miraste la aflicción de nuestros padres en Egipto, y oíste el clamor de ellos en el Mar Rojo”.
Qué declaración tan consoladora. Dios vio. Dios oyó. Dios respondió. Israel había sufrido bajo el dominio cruel de Faraón. Generaciones enteras vivieron bajo opresión, carga y esclavitud. Desde la perspectiva humana, parecía que nadie se preocupaba por ellos. Pero Dios jamás perdió de vista su sufrimiento.
La compasión divina aparece constantemente en las Escrituras. Dios no es indiferente al dolor de su pueblo. Él no observa el sufrimiento desde una distancia fría. El Señor ve, escucha y actúa conforme a su misericordia.
Lamentaciones 3:22–23, dice, “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana”
Y la expresión suprema de esa compasión se encuentra en Cristo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16)
La humanidad estaba esclavizada bajo el pecado, incapaz de liberarse por sí misma. Y Dios, movido por compasión, envió a su Hijo para rescatar pecadores.
A veces el creyente puede sentirse olvidado o incomprendido. Hay momentos donde el dolor parece silencioso y la carga demasiado pesada. Pero Nehemías 9 recuerda que Dios sigue viendo la aflicción de su pueblo. Ninguna lágrima escapa a su conocimiento. Ningún clamor sincero queda ignorado delante de Él.
LO ADORAMOS POR SU LIBERACIÓN (v. 10-11)
Los versículos diez y once recuerdan la liberación de Israel de Egipto y el cruce del Mar Rojo. El pueblo había estado atrapado. Faraón endureció su corazón repetidamente. Todo parecía cerrado. Humanamente no había salida. Pero Dios intervino.
Mostró su poder sobre Egipto, humilló los falsos dioses de aquella nación y abrió camino donde parecía imposible.
El Mar Rojo representa uno de los momentos más dramáticos de la historia bíblica. Delante estaba el mar. Detrás venía el ejército egipcio. A los lados, el desierto. No había escapatoria visible.
Y entonces Dios abrió camino. La liberación de Israel se convierte en una poderosa imagen de la salvación en Cristo. El pecador también vive esclavizado bajo un amo cruel. El pecado domina, acusa y destruye. Satanás jamás libera voluntariamente a sus cautivos.
Pero Cristo vino a libertar. Pablo escribió, “El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13)
Todo creyente puede mirar hacia atrás y reconocer su propio “Mar Rojo”. Ese momento donde parecía imposible escapar de culpa, condenación y esclavitud espiritual. Y, sin embargo, Dios abrió camino mediante la sangre de Cristo. Eso merece adoración constante.
LE ADORAMOS POR SU GUÍA (v. 12)
En el versículo 12 leemos, “Con columna de nube los guiaste de día, y con columna de fuego de noche”
Israel no sabía cómo atravesar el desierto. No conocían el camino. Dependían completamente de la dirección divina. Y Dios fue fiel en guiarlos.
La nube durante el día y el fuego durante la noche representaban la presencia constante del Señor conduciendo a su pueblo.
Esa verdad sigue siendo preciosa para el creyente. Dios no nos abandona a caminar solos. Nos ha dado su Palabra y su Espíritu. El Señor sigue guiando a su pueblo. El salmista dijo: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre” (Salmos 37:23)
Y Jesús prometió respecto al Espíritu Santo: “Él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13)
Muchas veces no entendemos completamente hacia dónde nos conduce Dios. Israel tampoco entendía siempre el camino del desierto. Hubo momentos largos, difíciles y agotadores.
Sin embargo, la presencia divina jamás se apartó. La guía de Dios no depende de que entendamos todo el trayecto, sino de que confiemos en quien nos conduce.
LO ADORAMOS POR SU PALABRA (v. 13-14)
Los versículos trece y catorce recuerdan la entrega de la ley en el monte Sinaí.
El pueblo alaba a Dios porque les dio mandamientos rectos, leyes verdaderas y estatutos buenos.
Habían aprendido algo fundamental. La Palabra de Dios es un regalo.
A veces los hombres ven los mandamientos divinos como carga, limitación o restricción. Pero Israel entendió que la revelación divina era expresión de gracia. Dios no dejó a su pueblo en oscuridad moral. Les mostró cómo vivir.
Nosotros también debemos agradecer por la Escritura.
Por medio de ella conocemos a Dios, entendemos el evangelio, somos confrontados por el pecado y guiados en justicia.
Pablo declara: “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17) Y el salmista afirma: “Lámpara es a mis pies tu palabra” (Salmos 119:105).
Vivimos en una generación saturada de opiniones humanas, pero hambrienta de verdad. Precisamente por eso la Palabra de Dios sigue siendo indispensable.
No poseemos simplemente un libro religioso. Tenemos la revelación inspirada del Dios eterno. Eso debe despertar reverencia y gratitud.
LO ADORAMOS POR SU PROVICIÓN (v. 15)
El versículo quince dice: “Y les diste pan del cielo en su hambre, y en su sed les sacaste aguas de la peña”
Dios no solo liberó a Israel. También lo sostuvo.
En el desierto no había agricultura. No había reservas naturales suficientes. No había capacidad humana para sobrevivir tantos años en aquellas condiciones.
Y, sin embargo, Dios proveyó diariamente. Maná del cielo. Agua de la roca. Dirección constante. Cuidado continuo. La provisión divina acompañó al pueblo en cada etapa.
Y esa realidad sigue siendo cierta para nosotros. Dios continúa sosteniendo a sus hijos. Quizá no siempre de la manera esperada, ni en el tiempo que desearíamos, pero jamás deja abandonados a los suyos.
Jesús dijo: “Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6:32)
Cada alimento, cada techo, cada oportunidad, cada fuerza diaria, cada respiración, todo proviene finalmente de la mano de Dios.
Y aún más grande que la provisión material es la espiritual. Dios proveyó salvación mediante Cristo. Nos sostuvo aun cuando vivíamos apartados de Él. Nos preservó hasta el día en que escuchamos el evangelio. Toda nuestra vida está rodeada por la providencia divina.
CONCLUSIÓN.
La oración de Nehemías 9 continúa enseñándonos cómo luce una adoración madura. El pueblo no se limita a cantar emociones momentáneas. Recuerda quién ha sido Dios a lo largo de la historia.
Y mientras recuerdan, adoran.
- Adoran por su fidelidad.
- Por su justicia.
- Por su compasión.
- Por su liberación.
- Por su dirección.
- Por su Palabra.
- Y por su provisión.
Nosotros también tenemos abundantes razones para hacer lo mismo.
Cada día vivido está lleno de evidencias de la bondad divina. El problema no suele ser la ausencia de bendiciones, sino la facilidad con que las olvidamos.
Por eso Nehemías 9 sigue siendo tan necesario. Nos obliga a detenernos, mirar hacia atrás y reconocer que Dios ha sido mucho mejor con nosotros de lo que jamás merecimos.
Y cuando esa realidad penetra verdaderamente el corazón, la adoración deja de ser una obligación religiosa para convertirse en una respuesta natural del alma agradecida.
