Eso es todo, ¡renuncio!

Iglesia de Cristo en Constituyentes.

Eso es todo, ¡renuncio!

Números 11:1-25.

Mis hermanos, ¿algunos de ustedes creen que Dios puede morir? ¿Qué pensarían de alguien que afirma, diciendo, que Dios ha muerto? Bueno, sin duda alguna le diríamos que eso es imposible. Que Dios no puede morir, puesto que es inmortal. Pero, ¿creen ustedes que Dios es inmortal? ¿De verdad? Ha bueno, entonces si creen que Dios no puede morir, ¿entonces por qué permitimos que el desánimo nos invada?

En nuestro texto, vemos desánimo en la vida de uno de los hombres más grandes que jamás hayan caminado sobre este planeta; un hombre llamado Moisés. Cuando Moisés subió a la montaña para guiar al pueblo de Dios, se desanimó por las cargas que había sido llamado a llevar. Como resultado, llegó al lugar donde solo quería tirar la toalla y renunciar.

¿Ha estado alguna vez allí? ¿Está ahí esta mañana? Este pasaje nos da una idea de por qué ocurrió este evento en la vida de Moisés. Con suerte, también nos enseña algunas verdades que necesitamos cuando peleamos las batallas del desánimo día a día. Por eso, hoy quiero predicar sobre el tema, “Eso es todo, ¡renuncio!”.

Puede que usted tenga ganas de decir eso ahora mismo; pero antes de hacerlo, permíteme mostrarle lo que Dios tiene que decir sobre eso. Creo que hay ayuda para el corazón herido en la palabra de Dios.

LOS PROBLEMAS QUE MOISÉS EXPLICÓ (v. 1-10)

El desánimo que enfrentó Moisés tenía sus raíces en todas las cargas que estaba tratando de llevar mientras conducía a los hijos de Israel a Canaán. A medida que esos problemas se aumentaban, se desanimó en medio del viaje. ¿Con qué estaba lidiando Moisés?

“Aconteció que el pueblo se quejó a oídos de Jehová; y lo oyó Jehová, y ardió su ira, y se encendió en ellos fuego de Jehová, y consumió uno de los extremos del campamento. 2Entonces el pueblo clamó a Moisés, y Moisés oró a Jehová, y el fuego se extinguió. 3Y llamó a aquel lugar Tabera, porque el fuego de Jehová se encendió en ellos” (v. 1-3)

Moisés enfrentó un problema relativo a las personas. Los hijos de Israel no eran más que quejumbrosos. ¡Nunca estaban satisfechos con nada! Por tanto, y después de un tiempo, ¡esto habría llevado a cualquiera al límite!

¡Todos tenemos «problemas con la gente» de vez en cuando! ¡Siempre que haya una relación entre dos personas, siempre habrá problemas! Como dijo un escritor: «Vivir arriba con los santos que amamos, oh, qué ganancia”. ¡Eso es la gloria! Pero amar abajo con los santos que conocemos, ¡esa es otra historia!».  Personalmente, a través de mi vida como predicador, he sufrido también con personas difíciles. Pero, lo mejor que pude hacer, es considerar las instrucciones bíblicas, y así evitar que el desaliento me destruyese. ¿Qué hay que hacer, ante los problemas que causan las personas? Bueno, es un plan de tres sencillo pasos:

  1. Usted debe amarlos como Jesús los ama. Jesús dijo, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39).
  2. Esté dispuesto a perdonarlos por todo lo que le hayan hecho. Pablo escribió, “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32)
  3. Ore por ellos todos los días. Y esto es necesario, porque es imposible estar orando por alguien a diario, y odiarlos al mismo tiempo.

¿Qué otro problema enfrentó Moisés? (v. 4-9)

Moisés enfrentó un problema de provisión. Estos versículos nos recuerdan que Moisés estaba guiando a 2 millones de personas a través del desierto y que no tenían nada para comer excepto maná. ¿y saben qué? ¡Se quejaron del maná! No les gustó. De hecho, intentaron por diversos medios para que el maná tuviera otro sabor (tal vez como la comida en Egipto), pero nunca lo lograron; y entonces, se quejaban, y se quejaban, y se quejaban todos los días. ¿Qué caras hacen los niños, cuando no quieren comerse algo que no les agrada? Bueno, ¿imaginan a 2 millones de personas haciendo muecas todas las mañanas cuando se encontraban con el maná?

A veces, también nosotros nos enfrentamos a problemas de provisión. Puede ser una tragedia inesperada que nos suceda y se lleve nuestros fondos. Pueden ser facturas médicas o recortes de trabajo. Puede ser que el mes sea más extenso que nuestro dinero.

