Nehemías 6:15-19.
Hermanos, llegamos hoy a un momento que el pueblo de Dios había esperado con ansia, con sudor, con temor y con fe. Después de semanas de trabajo agotador, de noches de vigilancia, de oposición externa, conflictos internos y ataques constantes del enemigo, finalmente el muro de Jerusalén quedó terminado.
Nehemías registra este hecho con sobriedad, sin adornos emocionales exagerados, pero con una carga histórica y espiritual inmensa. Lo que había comenzado como una noticia dolorosa en Susa, cuando Nehemías oyó que Jerusalén estaba en ruinas (Nehemías 1:3), ahora culmina con una ciudad nuevamente cercada, protegida y restaurada.
El muro no era solo piedra. Era identidad. Era dignidad. Era testimonio. Era obediencia. Y, sin embargo, el texto nos enseña algo que a veces preferimos ignorar, es decir, que el cumplimiento de la obra de Dios no elimina automáticamente la oposición. De hecho, muchas veces se intensifica. Por eso, el pasaje que hoy estaremos meditando, puede resumirse en el título de nuestro sermón: La celebración y la contienda.
LA CELEBRACIÓN REPRESENTA UN DÍA DE REGOCIJO (v. 15)
En el versículo 15, leemos: “Fue terminado, pues, el muro, el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y dos días.”
Nehemías no describe una fiesta, no menciona cantos ni sacrificios en este versículo, pero sería imposible imaginar que el pueblo no sintiera un profundo gozo. Después de todo, lo que se había logrado era humanamente improbable.
La realidad de la obra parecía imposible.
El muro fue terminado en cincuenta y dos días. Poco menos de dos meses. Y lo más impresionante no es solo el tiempo, sino el contexto. No fue una obra realizada en paz, ni con abundancia de recursos, ni sin interrupciones.
Desde que Nehemías recibió la noticia hasta la conclusión del muro, habían pasado apenas unos nueve meses. Dios había obrado con rapidez, precisión y poder.
Aquí hay una lección importante para la iglesia. Dios sí puede hacer grandes cosas en poco tiempo, pero eso no significa que siempre lo hará así.
Hay ocasiones en que el Señor concede victorias rápidas. Hay otras en que permite procesos largos, silenciosos y desgastantes. El error es medir la fidelidad de Dios por la velocidad del resultado.
Lo que importa no es cuánto tarda la obra, sino si perseveramos hasta terminarla.
La resistencia durante la obra.
Este muro no se levantó en condiciones ideales. El pueblo trabajó bajo amenaza constante. En ocasiones, la mitad trabajaba y la otra mitad vigilaba armada, como se nos dijo en Nehemías 4:16–18.
Judá se desanimó, según Nehemías 4:10. Hubo conflictos económicos y abuso entre hermanos, que Nehemías tuvo que confrontar (5:1–13). Todo conspiraba para detener la obra. Y aun así, el muro se terminó.
Esto nos recuerda que la oposición no significa ausencia de Dios. Muchas veces, es precisamente la señal de que Dios está obrando.
LA CELEBRACIÓN PRODUJO MOLESTIA.
Dice el versículo 16: “Y cuando lo oyeron todos nuestros enemigos, temieron todas las naciones que estaban alrededor de nosotros, y se sintieron humillados; y conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra.” No todos celebraron. Mientras Jerusalén se fortalecía, los enemigos se debilitaban internamente.
Molestia por causa de la obediencia.
Nehemías habla claramente de “nuestros enemigos” y de “las naciones”. Sanbalat, Tobías, Gesem y todos los que se opusieron desde el principio.
Ellos no odiaban la religión en abstracto. Odiaban la obediencia concreta. No odiaban que los judíos fueran “espirituales”. Odiaban que fueran fieles.
Eso no ha cambiado. Nuestra sociedad tolera la religiosidad superficial, pero rechaza la fidelidad bíblica. Tolera ceremonias, pero no convicciones. Tolera símbolos, pero no obediencia.
Molestia por la ayuda de Dios.
Los enemigos fueron obligados a reconocer algo que no querían admitir. Dios había obrado. El muro estaba allí. Visible. Innegable.
Toda burla quedó en silencio. Esto nos recuerda una verdad solemne e importante que debemos tener bien presente. Habrá un día en que toda lengua confesará lo que hoy niega.
Pablo lo declara sin ambigüedad: “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor” (Filipenses 2:10–11). Para muchos, esa confesión llegará demasiado tarde.
LA VIOLENCIA SE HIZO PRESENTE (v. 17-19)
Aquí el texto se vuelve especialmente incómodo. Porque, otra vez, la mayor amenaza no viene de fuera, sino de dentro. No viene de aquellos de quienes la esperamos, sino de quienes deberían regocijarse de nuestras victorias.
De los principales de Judá.
En el versículo 17, leemos: “Asimismo en aquellos días iban muchas cartas de los principales de Judá a Tobías…”.
¿Leyó con atención? No eran paganos. No eran extranjeros. Eran los nobles de Judá. Aquellos que debían apoyar la obra, la saboteaban.
La Biblia nunca romantiza al pueblo de Dios. Nos muestra la verdad. No todo el que está dentro es fiel. Eso duele mucho, ¿verdad? Cuando aquellos en quienes más confiamos, y de quienes esperamos nos apoyen, son los que potencialmente provocan nuestra destrucción.
Considere su número.
“Porque muchos en Judá se habían conjurado con él…” (v. 18a). No era una sola persona, no era un grupo pequeño. Era una red. Una alianza silenciosa.
La historia bíblica confirma una y otra vez que la fidelidad suele ser minoritaria. Cristo mismo dijo: “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos” (Mateo 22:14).
Su lealtad equivocada.
Aunque Dios había respaldado claramente a Nehemías, muchos permanecieron leales a Tobías. Algunos por lazos familiares, otros por conveniencia, otros por intereses carnales.
Aquí se cumple la advertencia del Señor: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24). La neutralidad es un mito. Siempre se sirve a uno u otro.
Su inmoralidad.
Las alianzas matrimoniales con pueblos vecinos, prohibidas por la ley (cf. Deuteronomio 7:3–4), revelaban algo más profundo, es decir, desprecio por la Palabra de Dios.
Cuando se pierde el respeto por la Escritura, la desobediencia se vuelve normal. Eso describe perfectamente nuestro tiempo. Vivimos en una cultura que se gloría en desafiar los límites de Dios.
Su tenacidad.
“También contaban delante de mí las buenas obras de él, y a él referían mis palabras; y Tobías enviaba cartas para atemorizarme” (v. 19).
No se rindieron. Persistieron. Intentaron intimidar. El enemigo no descansa cuando la obra termina. Cambia de estrategia.
CONCLUSIÓN.
Este pasaje nos enseña algo esencial. Terminar la obra no significa terminar la lucha.
El muro estaba completo, pero la oposición continuaba. La victoria era real, pero la contienda seguía. Y aun así, Nehemías no bajó del muro. No negoció. No se rindió. No se dejó intimidar.
Hermanos, la obra del Señor vale cada sacrificio. No podemos abandonar el trabajo solo porque la contienda continúa. Tenemos algo que el mundo no tiene: el Señor de la obra.
“Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31). Que el Señor nos halle fieles, aun cuando la celebración venga mezclada con contienda.
