Las riquezas en Cristo.

Iglesia de Cristo en Constituyentes.

Las riquezas en Cristo.

«Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Efesios 1:1-2)

Es increíble que, alrededor del mundo se han dado casos de personas que, mueren de hambre, a pesar de tener mucho dinero con ellos. ¿Quién moriría de hambre, cuando tiene dinero consigo? ¿Qué poder puede hacer que una persona, o un grupo de ellas, pierda la vida por falta de alimento, a pesar de tener el suficiente dinero para comprar alimentos? Ese poder es la avaricia. Hay gente que muere de hambre, ¡a pesar de tener millones con ellos! Se supo de una mujer que tenía un patrimonio valorado en 100 millones de dólares, pero, y a pesar de una gran cantidad de dinero, a menudo comía avena fría porque era demasiado costoso calentar el agua para cocinarla. Una vez, cuando su hijo sufrió una grave lesión en la pierna, pasó tanto tiempo buscando una clínica gratuita que la pierna tuvo que ser amputada. Incluso aceleró su propia muerte al permitirse enfurecerse en una discusión sobre la leche descremada, porque era más barata que la leche entera. Hettie Green era una mujer que poseía una gran riqueza, pero no tenía la capacidad de aprovecharla.

El libro de Efesios fue escrito a personas como usted y como yo. Esta carta fue escrita alrededor del 61-63 d.C., cuando Pablo fue encarcelado en Roma. La ciudad de Éfeso estaba ubicada en la desembocadura del río Cayster, en el lado este del mar Egeo. Fue la capital de la provincia romana de Asia. Era una ciudad rica conocida como centro político, comercial y educativo. Esta ciudad era conocida como “La reina de Asia”. Es allí también donde se erigió un gran templo a la diosa Diana, el cual, fue una de las siete maravillas del mundo antiguo. En los días de Pablo, la ciudad contaba con una población de alrededor de 300,000 personas. Sin embargo, era una ciudad llena de profundo paganismo, inmoralidad y maldad.

En Hechos 16:6, cuando Pablo estaba a punto de comenzar su segundo viaje misionero, pensó en ir a Asia (Éfeso), pero el Espíritu Santo no le permitió ir allí. Algún tiempo después, el Evangelio llegó a Éfeso, probablemente llevado allí por Aquila y Priscila (Hechos 18:18-19). Cerca del final de su segundo viaje misionero, Pablo finalmente llegó a Éfeso, pasando unos tres años allí predicando el Evangelio y ayudando a la nueva iglesia a ponerse de pie.

Timoteo siguió a Pablo como predicador en la iglesia de Éfeso. Bajo Timoteo, la iglesia estaba plagada de la falsa enseñanza de Himeneo y Alejandro (1 Timoteo 1:20). La iglesia también tiene problemas con el legalismo, la falsa doctrina y los argumentos vanos entre los miembros.

Entonces, aquí hay una iglesia joven, pero con problemas. Son como la pareja de ancianos que mencioné anteriormente. Son como Hettie Green. Son ricos en las cosas de Dios, pero no lo saben. Este libro les llegó para hacerles saber exactamente lo que tenían en Jesús, quiénes eran en Jesús, y cómo usar lo que poseían en Jesús.

El versículo 1, del capítulo 1, Pablo dirige esta carta a “a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso”. Aunque se hace evidente que la carta, en primera instancia es para los hermanos en Éfeso, diversos estudiosos de la materia creen que fue una carta circular. Es decir, se copió muchas veces y se envió a todas las iglesias de Asia Menor. Muchas copias antiguas de esta carta no contienen la palabra Éfeso.  En muchos de ellos, hay un espacio en blanco donde iría el nombre. Esto explicaría por qué no hay referencias personales o geográficas en la carta. Es una carta, no solo para una congregación local, sino para “los santos y fieles”. Por tanto, si esto es así, entonces ¡Esta carta también es para nosotros!

Efesios fue escrita para enseñarnos sobre quiénes somos en Jesucristo. Lo que tenemos debido a nuestra relación con Él y cómo usar lo que nos ha dado para la gloria de Dios.

Mi intención es presentar una serie de lecciones basadas en el contenido de esta carta, pero, en esta ocasión, quiero presentarles un poco de su contenido, y contarles algunas de las grandes verdades que descubriremos aquí.

Esta carta ha recibido muchos grandes títulos. Se le ha llamado, “los Alpes del Nuevo Testamento”, “La epístola celestial”, “la corona y el clímax de la teología Paulina” y “la composición más divina del hombre”. Si tantos hombres han encontrado grandes verdades en ella, haremos bien en meditar seriamente en su contenido.