Cualquiera que se la situación, es necesario recordar algo que comúnmente olvidamos. ¡El mismo Moisés lo olvidó! ¿Acaso Dios llamó a Moisés para alimentar a los hijos de Israel? ¿Verdad que no? Dios llamó a Moisés para dirigir al pueblo de Israel, y no para alimentarlo. El alimento era un asunto de Dios. De hecho, era responsabilidad de Dios alimentar a sus hijos. Si usted está enfrentando un problema semejante, permítame recordarle que si Dios está dirigiendo su vida, entonces los problemas de provisión no son suyos, sino de él. Él es JEHOVÁ-JIREH, que significa, El Señor proveerá. Les recuerdo que, si Dios dirige, también alimenta (cfr. Mateo 6:25-33; Filipenses 4:6-7; 19)

Puede que no sea lo que deseamos todo el tiempo, pero nos proveerá a través del desierto tal como el maná lo hizo con Israel. Puede que no siempre les haya gustado lo que el Señor les dio, ¡pero nunca leí que alguno de ellos muriera de hambre!

Moisés enfrentó un problema personal (v. 10). Debido al peso de la carga que estaba llevando, Moisés se dejó desanimar por completo. La frase, “le pareció mal”, indica “estar hecho pedazos, estar completamente destruido”. ¡Moisés tuvo un colapso! Si no tenemos cuidado, los problemas que enfrentamos en la vida pueden producir esta actitud en nuestro corazón. ¡Le pasó a Moisés! Le sucedió a Elías (1 Reyes 19). Le sucedió a Jonás (Jonás 4). ¡A nosotros también nos puede pasar!

¿Cuál era el problema aquí? ¡Moisés había permitido que los problemas que enfrentaba fueran más grandes que el Dios al que servía! Cada vez que permitimos que eso suceda en nuestras vidas, ¡corremos el peligro de sufrir un colapso terrible! Necesitamos llegar al lugar donde recordamos que cada problema que enfrentamos tiene el potencial de ser mayor que nuestra capacidad para manejar ese problema. Dado que eso es cierto, debemos mantener nuestros ojos en el Señor mientras enfrentamos nuestros problemas. Debemos recordar que Él, no nosotros, es Quien pelea las batallas de la vida. ¡Él lucha y nosotros disfrutamos de la victoria! (¡David mató a Goliat!)

LA ORACIÓN DE MOISÉS (v. 11-15)

Cuando Moisés comienza a hablar con Dios sobre su problema, ¡él habla con Dios en una forma que nos revela la condición de su corazón! ¡Su tono enojado es del todo irreverente! De hecho, esta oración nos enseña cómo no orar en tiempos de crisis.

Moisés hizo una oración de confusión (v. 11-12a).

Cuando Moisés le pregunta a Dios, “Por qué” esto y esto y esto, parece estar diciendo: “¡Este es tu pueblo! ¡Yo no los di a luz! Son tu problema y ¡No el mío! ¿Por qué, entonces, tengo que llevarlos a ellos y sus cargas?» Moisés no podía comprender el «por qué» de la situación. ¡Moisés no recordó que los detalles eran responsabilidad de Dios y no de él! Dios había llamado a Moisés para guiar al pueblo, ¡no para alimentarlos!

En ocasiones también tenemos problemas en esta área. Escucho a la gente orar y preguntarle a Dios: «¿Por qué a mí?». A veces han venido a mí, diciendo: «Hermano, ¿por qué me está pasando esto?» ¡No hay una buena respuesta a nuestras preguntas del por qué! Sin embargo, yo propondría que debemos adoptar una mentalidad diferente con respecto a los problemas que enfrentamos. Sugeriría eso en lugar de preguntar «¿Por qué?» De hecho, tenemos que aprender a hacer dos preguntas diferentes:

  1. Pregunte, «¿Por qué no yo?» – Jesús dijo que podríamos esperar problemas en esta vida (Juan 16:33). Job dijo que podíamos esperar problemas en esta vida (Job 14:1). Entonces, ¿por qué deberíamos esperar vivir una vida libre de problemas y pruebas? Cuando surja un problema, no pregunte «¿Por qué?». Mejor, aprenda a dar gracias en medio de los problemas (1 Tes. 5:18, “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”).
  2. Pregunte: «¿Qué?». Cuando el Señor permita problemas a su vida, recuerde que debe ser parte de Su plan para usted. ¡Él simplemente le está haciendo crecer y le muestra un lado nuevo y más maravilloso de Él mismo! Su propósito en los valles por los que nos permite andar, es el de cambiarnos para que seamos como Él. La aflicción es el horno en el que Dios prueba Su oro. Por lo tanto, preguntémosle a Dios: «Señor, ¿Cuál es la lección que me has enviado aquí para aprender? ¿Qué nueva visión de ti tengo? La pregunta «¿Qué?”, producirá respuestas mucho más favorables que la pregunta «¿Por qué?».

Moisés hizo una oración de confesión (v. 12b-14).

Moisés llegó al lugar al que todos debemos llegar. Llegó al lugar donde vio, sintió y confesó sus debilidades. Sabía que era insuficiente para la tarea que tenía. ¡Se describió a sí mismo como un padre que intenta amamantar a un niño! ¡No tenía la capacidad de proporcionar nada a esos 2 millones de personas!

