Nehemías 7:5-37.
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Esta mañana llegamos a otro registro en el libro de Nehemías, uno que a primera vista podría parecer árido o carente de interés, pero que en realidad está cargado de significado espiritual. Se trata del registro genealógico del pueblo que habitaba en Jerusalén en aquel tiempo.
Este registro es, en muchos sentidos, casi una copia exacta del que encontramos en Esdras capítulo dos. Con excepción de algunas variaciones menores en ciertos nombres, ambas listas son esencialmente las mismas. Para el escéptico, esto podría parecer motivo de sospecha. Para el creyente informado, sin embargo, es una confirmación de la confiabilidad y fidelidad de la Palabra de Dios. Lejos de debilitar la inspiración bíblica, esta coincidencia la fortalece. Tenemos un testimonio histórico sólido de quiénes fueron contados entre los habitantes de Jerusalén en ese momento específico de la historia redentora.
Ya hemos tratado anteriormente listas extensas de nombres, particularmente en Nehemías capítulo tres, y allí aprendimos una lección importante. Aun en los registros genealógicos hay verdad que debe ser considerada y aplicada. Toda la Escritura es provechosa, incluso las genealogías. Cuando Dios registra nombres, también nos permite vislumbrar vidas, sacrificios, fidelidades y fracasos. En esos detalles hay sabiduría y dirección para nuestra vida cristiana hoy.
No dedicaremos aquí el mismo tiempo que en el capítulo tres, pero sí deseo que examinemos cuidadosamente estos versículos, buscando las lecciones prácticas que revelan, bajo el título, “La genealogía en Jerusalén.”
NOS RECUERDA LA VOLUNTAD DIVINA (v. 5)
Nehemías declara que Dios puso en su corazón reunir a los nobles, a los gobernantes y al pueblo para ser contados por genealogía, y que encontró un registro de los que habían subido primero.
Aquí descubrimos dos verdades importantes.
En primer lugar, vemos la dirección divina. A un observador casual podría parecerle que Nehemías había perdido el enfoque o que se ocupaba en asuntos secundarios. Para muchos, la genealogía resulta aburrida o irrelevante. Sin embargo, el texto es claro. No fue una ocurrencia personal. Dios puso ese deseo en el corazón de Nehemías. No era una tarea trivial ni una pérdida de tiempo. Era obediencia al liderazgo del Señor.
Aquí hay una advertencia para nosotros. Muchos creyentes pierden grandes bendiciones porque no están dispuestos a hacer lo que Dios les pide, especialmente cuando la tarea parece sencilla, repetitiva o poco visible. A menudo estamos dispuestos a asumir responsabilidades grandes y notorias, pero rehuimos aquellas que parecen comunes o poco reconocidas. Sin embargo, si algo es lo suficientemente importante como para que Dios lo ponga en nuestro corazón, entonces es lo suficientemente importante como para obedecerlo.
En segundo lugar, observamos el registro escrito. Nehemías encontró un libro, un documento, un registro. Sin ese respaldo, la tarea habría sido casi imposible. La memoria humana no habría sido suficiente. Dios no solo pone la carga, sino que también provee los medios.
Aquí hay una verdad profunda. Cuando Dios nos llama a una tarea, Él se compromete a proveer lo necesario para cumplirla. Nunca nos envía sin recursos. Nunca nos exige sin provisión. Si nos da la responsabilidad, también nos dará los medios.
NOS ENSEÑA SOBRE REALIDADES ESPIRITUALES (v. 6-7)
Al leer el registro, Nehemías descubre realidades que no podían pasar desapercibidas.
Primero, vemos la dedicación del pueblo. Estos hombres y mujeres habían salido del cautiverio. Habían sido llevados lejos de su tierra por Nabucodonosor, rey de Babilonia, y aun así tuvieron el deseo de regresar a Jerusalén. Volver no fue cómodo ni seguro. Fue un acto de fe y sacrificio.
Esto nos recuerda que no somos la primera generación en enfrentar dificultades por causa de nuestra fe. Otros antes que nosotros padecieron, perseveraron y permanecieron fieles. Gracias a su compromiso, hoy nosotros estamos aquí. Esa misma dedicación es necesaria si queremos dejar una herencia espiritual sólida a quienes vienen detrás.
En segundo lugar, observamos la lección de su dispersión. El cautiverio fue consecuencia del pecado y la rebelión. La genealogía no solo registra nombres, también recuerda lecciones dolorosas. Mucho puede aprenderse de los errores del pasado. Repetir los mismos pecados esperando resultados distintos es necedad. La Escritura muestra claramente las consecuencias de apartarse de Dios. Haríamos bien en aprender de ellas.
También es evidente que el número de los que regresaron fue mucho menor que el número de los que habían salido originalmente. Muchos se acomodaron en Babilonia. Pocos estuvieron dispuestos a sacrificarse para volver. Esta realidad tiene un paralelo inquietante con nuestros días. Cada vez son menos los verdaderamente comprometidos. Muchos se identifican con el pueblo de Dios, pero pocos están dispuestos a pagar el precio de la fidelidad. Esto debe despertarnos gratitud por los fieles y compasión por los indiferentes.
En tercer lugar, aprendemos sobre los hombres que Dios usa. Nehemías comienza el registro mencionando a los líderes que guiaron al pueblo de regreso, encabezados por Zorobabel. No enumera los nombres para exaltar a hombres, sino para reconocer que Dios obra a través de líderes piadosos. Muchos de estos nombres reflejan en su significado la misericordia, el auxilio y la fidelidad de Jehová.
Aquí recordamos una verdad esencial. Dios es quien dirige a su pueblo, pero lo hace por medio de hombres fieles. Nada de lo ocurrido habría sido posible sin la providencia divina. Dios movió corazones, abrió caminos y sostuvo a sus siervos en cada etapa del proceso.
También debemos reconocer con gratitud la influencia de líderes piadosos en nuestras propias vidas. Pastores, ancianos, maestros, y aun creyentes sencillos que nos guiaron con su ejemplo. Nuestra fe no se formó en el vacío. Alguien invirtió en nosotros.
El libro de Nehemías es un gran estudio sobre liderazgo, pero también nos recuerda que todo creyente, sin importar su posición, ejerce influencia. Siempre hay alguien observándonos. Estamos formando, consciente o inconscientemente, a la siguiente generación.
CONCLUSIÓN.
Este pasaje nos deja preguntas inevitables. ¿Somos sensibles al llamado de Dios como deberíamos? ¿Estamos dispuestos a hacer lo que Él nos pide, aun cuando la tarea parezca pequeña o poco visible? ¿Confiamos realmente en que Él proveerá todo lo necesario para cumplir su voluntad?
¿Qué quedará de nosotros cuando ya no estemos? ¿Habremos dejado una huella espiritual? ¿Cómo nos recordarán aquellos que vienen detrás?
Estas no son preguntas cómodas, pero sí necesarias. Tenemos una oportunidad real de influir en otros para la gloria de Dios. Que el Señor nos conceda la gracia de aprovecharla y vivir de tal manera que seamos recordados como hombres y mujeres que buscaron servir al Señor y guiar a otros en ese mismo camino.