Efesios se divide perfectamente en dos partes. Los capítulos 1-3 son de naturaleza doctrinal, mientras que los capítulos 4-6 son prácticos. Los primeros tres capítulos nos dicen lo que tenemos, mientras que los últimos tres capítulos nos dicen qué hacer con lo que tenemos. Los primeros tres capítulos revelan nuestras riquezas en Cristo, y los últimos tres nos dicen cómo usar lo que se nos ha dado en él.

Hubo alguien que llamó a esta carta, “la chequera del creyente”. Imagine tener una cuenta en la que pueda emitir cheques con la frecuencia que desee, en la cantidad que desee, y esa cuenta nunca se vería disminuida. Eso es lo que el creyente tiene en el libro de Efesios. ¡Grandes riquezas espirituales!

Este libro revela, entonces, las riquezas de la gracia de Dios para el creyente. Nos enseña sobre lo que tenemos, debido a lo que somos en Jesús. Luego, Efesios nos muestra cómo usar lo que se nos ha dado en Cristo. Este es un libro sobre riquezas.

  • Las riquezas de su gracia (1:7).
  • Las riquezas inescrutables de Cristo (3:8).
  • Las riquezas de su gloria (3:16).

Este es también un libro sobre la plenitud que disfrutamos en Jesús.

  • Llenos de la plenitud de Cristo (3:16)
  • A la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (4:13)
  • Llenos del Espíritu (5:18).

Estas riquezas y esta plenitud surgen de:

  • Su gracia (1:2, 6-7; 2:7)
  • Su paz (1:2)
  • Su voluntad (1:5)
  • Su placer y su propuesta (1:9)
  • Su gloria (1:12, 14)
  • Su llamado (1:18)
  • Su poder y su fuerza (1:19; 6:10)
  • Su amor (2:4)
  • Su obra (2:10)
  • Su espíritu (3:16)
  • Su ofrenda y sacrificio (5:2)
  • Su armadura (6:11-13)

Efesios menciona:

  • “Riquezas”, cinco veces.
  • “Gracia”, trece veces.
  • “Gloria”, ocho veces.
  • “Plenitud”, tres veces.
  • “llenos”, dos veces.
  • “en Cristo”, trece veces.
  • “en él”.

Por su parte, la idea de “en”, “con” o “a través” de Cristo se encuentra unas treinta veces. Este es un libro sobre la riqueza abrumadora e infinita que tenemos en el Señor Jesucristo. Los creyentes son increíblemente ricos debido a su relación con Jesús. Pablo dijo, “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17). Pedro también dice que Dios, nos hizo renacer “para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pedro 1:4)

Efesios es un libro sobre riquezas y plenitud, pero también es un libro sobre un misterio divino. Cuando la Biblia se refiere a un misterio, está hablando de “una verdad previamente oculta, pero ahora revelada”.

Cuando se trata de Dios, hay muchos misterios. Estos misterios se dividen en tres categorías principales. Primero, hay misterios que nadie más que Dios ha conocido o sabrá jamás. Estos son secretos divinos que Dios no revela a nadie, en ningún lugar, en ningún momento (cfr. Deuteronomio 29:29).

El segundo tipo de misterio incluye aquellas cosas que están ocultas para la mayoría de las personas, pero reveladas a un grupo selecto. Todos los hombres saben algo acerca de Dios (Romanos 1:19-20); pero, no saben entender las verdades más profundas acerca de su Palabra y su naturaleza. No pueden saber estas cosas porque están muertos y ciegos a las verdades de Dios (cfr. 1 Corintios 2:14). Los redimidos, por otro lado, entienden estas verdades y saben más acerca de Dios de lo que las personas perdidas pueden saber.

Un tercer tipo de misterio gira en torno a la verdad que ha estado oculta por un tiempo y luego revelada al pueblo de Dios. Ese es el tipo de misterio que encontramos en el libro de Efesios. La palabra “misterio” se encuentra en Efesios seis veces (1:9; 3:3, 4, 9; 5:32; 6:19). El misterio del que habla Pablo se revela en 3:1-6. Es el misterio de la iglesia, compuesta de todas las naciones, sean judíos o gentiles.

Los antiguos judíos buscaban un Mesías. Estaban buscando un rey que viniera a Israel para reinar. Esperaban que viniera un Rey que los liberara de sus enemigos y estableciera un reino eterno en la tierra.