Esto debe haber sido lo que Pablo sintió con ese «aguijón en la carne». Sin embargo, cuando recibió la gran promesa de gracia, Pablo pudo regocijarse en su dificultad porque sabía que su debilidad simplemente abrió la puerta para que entrara el poder de Dios (2 Corintios 12:7-10)

Es difícil llegar al lugar de total debilidad y dependencia ante el Señor. ¡Pero hasta que lo hagamos, nunca lo conoceremos a Él ni a Su poder en nuestros problemas! Hermanos, cuanto antes lleguemos al lugar donde sepamos con certeza que no podemos, más pronto llegaremos al lugar donde sabremos que Él puede.

Moisés hizo una oración de capitulación (v. 15) ¡En este versículo, Moisés le está dando a Dios un ultimátum! Él dice: «¡O me sacas de este lío o mátame!» Moisés también confiesa el hecho de que no puede soportar la idea de enfrentar el fracaso total de sus esperanzas, planes y sueños. Moisés ha llegado al lugar donde está listo para ofrecer su renuncia. ¡Está renunciando!

¿Cuántos de nosotros hemos caminado con esos zapatos? Los problemas de la vida se han vuelto tan abrumadores y las cargas tan grandes que comenzamos a pedir ser liberados de ellos, incluso con la muerte. Mis hermanos, no es buena idea darle un ultimátum a Dios. Está bien llegar al final de la cuerda, ¡pero nunca está bien renunciar a Dios! De hecho, mientras esté en el autobús de Dios, usted debe mentalizarse de que no hay lugar para bajar. Muchos lo están intentando, ¡pero a Dios no le agrada! Decidan que permanecerán fieles a Él sin importar lo que hagan los demás (1 Corintios 15:58, “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”)

EL PRECIO QUE PAGÓ MOISÉS (v. 16-25)

Siempre que lleguemos al punto en que permitamos que los problemas de la vida eclipsen el rostro de Dios, entonces habrá un precio que pagar. Moisés pagó ese precio y nosotros también lo haremos, si permitimos que las cosas se vuelvan más grandes que Dios.

Moisés pagó un precio en el ámbito de la autoridad (v. 16-17).

En lugar de ser el único líder, Moisés ahora tenía que compartir el liderazgo con otros 70 hombres. Por supuesto, esto significa que la responsabilidad de la gente se ha dispersado más.

El mejor de todos los mundos es aquel en el que se comparte el liderazgo. En la iglesia, no debe haber pequeños dictadores o gobernantes con autoridad. El liderazgo debe ser compartido. Sin embargo, debemos recordar que cuando llegue el momento en que no podamos llevar Las responsabilidades que nos ha dado el Señor, Él encontrará a otros para hacer Su obra. Moisés había sido llamado a ser el líder del pueblo, pero él renunció a esa única posición de liderazgo y tuvo que compartir su lugar con otros.

Moisés pagó un precio en el ámbito de la habilidad (v. 25).

Los versículos 17 y 25 nos dicen que Dios también ungió a estos 70 ancianos para la tarea que les estaba asignando. ¿Notaron de dónde obtuvo Dios la unción que les dio? ¡Tomó del espíritu que le había dado a Moisés y se lo dio a otros! Moisés se convirtió en nada menos que lo que había sido, pero en mi opinión, su potencial para ser mayor se había vuelto menor de lo que nunca había sido.

Lo que Moisés no había reconocido, y lo que señalaron las acciones del Señor, fue el hecho de que Moisés ya poseía todo lo que necesitaba para hacer el trabajo para el Señor. Cuando llegamos al lugar donde estamos listos para dejar a Dios, ¡es mejor que estemos listos para que Dios quite Su mano de bendición de nuestras vidas!

David y Goliat: Saúl trató de darle a David su armadura. Pero David sabía que lo que ya tenía (su honda, unas piedras lisas y la presencia de Dios), eran suficientes para ganar la batalla. Por eso, Si Dios le ha escogido, ¡está preparado para manejarlo! Si renuncia, Él dará el honor y la bendición a quien se mantenga firme y haga Su perfecta voluntad. ¡Lo hizo con Moisés y lo hará con usted y conmigo!

Conclusión: ¿Qué hará cuando llegues al final del camino? Si usted es como Moisés, tratará de encontrar un lugar para bajar y dejar que alguien más se haga cargo. Si hace lo correcto, se someterá a lo que el Señor está haciendo en su vida y confiará en que Él satisfará todas las necesidades, responderá todas las preguntas y resolverá todos los problemas.

Ahora, hubo algo que Moisés hizo bien en todo este asunto: se volvió al Señor en un momento de crisis. ¿Es eso lo que necesitamos hacer hoy? Si es así, el camino está abierto. ¡Venga a Él, cuéntale todo y confía en que Él se encargará de ello! La gente solía decir que cuando llegabas al final de la cuerda, solo debías hacer un nudo y aguantar. Un consejo mucho mejor es que se suelte por completo de la cuerda y descanse en los brazos de un Dios que puede sostenerlo mientras resuelve los problemas de su vida

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