Cuando vino su Mesías, Él no era quién esperaban que fuera. Lo rechazaron (cfr. Juan 1:11), y se negaron a reconocerlo como su Rey. Cuando Jesús estaba ante Pilato, dijeron: “No tenemos más rey que César” (Juan 19:15). Entonces los judíos vieron como su Rey fue crucificado en una cruz romana. Los judíos siguieron esperando un reino y un rey. De hecho, todavía lo están esperando hoy.

Lo que los judíos no pudieron ver fue la edad en que vivimos hoy. Los profetas del Antiguo Testamento hablaron de este día. Los escribas y eruditos judíos; sin embargo, tenían una expectativa equivocada y material de las profecías sobre el Mesías y su reino. Por eso, dado que no vieron cumplidas las cosas que ellos imaginaron que tenía qué ocurrir, rechazaron a Cristo y a su reino, su iglesia.

Nadie imaginó que, al nacer Jesús, nació el Salvador, el Mesías que tanto habían esperado (Lucas 2:11). Para los líderes de Israel para mucho del pueblo, el nacimiento de su rey les tomó por sorpresa, aunque no así para los magos que venían de lejos, los cuales, cuando llegaron a Jerusalén, preguntaron, “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:2). Es así que, luego de su muerte, ascendió al cielo para sentarse en su trono (cfr. Hechos 2:29-30), para ser “rey de reyes, y Señor de señores” (cfr. 1 Timoteo 6:5; Apocalipsis 17:4; 19:6).

En el Antiguo Testamento, el pueblo de Dios era conocido por muchas metáforas. Fueron llamados una vid (Isaías 5:2). Fueron llamados rebaño (Isaías 40). También fueron llamados un reino de sacerdotes (Éxodo 19:16).

Esas mismas metáforas se aplican también al pueblo de Dios en este día. La iglesia es una vid (Juan 12). La iglesia es su esposa (2 Corintios 11:2). La iglesia es llamada manada pequeña (Lucas 12:32). Y, desde luego, a la iglesia también se le llama reino (Colosenses 1:13).

En Efesios, a la iglesia se le llama “cuerpo”. De hecho, cada hijo de Dios, en esencia, es cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27). Él habita en medio de nosotros. Él nos da energía con su vida. A medida que cedemos ante Él y le permitimos vivir a través de nosotros, Jesucristo se ve activamente moviéndose y trabajando en el mundo de hoy. Él se levanta en nosotros, vive a través de nosotros y cumple su voluntad en el mundo. Es este misterio de la iglesia como el cuerpo de Cristo que se revela en los versículos de este maravilloso libro. Por tanto, si queremos tener una idea edificante sobre esta verdad, es necesario que consideremos lo que Pablo tiene que decirnos al respecto.

Quiero echar un vistazo a los dos primeros versículos de hoy. En estos versículos, Pablo ilustra lo que he estado tratando de transmitir. Cuando Pablo comienza a escribir, sus palabras son un vívido ejemplo de la plenitud y las riquezas que podemos esperar al estudiar este libro juntos. Como Pablo escribe, él duplica todo lo que dice. Quiere que sus lectores sepan que las bendiciones de Dios son extremadamente grandes y abundantes.

Consideremos al autor. Su nombre aparece como “Pablo”. Este nombre significa “pequeño”. Su nombre original era “Saulo”. En hebreo, es “Saúl”, como el más famosos de los benjamitas y primer rey de Israel, el rey “Saúl”. No obstante, la forma griega es “Saulo” (Σαῦλος).[1] Él estaba bien educado en la escuela de Gamaliel (Hechos 22:3). Era un rabino, un miembro del Sanedrín. Era un destacado líder judío, que odiaba a los seguidores de Jesucristo (Hechos 22:4-5). En uno de sus viajes de persecución contra los cristianos, tuvo un encuentro personal con el Señor Jesucristo (Hechos 9:1-9). El Señor salvó a Saulo de Tarso y Dios lo usó para predicar la Palabra de Dios en todo el mundo conocido (Hechos 22:16). Pablo se convirtió en el mayor predicador de la era apostólica. Es responsable de escribir 14 de los 27 libros de nuestro Nuevo Testamento. Su trabajo en el evangelio ha sido de gran inspiración para muchos predicadores, y su fidelidad, también ha sido de gran ánimo para miles de cristianos a través de todos los tiempos. Su amor por la iglesia también es digno de imitar, así como el celo por hacer la obra del Señor.

Ahora que sabemos un poco sobre el escritor y sobre lo que Él va a escribir, veamos lo que Pablo tiene que decir en estos dos primeros versículos.

UNA PALABRA SOBRE AUTORIDAD.

Pablo revela una doble fuente de su autoridad. Él escribe como alguien que debe ser escuchado. Escribe como alguien que ha sido enviado con el propósito de declarar una nueva verdad.

Pablo se identifica a sí mismo como “apóstol de Jesucristo”. La palabra “apóstol” es traducción de la palabra griega “ἀπόστολος” (apóstolos). Se refiere a un “enviado”. La palabra se usa en el Nuevo Testamento para hacer referencia a quienes Jesús escogió para guiar e instruir a una iglesia naciente (Efesios 2:20). Ellos fueron los hombres que recibieron revelación directa de Dios y se la dieron a su pueblo en forma escrita, la cual hoy conocemos como “la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2:42).

Solo hubo catorce hombres en la historia que pudieron llevar el título de apóstol. Hubo doce apóstoles originalmente, hasta que Judas desertó, por lo que Matías fue escogido “para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión” (Hechos 1:23-26). Por su parte, Pablo fue “llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (1 Corintios 1:1). Aunque fue escogido al “último de todos” (1 Corintios 15:8), Pablo cumplió con los requisitos para ser apóstol, es decir, vio al Cristo resucitado y fue incluido en su número (1 Corintios 9:1). Por tanto, ¡No hay apóstoles hoy! Cualquiera que se llame apóstol es un engañador y un falso profeta.

Pablo fue un hombre enviado de Dios para una misión especial con autoridad divina. También nos dice que es un apóstol “por voluntad de Dios” (Efesios 1:1). Esto les recordó a sus lectores que Pablo no había elegido este camino por sí mismo. El Señor lo había elegido para este camino. El propio testimonio de Pablo revela lo que sabía que era verdad sobre sí mismo (1 Timoteo 1:12-15). El uso de la palabra “apóstol”, por parte de Pablo, no surge del orgullo, sino de la profunda humildad de haber sido considerado digno de ser apóstol.

Por cierto, Pablo sabía que su primera prioridad era ser un siervo de Cristo (Romanos 1:1). Pero, Dios puso su mano sobre Pablo y lo llamó a un lugar especial de servicio. Él hace lo mismo para cada uno de sus hijos. Ninguno de nosotros será apóstol jamás, pero tenemos un lugar dentro del cuerpo de Cristo donde se espera que sirvamos. Cuando todos estamos en nuestro lugar, sirviendo al Señor, el cuerpo de Cristo funciona como fue diseñado para funcionar (1 Corintios 12:7).

Cuando Pablo menciona su apostolado, no tiene la intención de estar presumiendo títulos. Simplemente está declarando su autoridad divina para entregar la verdad al pueblo de Dios. Y bajo esa misma intención, Pablo constantemente tuvo que defender su apostolado (1 Corintios 9:1ss; Gálatas 1:1).

UNA PALABRA SOBRE DESIGNACIONES.

Habiendo escrito sobre la doble fuente de su autoridad, Pablo emite una doble designación con respecto a los destinatarios de su carta. Los llama, “santos” y “fieles en Cristo Jesús”. Examinemos estos dos títulos por un momento.

Somos llamados “santos”. Cuando las personas escuchan esa palabra, piensan en personas religiosas muertas que han sido exaltadas por la Iglesia Católica Romana. Si usted tiene antecedentes religiosos de esa naturaleza, puede pensar en estatuas a las que rezar en momentos de necesidad. Esas ideas ni siquiera se acercan a lo que la Biblia quiere decir cuando llama a los creyentes “santos”.

La palabra “santos” es del griego “ἁγίοις” (agíos), y significa “sagrados”, “consagrados”, “dedicados a Dios”. Habla de quienes que han sido santificado y apartados para el uso exclusivo de Dios. ¡Habla de cómo Dios nos ve! Todo hijo de Dios es un santo. Toda persona que es salvada por la gracia de Dios y lavada en la sangre de Jesús es “santa”, apartada para la gloria de Dios y para su uso exclusivo en este mundo.

La palabra “santo” describe lo que el Señor ha hecho por nosotros en Jesús. Cuando obedecimos al Señor Jesús por fe, Dios salvó nuestras almas y nos justificó, nos perdonó, nos santificó (Romanos 3:21-22; 1 Corintios 1:30; Filipenses 3:9).

Luego, Pablo llama a los santos, “fieles en Cristo Jesús”. Mientras que la palabra “santos” describe nuestra posición ante el Señor, la palabra “fieles” describe nuestras actividades en el mundo. Debido a que hemos sido salvados y santificados por Dios, somos nuevas criaturas en Jesús (2 Corintios 5:17). Como resultado, vivimos una vida distinta y diferente que el mundo que nos rodea. En otras palabras, aquellos que conocen al Señor son sus santos, que viven vidas conformadas a su voluntad en un mundo que no conoce al Señor.

UNA PALABRA DE AGRADECIMIENTO.

¿Puede ver usted la plenitud que describe Pablo? Menciona una autoridad plena. Menciona una designación completa para el creyente. Ahora, ofrece una palabra de reconocimiento completo o saludo a los destinatarios de esta carta. Pablo extiende una doble bendición a sus lectores.

Pablo los saluda diciendo primero: “Gracia… a vosotros”. La palabra “gracia” traduce una palabra que significa “buena voluntad”, “bondad amorosa” o “favor”. Usamos la palabra para hablar de la obra del Señor para salvarnos, mantenernos y cambiar nuestras vidas. Todos sabemos que la “gracia” se refiere al amor y al favor de Dios por los pecadores perdidos.

En nuestra cultura, cuando nos encontramos por el camino, decimos cosas como, “Hola”, “¿Cómo estás?” o “¿Qué estás haciendo?” ¡Todo lo cual no significa absolutamente nada! Pero, cuando las personas en Éfeso se encontraban, decían “járis”, que es la palabra traducida como “gracia”. En otras palabras, cuando se encontraron, dijeron: “Deseo para ti lo mejor que Dios pueda ofrecer”. Eso es mucho mejor de lo que decimos nosotros, ¿verdad?

Si aprendiéramos a saludarnos de esa manera, tal vez podría cambiar el mundo un poco. Sería una oportunidad para reconocer la gracia de Dios que nos compró. Sería una oración para que la gracia de Dios esté sobre aquellos con quienes nos encontramos. Nos abriría la puerta para dar testimonio a los perdidos. Y bueno, ¿por qué no lo intentamos, y lo comenzamos a hacer a partir de hoy? ¡Adelante! Si se encuentra con alguien, bendígale, así como lo hace Pablo.

Enseguida Pablo dice, “paz a vosotros”. Una cosa que podemos decir con toda seguridad sobre la palabra “paz”, es que ella es resultado de la “gracia”. La “gracia” es lo que provoca la “paz” sobre los hombres. Cuando una persona haya gracia delante de Dios, entonces pude estar tranquilo, sabiendo que puede gozar de bienestar. Cuando “Noé” halló gracia delante de Dios, entonces pudo estar tranquilo, de que, tanto él como los suyos, serían librados del juicio que vino sobre el mundo de entonces. Debido a la gracia de Dios, podemos tener paz con Dios. Debido a que tenemos paz con Dios, podemos tener paz con nuestro prójimo. Es la gracia de Dios la que nos lleva a Dios, y cuando nos acercamos a Dios, su gracia puede darnos una paz ilimitada en nuestros corazones (Filipenses 4:7; Juan 4:27).

UNA PALABRA SOBRE LA DOBE AGENCIA.

Todo lo que Pablo ha dicho hasta ahora fluye de esta fuente: “de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. El llamamiento y la autoridad apostólica de Pablo; la santidad y fidelidad de los creyentes; las bendiciones duales de la gracia y la paz nos llegan a través de nuestra relación con Dios el Padre y con su Hijo. Esto es así, porque una relación con Dios solo es posible a través de la fe en el Señor Jesucristo (cfr. Juan 14:6).

Cuando confiamos en Jesús como nuestro Salvador, todas las riquezas de Dios se vuelven nuestras en Él. Nos hacemos instantáneamente ricos en las cosas de Dios. Fue así como lo dijo Pablo, “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9)

CONCLUSIÓN.

Estamos en un glorioso viaje a medida que avanzamos en este libro especial. Confío en que el Señor alimentará nuestras almas, desafiará nuestras vidas y cambiará nuestras iglesias como resultado de estas lecciones. Por el momento, ¡tenemos una doble porción en él!

Lorenzo Luévano.

Evangelista.

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[1] Pablo era su nombre romano. La expresión, “de Tarso”, indica su lugar de origen (cfr. Hechos 21:39; 22:3).

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